Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

El ruido que no se oye

El primer síntoma fue el silencio.

No el de la calma, ni el del descanso. Era un silencio quirúrgico, diseñado. Sara lo reconoció de inmediato porque lo había visto antes, en otros colegas, en otras carreras que se apagaban sin escándalo. Correos que no llegaban..Respuestas que se demoraban demasiado. Proyectos en evaluación.

—Están midiendo —dijo, cerrando la notebook— A ver cuánto resistimos.

Nash estaba sentado en el piso, apoyado contra el sofá, con la espalda recta y la mirada fija en un punto invisible. Había pasado la mañana grabando videos simples para su cuenta: bocetos, ideas, música sin pulir. Nada espectacular. Todo real.

—Hoy me ofrecieron algo —dijo de pronto.

Sara alzó la vista.

—¿Quiénes?

—Una agencia europea —respondió—. Independiente. Muy limpia en apariencia.

—¿En apariencia?

Nash asintió.

—Contrato corto. Libertad creativa. Buen dinero. Una sola condición.

Sara no habló. Esperó.

—Que no vuelvas a aparecer —terminó él—. Ni en mis redes, ni en entrevistas, ni en proyectos.

El aire se tensó.

—¿Y qué dijiste? —preguntó ella, con un tono que no buscaba reproche.

—Que lo pensaría —respondió Nash—. No porque quiera aceptar… sino porque quiero entender qué nos están ofreciendo en realidad.

Sara se levantó despacio. Caminó hasta la ventana. Afuera, la ciudad seguía con su ritmo indiferente.

—Te están ofreciendo oxígeno —dijo—. A cambio de amputación.

Nash soltó una risa breve.

—Eso mismo pensé.

Hubo un silencio largo. No incómodo. Cargado.

—No voy a ser la razón por la que pierdas oportunidades —dijo él finalmente.

Sara giró.

—No voy a ser la excusa para que te domestiquen —respondió— Tampoco.

Se miraron. Por primera vez desde que todo había estallado, no hubo tensión física inmediata. Hubo algo distinto: responsabilidad mutua. El teléfono de Sara vibró. Clara.

—¿Ahora? —murmuró Sara antes de atender.

—Necesito advertirte algo —dijo Clara sin rodeos— No como representante. Como persona.

—Dime.

—Helix no te está atacando —continuó— Te está borrando. Están diciendo que no eres confiable. Que mezclas activismo con trabajo. Que expones a quienes fotografias.

Sara apretó los labios.

—¿Y tú?

—Yo no les creí —respondió Clara—. Pero otros sí. Y eso se contagia rápido.

Cuando colgó, el departamento pareció encogerse.

—¿Es por mí? —preguntó Nash, en voz baja.

Sara lo miró.

—Es por lo que hicimos —dijo—. Y lo volvería a hacer.

Se sentó frente a él, a la misma altura. No lo tocó. La cercanía era suficiente.

—Escúchame —continuó—. Helix quiere que pensemos que separarnos es una solución. No lo es. Pero tampoco podemos fingir que esto no tiene costo.

Nash respiró hondo.

—¿Qué propones?

Sara dudó un segundo. No por inseguridad. Por honestidad.

—Que no nos escondamos… pero tampoco nos expongamos juntos todo el tiempo —dijo— Que no les regalemos una narrativa fácil.

—¿Distancia estratégica? —preguntó él.

—Límites conscientes —corrigió—. Elegidos. No impuestos.

Nash asintió lentamente.

—Eso duele más de lo que parece.

—Lo sé —respondió Sara—. Por eso funciona.

Se quedaron en silencio. La atracción seguía allí, viva, pero contenida por algo más fuerte: la comprensión de que amar en ese contexto era también administrar el riesgo..Esa noche, Nash subió un video distinto. No denunció. No explicó. Leyó un fragmento de un texto propio:

Me dijeron que la libertad era elegir dentro de un catálogo. Hoy aprendí que la libertad es elegir aunque no haya catálogo.

Sara lo escuchó desde el otro lado del departamento. Sintió el orgullo, sí. Pero también el peso de lo que vendría. Antes de dormir, recibió un último correo. Sin remitente visible.

Sabemos que están intentando reorganizarse. No confundan tolerancia con retirada. Esto recién empieza.

Sara cerró la laptop. Miró a Nash, ya dormido, con el rostro más tranquilo que días atrás. Y comprendió algo con una claridad incómoda:

Helix no iba a atacarlos juntos. Iba a hacerlo uno por uno. Y la próxima decisión no sería heroica. Sería dolorosa. Porque mientras el mundo creía que la tormenta había pasado, Sara entendió la verdad más peligrosa de todas:

El enemigo ya no quería destruirlos. Quería hacerlos elegir. Y no todas las elecciones.dejan a ambos intactos.




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