Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

La libertad que quema

La ausencia se volvió costumbre.

No alivio.
No aceptación.
Costumbre.

Nash firmó el contrato tres días después de leer la carta por décima vez. No porque el papel lo convenciera, sino porque quedarse quieto se había vuelto insoportable. La nueva plataforma no lo encadenaba. No le pedía silencios. No le imponía vínculos ni borrados. Le ofrecía algo que, hasta entonces, solo había imaginado: decidir.

Y Nash decidió vivir..El primer comercial fue navideño. Luces cálidas, nieve artificial, una casa elegante que no pertenecía a nadie. Nash vestía un abrigo claro, el rostro sereno, las manos envueltas alrededor de una taza humeante. Sonreía a cámara como si creyera en la promesa de hogar que vendía.

—Más suave —pidió el director—. Como si esperaras a alguien.

Nash obedeció. Pensó en Sara..En el silencio de la cocina del estudio. En la forma en que ella miraba antes de disparar la cámara. En la palabra hogar escrita entre líneas. La toma fue perfecta. Días después, el contraste fue absoluto. Una campaña gótica. Oscuridad pulida. Paredes de piedra, cruces, terciopelo negro.

Nash, de pie, con la piel pálida bajo luces frías, el cuerpo marcado por sombras precisas. No había sonrisa. Había desafío. Sus ojos miraban al lente como si lo atravesaran.

—Eso —dijo la directora creativa— Eso es poder.

La campaña explotó.

Versátil. Incontrolable. Renacido.

La prensa lo adoraba. Las marcas lo querían. La narrativa era clara: Nash había sobrevivido al abuso y ahora reinventaba su imagen. Lo que nadie veía era la intención detrás de cada gesto. Por las noches, Nash no volvía a casa temprano.

Elegía bares exclusivos, de esos donde el cristal es caro y el silencio selectivo. Lugares donde las miradas pesan y las noticias corren más rápido que el alcohol.

Una noche, se sentó en un reservado con dos modelos reconocidas. Vestidos ajustados. Perfumes caros. Risas calculadas. En la mesa, botellas que no se piden sin saber que serán fotografiadas.

—¿Siempre bebes así? —preguntó una de ellas, deslizando los dedos por el borde de la copa.

—Solo cuando quiero que se note —respondió Nash.

Bebieron. Rieron. Se acercaron lo suficiente para que las cámaras captaran intimidad sin necesidad de besos. Una mano sobre una rodilla. Una cabeza apoyada en su hombro. La escena perfecta para el titular del día siguiente.

El nuevo Nash no mira atrás.

Y, sin embargo, cada gesto llevaba una dirección precisa. No era hedonismo. Era mensaje. Para Helix. Para la industria..Para quienes habían convertido su amor en una debilidad. Y para Sara.

En otro bar, otra noche, Nash bailó entre luces rojas y cuerpos en movimiento. Una actriz conocida lo besó en la mejilla. Él no se apartó. Sonrió. Alzó la copa hacia un fotógrafo que sabía exactamente cuándo disparar.

—Que vean —pensó— Que entiendan.

Que comprendieran que el Nash que habían domesticado había muerto. Que el Nash que amó en silencio había aprendido a sobrevivir sin esconderse.

Pero cuando volvía solo, cuando la música quedaba atrás y el departamento se llenaba de eco, la verdad regresaba con una precisión cruel..No dormía mejor. No respiraba más liviano. Solo estaba más visible.

Una noche, después de un evento, se sentó en el borde de la cama y abrió el cajón que no había tocado desde su partida. Allí seguía la carta, doblada con cuidado..La leyó otra vez.

Te amo lo suficiente como para irme.

Nash cerró los ojos.

—Mírame ahora —susurró al vacío— Mírame sin tí.

Al día siguiente, otro comercial..Otra sonrisa.
Otra versión de sí mismo..Y mientras el mundo celebraba su libertad, Nash entendía, con una claridad que dolía. No estaba huyendo de Sara. Estaba gritándole.

Porque cada copa alzada, cada cuerpo cercano, cada imagen pública cuidadosamente expuesta, no decían soy libre. Decían una sola cosa, repetida hasta el cansancio:

Sin ti no soy nada.

Porque mientras Nash se convertía en el rostro más deseado del momento, la libertad que había ganado empezaba a parecerse peligrosamente a otra forma de vacío.

Y en algún lugar, lejos de los focos y los titulares, Sara estaba a punto de descubrir
que desaparecer no siempre significa dejar de ser alcanzada.




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