Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

El ruido después del aplauso

El aplauso no duró. O tal vez duró demasiado.

Nash perdió la noción exacta del momento en que el éxito dejó de sentirse como triunfo y empezó a sentirse como una obligación. Cada día había algo nuevo que filmar, algo distinto que representar, otra versión de sí mismo que vender como auténtica.

Un comercial tras otro. Una ciudad tras otra.
Un cuerpo siempre disponible. La mañana empezó con una sesión de alto perfil. Trajes claros, estética minimalista, promesas de pureza y control. Nash miró al lente con precisión impecable, ejecutó cada gesto con una naturalidad que ya no le costaba esfuerzo.

—Perfecto —dijo el director— Impecable como siempre.

Impecable. La palabra le atravesó el pecho con una molestia extraña. Horas después, la estética cambió por completo. Una producción oscura, cargada de símbolos, cadenas, contrastes violentos. Nash apareció cubierto de negro, el torso marcado por sombras dramáticas, la mirada desafiante, casi cruel.

—Más intensidad —pidieron— Como si nada te importara.

Nash obedeció..Nada le importaba..O eso parecía. Esa noche terminó en un club privado, oculto tras una fachada discreta. Música grave, luces bajas, copas que no se vaciaban nunca del todo. A su alrededor, risas ajenas, cuerpos cercanos, conversaciones que no pedían profundidad.

—Brindemos —dijo alguien— Por tu momento.

Nash alzó la copa..El alcohol bajó suave. Demasiado suave..En algún punto, la música se volvió ruido. Las risas, interferencia. Los cuerpos, objetos que no lograban distraerlo del vacío que crecía en su pecho con cada minuto.

—¿Te vas? —preguntó una voz cuando se levantó.

—Siempre —respondió, sin mirar atrás.

El departamento lo recibió con un silencio denso. Nash dejó las llaves sobre la mesa, se quitó la chaqueta y se quedó de pie, sin saber qué hacer con su propio cuerpo. El reflejo del espejo le devolvió una imagen impecable y completamente ajena.

—¿Y ahora qué? —murmuró.

Se sirvió otra copa. Luego otra. El teléfono vibró. Notificaciones. Invitaciones. Propuestas. Todas urgentes. Todas vacías. Apagó el teléfono. El silencio volvió, esta vez sin amortiguadores.

Nash se dejó caer en el sofá, con la espalda rígida y la cabeza apoyada hacia atrás. El aire le costaba entrar. No era ansiedad. No era miedo. Era cansancio.

Cansancio de ser mirado. De ser deseado. De ser interpretado. Se levantó de golpe y caminó por el departamento, como si buscara algo que no estaba allí. Abrió cajones. Cerró puertas. Encendió luces innecesarias. Nada.

El cuerpo empezó a temblarle, apenas perceptible al principio. Luego más claro. Nash se apoyó contra la pared, respirando hondo, con los ojos cerrados.

—No es esto —susurró— No puede ser solo esto.

La presión en el pecho aumentó. El aire se volvió espeso. El ruido del mundo aun apagado parecía golpearle por dentro. Nash se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y las manos apoyadas sobre las rodillas.

No lloró. No gritó. Solo se quedó allí, vacío, con una lucidez dolorosa. Por primera vez desde que todo había cambiado, entendió la verdad completa:

Había recuperado su libertad artística.
Había destruido la jaula visible. Pero no había aprendido aún cómo habitar esa libertad. Y sin una dirección, sin un sentido, la libertad empezaba a parecerse demasiado al abandono.

El amanecer lo encontró despierto, con la luz entrando sin permiso por la ventana. Nash se levantó despacio, se sirvió un vaso de agua y lo bebió como si fuera lo primero real en horas. Miró su teléfono apagado. No lo encendió.

Se sentó frente a la mesa y tomó un cuaderno en blanco que había ignorado durante semanas. Lo abrió. La página lo miró de vuelta, desnuda, honesta. Nash sostuvo el bolígrafo con una mano que aún temblaba. No escribió un nombre..No escribió una excusa. Escribió una sola frase:

Si sigo así, voy a perderme.

El peso de esa verdad fue suficiente para detenerlo. Por ahora. Porque el éxito puede gritar más fuerte que el fracaso, pero cuando el ruido se apaga y no queda nadie mirando, solo entonces se descubre si la libertad fue una conquista o el comienzo de otra caída.

Y Nash estaba peligrosamente cerca del borde.




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