La vida de Sara era buena. No perfecta. Buena. Trabajaba para una revista de arte contemporáneo que respetaba su mirada y no intentaba domesticarla. Sus reportajes visuales eran esperados, comentados, valorados. No necesitaba firmar contratos abusivos ni justificar cada encuadre. Su nombre circulaba con respeto, no con morbo. Y, además, exponía.
Galerías pequeñas primero. Luego más grandes. Sus fotografías crudas, honestas, incómodas se vendían bien. No porque fueran decorativas, sino porque decían algo. Porque miraban de frente. Sara había aprendido a vivir sin ruido. Pero no había aprendido a dejar de sentir.
Desde el reencuentro con Nash, algo se había movido en su interior con una lentitud peligrosa. No fue inmediato. No fue arrebatado. Fue esa sensación persistente de que el amor, incluso después de cinco años, no se había marchado. Lo observó en silencio durante días. Sus entrevistas. Sus gestos medidos. La forma en que hablaba del amor en la novela que filmaba, como si conociera cada palabra desde una herida antigua.
—Aún me ama —pensó una noche, sin alegría—. Lo sé.
La certeza no le trajo paz. Le trajo una decisión. Fue al estudio de grabación sin avisar. No llevaba cámara. No llevaba excusas. Solo la intención frágil de intentarlo.
El set estaba en pausa. Luces apagadas. Técnicos dispersos. El silencio previo a la siguiente escena. Sara caminó con cuidado, preguntó por Nash en voz baja. Le señalaron uno de los decorados laterales.
—Está allí —dijo alguien— Descansando un momento.
Sara se acercó despacio. Y se detuvo. Nash estaba de espaldas, inclinado hacia una actriz con la que compartía escenas desde hacía meses. Ella reía bajito. Él le sostenía el rostro con una mano que Sara conocía demasiado bien.
No había cámaras. No había actuación. El beso fue lento. Cómplice. Íntimo. No escandaloso. Real. El mundo no se rompió con ruido. Se quebró en silencio. Sara sintió cómo algo se le cerraba en el pecho con una precisión quirúrgica. No hubo rabia. No hubo escena. Solo una tristeza profunda, madura, cansada.
—Claro —pensó—. Cinco años no pasan en vano.
Dio media vuelta. Nadie la vio irse. Caminó varias cuadras sin sentir el cuerpo. Las imágenes se le repetían con una claridad cruel: la cercanía, la facilidad, la naturalidad de alguien que había seguido viviendo… mientras ella había aprendido a esperar sin darse cuenta. Esa noche no lloró.
Se sentó frente a una de sus fotografías más recientes: un hombre de espaldas, mirando una ventana que no se abría. La había titulado Persistencia.
—Fui ingenua —susurró—. Pero no débil.
Al día siguiente, Nash la buscó. Primero mensajes. Luego llamadas. Después, apareció en la galería donde ella estaba montando una nueva exposición.
—Sara —dijo, al verla—. Necesitamos hablar.
Ella no se sobresaltó. No sonrió. No se tensó. Levantó la vista con una calma que dolía más que cualquier reproche.
—No —respondió—. No necesitamos.
Nash frunció el ceño.
—Ayer… —empezó.
—No expliques —lo interrumpió—. No te debo espacio para eso.
El golpe fue directo.
—No significó lo que piensas —dijo él, con urgencia contenida.
Sara lo miró entonces. De verdad.
—Eso es lo peor —respondió—. Significó exactamente lo que vi.
Nash dio un paso adelante.
—Te he esperado cinco años.
Ella sostuvo su mirada sin temblar.
—Y yo cinco años aprendiendo a sobrevivir sin ti —dijo— No voy a volver a romperme ahora.
El silencio cayó entre ambos como una pared invisible.
—Te amo —dijo Nash, casi en un susurro.
Sara respiró hondo. Sintió el amor allí, intacto… y aun así insuficiente.
—Yo también —respondió— Y por eso me voy a quedar lejos.
Se giró para seguir trabajando, ajustando una luz, tocando una pared, aferrándose a lo tangible. Nash se quedó de pie, entendiendo demasiado tarde que algunas segundas oportunidades no se pierden por falta de amor sino por llegar con el corazón equivocado.
Y mientras Sara seguía adelante con una serenidad aprendida a base de pérdidas, Nash comprendió algo que ninguna novela romántica le había enseñado: El amor que sobrevive al tiempo.no siempre sobrevive a la decepción.