Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

El hombre que escucha demasiado

Nash había aprendido a reconocer el cansancio verdadero.

No el que se disuelve con una noche de sueño ni el que se calma tras una pausa entre rodajes. Era un cansancio más profundo, uno que no se alojaba en los músculos sino en la cabeza, en ese lugar donde las decisiones se repiten una y otra vez hasta perder sentido. Ese era el cansancio que llevaba consigo aquella noche.

El evento cultural se celebraba en un edificio antiguo, restaurado con un gusto sobrio que evitaba lo ostentoso. No había alfombra roja ni flashes histéricos. Era el tipo de encuentro que pretendía distinguirse de la industria sin dejar de pertenecerle: galeristas, editores, productores independientes, intelectuales con trajes discretos y miradas atentas.

Nash había aceptado la invitación más por inercia que por deseo. Sara no lo acompañaba. No porque estuvieran mal, sino porque ambos habían aprendido con esfuerzo a no habitar siempre los mismos espacios. Él necesitaba aire. Ella, silencio. Se lo habían dicho sin reproches, con esa madurez que duele más que la discusión abierta.

Nash avanzó por el salón con una copa de vino en la mano, escuchando fragmentos de conversaciones que no le pedían participación real.

—La novela fue un fenómeno…
—Tiene una presencia distinta, ¿no?
—No parece actuado…

Sonrió con cortesía. Asintió. Agradeció. Nada de eso lo alcanzaba. Se detuvo frente a una instalación minimalista: una serie de espejos fragmentados dispuestos de forma irregular, reflejando rostros incompletos, cuerpos partidos, gestos duplicados. Nash se quedó observándola más tiempo del que habría admitido en voz alta.

—Interesante elección.

La voz llegó desde atrás. No invasiva. No impostada. Nash giró lentamente.

El hombre que tenía frente a sí no destacaba de manera evidente. No era llamativo ni intimidante. Vestía de manera impecable, sin marcas visibles, con una sobriedad casi académica. Su rostro era sereno, atractivo sin esfuerzo, con unos ojos claros que no parecían recorrer el cuerpo de Nash como solían hacerlo otros. Lo observaban de otro modo.

—Lo es —respondió Nash— Aunque inquietante.

El hombre sonrió apenas.

—Lo inquietante suele ser lo más honesto.

Extendió la mano.

—Elian.

Nash dudó un segundo antes de estrecharla.

—Nash.

—Lo sé —respondió Elian— Pero no vine por eso.

La frase, dicha con absoluta naturalidad, desarmó algo en Nash. No era habitual. Casi todos empezaban por su fama, por su trabajo, por su rostro omnipresente en pantallas.

—¿Y por qué viniste? —preguntó, más por curiosidad que por cortesía.

Elian inclinó ligeramente la cabeza, como si la pregunta mereciera atención real.

—Porque me interesa la gente que parece libre pero no descansa.

Nash sintió una incomodidad leve, inmediata. No se reflejó en su rostro, pero algo se tensó en su interior.

—Eso suena a diagnóstico —replicó.

—No —corrigió Elian con suavidad— Suena a observación.

Se quedaron unos segundos en silencio, frente a la instalación. Nash notó que Elian no invadía su espacio personal, no lo tocaba, no bajaba la voz para generar intimidad forzada. Todo en él parecía medido.

—¿Te gusta el arte? —preguntó Nash finalmente.

—Me gusta lo que revela —respondió Elian— Especialmente cuando no intenta agradar.

Nash pensó, inevitablemente, en Sara.

—¿Y a qué te dedicas? —preguntó.

—Trabajo con artistas —respondió Elian— Acompañamiento creativo. Procesos mentales. Nada glamoroso.

—¿Psicólogo?

—Neuropsicólogo —precisó— Aunque no ejerzo de forma clínica.

Nash alzó las cejas.

—Eso explica algunas cosas.

—¿Como cuáles?

Nash dudó. No solía hablar de sí mismo con desconocidos, pero algo en la mirada de Elian, atenta sin ser voraz, le daba una extraña sensación de permiso.

—La forma en que miras —dijo— No juzgas.

Elian sonrió apenas.

—El juicio es improductivo —respondió— Escuchar, en cambio… suele ser peligroso.

—¿Peligroso?

—Para quien se escucha a sí mismo por primera vez.

La frase quedó suspendida entre ambos como una cuerda tensa. Elian tomó una copa de la mesa cercana, sin ofrecerle otra a Nash, sin invadir el gesto. Bebió un sorbo pequeño.

—No vengo a venderte nada —continuó— Ni proyectos, ni ideas, ni versiones de ti mismo.

Nash soltó una risa breve.

—Eso ya es bastante tentador.

Elian lo miró con interés genuino.

—Dime algo —dijo— ¿Cuándo fue la última vez que hablaste sin pensar en cómo sería interpretado?

La pregunta fue directa. Incómoda. Nash abrió la boca para responder y se detuvo. No lo sabía.

—Eso pensé —dijo Elian con suavidad, no como reproche, sino como constatación— La gente cree que la libertad consiste en poder decirlo todo. En realidad, consiste en no tener que justificarlo.

Nash apoyó la espalda contra la pared, de pronto consciente del peso del evento, del murmullo constante, de las miradas periféricas.

—¿Siempre haces esto? —preguntó— Analizar a desconocidos en inauguraciones.

—Solo a los que parecen necesitar que alguien no los quiera usar —respondió Elian.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Nash sintió algo parecido al alivio y eso lo inquietó más que cualquier comentario halagador.

—Tengo que admitir algo —dijo Nash— No suelo quedarme mucho tiempo en estos lugares.

—Lo imagino —asintió Elian— Son ruidosos, incluso cuando fingen silencio.

—Entonces, ¿por qué me quedé?

Elian lo observó durante unos segundos más de lo habitual.

—Porque aquí —dijo— nadie te está pidiendo nada.

Nash sintió un nudo leve en el estómago. Hablaron un rato más. De arte. De procesos creativos. De la dificultad de habitar una identidad pública sin disolverse en ella. Elian no mencionó la novela, ni los premios, ni la fama. Parecía deliberado. Cuando se despidieron, fue sin promesas.




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