Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

La verdad no posa

El estudio olía a metal caliente y a polvo antiguo. Sara había encendido solo las luces necesarias. No quería dramatismo; quería claridad. El espacio, desnudo y silencioso, parecía esperar algo más que una sesión. Parecía un tribunal sin jueces, un lugar donde las cosas no podían mentirse.

Nash llegó sin avisar.

No tocó el timbre. No llamó. Cuando la puerta se cerró tras él, el sonido fue seco, definitivo. Llevaba la misma ropa de la noche anterior, como si el tiempo se hubiera detenido desde la suspensión, desde el colapso público, desde la llamada de Marcus Hale. Se quedaron mirándose desde extremos opuestos del estudio.

—Pensé que no vendrías —dijo Sara.

—Pensé que no debería —respondió él— Pero no supe cómo no hacerlo.

Avanzó un par de pasos. Se detuvo. La distancia entre ambos era mínima, pero suficiente para que el aire ardiera. Sara notó el cansancio en su rostro, más profundo que nunca. Y algo nuevo: determinación.

—No estoy aquí para salvarte —dijo ella—. Ni para que me salves.

—Lo sé.

—Estoy aquí para que no nos borren.

Nash asintió lentamente.

—Marcus llamó otra vez —confesó—. Dijo que aún podía repararse el daño.

—¿Cómo?

—Entregándote —respondió—Desacreditándote. Diciendo que fuiste una distracción profesional. Un error.

El pecho de Sara se tensó, pero no apartó la mirada.

—¿Y qué dijiste?

—Que no.

La palabra cayó con un peso real. No heroico. Real. Sara respiró hondo. Caminó hacia la mesa donde descansaba la cámara principal. La levantó con cuidado, como si fuera un objeto frágil y peligroso a la vez.

—Entonces hagamos algo que no puedan revertir —dijo— Algo que no dependa de su permiso.

Nash frunció el ceño.

—¿Qué estás pensando?

—Una sesión —respondió— No para una marca. No para una campaña. Para la verdad.

—Eso nos hunde —dijo él.

—Eso nos libera —corrigió ella.

El silencio se tensó.

—No voy a posar —dijo Nash— No de la forma que esperan.

—No quiero que poses —respondió Sara— Quiero que existas.

Colocó la cámara en el trípode. Ajustó el encuadre sin apuro. Cada movimiento era consciente. Cargado de intención. No había asistentes. No había testigos. Solo ellos y la luz cruda del estudio.

—Quítate la chaqueta —pidió.

Nash obedeció.

—La camisa también —añadió— Si vas a exponerte, que sea completo.

Nash dudó. No por pudor. Por memoria.

—Ellos usan esto contra mí —dijo— Mi cuerpo. Mi imagen.

Sara se acercó. No lo tocó.

—Esta vez no —dijo—. Esta vez decides tú.

Nash se desabrochó la camisa. La dejó caer. Su piel estaba marcada por la tensión, por el cansancio, por una vida vivida bajo miradas ajenas. No era una belleza pulida. Era una belleza herida.

—Mírame —dijo Sara, levantando la cámara— No como ellos. Como yo.

El obturador sonó. Una vez. No hubo pose. No hubo indicación. Nash respiraba. Solo eso. El gesto mínimo de alguien que se permite existir sin corregirse. Otra foto. Otra.

Sara se movía alrededor de él, capturando lo que no podía maquillarse: la rigidez en los hombros, la dureza en la mirada, el cansancio honesto. En una de las imágenes, Nash cerró los ojos. En otra, los abrió con una claridad que dolía.

—Detente —dijo él de pronto.

Sara bajó la cámara.

—¿Qué pasa?

Nash dio un paso hacia ella. La cercanía fue inmediata. El calor, innegable. La atracción física volvió a tensarse, más intensa por la carga emocional.

—Si sigues —dijo—, no habrá marcha atrás.

—Lo sé.

—Van a venir por ti —insistió— Más fuerte.

—Que vengan —respondió ella—. Prefiero eso a desaparecer.

El silencio que siguió fue eléctrico. Nash alzó la mano, dudó, la bajó.

—No puedo tocarte —dijo—. No ahora.

—No te lo pedí —respondió Sara— Te pedí que no te escondas.

Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una decisión tomada.

—Hazlo —dijo—. Todo.

Sara levantó la cámara una última vez. El flash iluminó el estudio con una violencia breve. La imagen capturada no era erótica. Era política. Era un hombre suspendido, sin marca, sin permiso, sin máscara.

—Ya está —dijo ella.

Nash se vistió despacio. Cada gesto parecía cerrar una etapa.

—¿Qué harás con ellas? —preguntó.

Sara conectó la cámara al ordenador. Las imágenes aparecieron en la pantalla. Crudas. Imposibles de suavizar.

—Publicarlas —respondió—. Pero no como obra. Como testimonio.

Nash la miró con algo que rozó el miedo.

—¿Sabes lo que eso implica?

—Sí —dijo—. Implica que Helix no podrá decir que no sabía.

En ese instante, el teléfono de Sara vibró. Número desconocido. Marcus Hale.

—No atiendas —dijo Nash.

Sara atendió.

—Señorita Sara —dijo Marcus, con una calma peligrosa— Nos llegó información preocupante. Dicen que estás trabajando fuera de los márgenes acordados.

Sara miró a Nash. Luego a la pantalla. Luego al reflejo de ambos en el vidrio oscuro.

—No trabajo para ustedes —respondió— Y tampoco miento.

Un silencio medido.

—Si publicas eso —dijo Marcus— habrá consecuencias legales inmediatas.

—Perfecto —respondió ella—. Entonces quedará constancia.

Colgó. Nash soltó una risa breve, sin humor.

—Acabas de cruzar la grieta.

—No —corrigió Sara— La abrí.

Subió el archivo a un servidor seguro. Programó la publicación. No inmediata. Precisa.

—¿Cuándo? —preguntó Nash.

—Mañana —respondió—. Cuando empiece tu desfile. Cuando todos estén mirando.

Nash sintió el peso de la decisión. La admiración. El miedo.

—Sara —empezó.

Ella se acercó. Muy cerca. No lo besó. Apoyó la frente en su pecho, un gesto breve, humano.

—No es por nosotros —dijo—. Es por lo que hacen con las personas cuando nadie mira.

Nash cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, respiró sin permiso.

Porque mientras Helix preparaba abogados y comunicados, Sara acababa de convertir una sesión prohibida en la primera prueba pública. Y al amanecer, cuando el nombre de Nash volviera a ser tendencia, ya no sería por su belleza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.