Nash no planeó entrar. No fue una decisión calculada ni un gesto teatral. Había ido demasiadas veces esa semana. Se había detenido frente al edificio de Sara más de lo habitual, mirando las ventanas encendidas y apagadas, ensayando palabras que nunca parecían suficientes.
Esa noche, simplemente ocurrió.. La puerta estaba sin llave. Entró con el corazón golpeándole el pecho, no como el actor acostumbrado a escenarios y aplausos, sino como el hombre que había aprendido demasiado tarde lo que significaba amar sin garantías.
El departamento estaba en silencio. Luz tenue. El olor familiar de café frío y papel fotográfico. Sara estaba sentada en el suelo, revisando pruebas impresas, con el cabello suelto y el rostro cansado. No se sobresaltó al verlo.
—Sabía que eras tú —dijo, sin mirarlo— Caminas igual cuando estás nervioso.
Nash cerró la puerta despacio.
—No vengo a discutir —dijo—. Vengo a quedarme hasta que me escuches… o me pidas que me vaya.
Sara dejó las fotografías a un lado. Se levantó con calma. No había dureza en sus gestos, pero sí una distancia aprendida.
—Habla —dijo—. Pero no intentes salvar lo que no existe.
Nash dio un paso adelante. Luego otro. Se detuvo a una distancia respetuosa, como si temiera romper algo invisible.
—Lo que viste en el estudio… —empezó.
—No —lo interrumpió ella—. No empieces por ahí.
Nash cerró los ojos un instante.
—Tienes razón —admitió—. Empezaré por lo único que importa.
La miró entonces. Sin máscaras. Sin el hombre público. Sin la armadura del éxito.
—Nunca dejé de amarte —dijo—. Ni un solo día. Lo que hice fue aprender a sobrevivir sin ti… y confundí eso con seguir viviendo.
Sara sintió el golpe en el pecho. No se movió.
—Te besé porque estaba vacío —continuó—. Porque creí que demostrarle al mundo que había seguido adelante me haría sentir menos solo. Pero fue mentira. Fue ruido. Fue miedo.
La voz se le quebró apenas. No se permitió detenerse.
—Tú te fuiste para salvarme —dijo—. Y yo, en lugar de esperarte como merecías, me acostumbré a no sentir demasiado. Me volví eficiente. Exitoso. Libre —sonrió con amargura — Y profundamente infeliz.
Sara bajó la mirada. Sus manos temblaron apenas.
—Me dolió verte así —confesó— No por celos. Por desilusión. Porque pensé que el amor que nos sostuvo cinco años no había sido suficiente.
Nash dio otro paso. Esta vez, ella no retrocedió.
—Lo fue —respondió—. Fue lo único real que tuve en todo ese tiempo. Todo lo demás fue actuación.
Se quedaron frente a frente. El aire entre ambos estaba cargado de palabras no dichas, de años comprimidos en un mismo latido.
—No vengo a pedirte que confíes ciegamente —dijo Nash—. Vengo a decirte que estoy listo para amar sin esconderme, sin usar a nadie como escudo, sin correr cuando duele.
Sara levantó el rostro. Sus ojos estaban húmedos, pero firmes.
—Yo aprendí a estar sola —dijo—. A no depender. A no romperme. Y no pienso perder eso.
—No quiero que lo pierdas —respondió él—. Quiero caminar a tu lado… no delante ni detrás.
El silencio fue largo. Denso. Vivo..Sara respiró hondo. Apoyó la frente en el pecho de Nash, con un gesto lento, contenido, como quien prueba una verdad con cautela. Sintió el latido acelerado, real, desprotegido.
—Nunca dejé de amarte —susurró—. Solo aprendí a protegerme de ti.
Nash cerró los ojos, apoyando la mejilla sobre su cabello.
—Déjame demostrarte —dijo—. No con promesas. Con presencia.
No hubo beso inmediato. Primero hubo brazos rodeando con cuidado..Respiraciones que se acompasaron..El peso de los años soltándose poco a poco. Cuando finalmente se besaron, no fue urgente ni desesperado. Fue lento. Profundo. Como si ambos entendieran que ese gesto no cerraba una herida, pero abría un camino..Sara apoyó la mano en su pecho.
—No me vuelvas a soltar cuando tengas miedo —dijo.
—No lo haré —respondió Nash—. Y si alguna vez dudo… me quedaré igual.
Se quedaron abrazados en medio del departamento, rodeados de fotografías que hablaban de otras historias, mientras la suya, por fin, se permitía continuar. No porque el pasado hubiera desaparecido. Sino porque ambos habían aprendido.a mirarlo sin huir. Y esta vez, el amor no era una promesa era una elección diaria.