La primera sesión no tuvo forma de sesión. Eso fue lo que tranquilizó a Nash. No hubo sillones enfrentados ni preguntas clínicas. No hubo libretas ni silencios calculados. Elian lo recibió en un departamento amplio, luminoso, con ventanales abiertos y una mesa baja con café recién hecho. Todo parecía dispuesto para que el tiempo se diluyera sin estructura.
—Siéntate donde quieras —dijo Elian— No voy a dirigir nada.
Nash eligió el borde del sofá, una postura que no era defensiva ni cómoda del todo. Lo notó… y le molestó haberlo notado.
—No vengo a que me arregles —aclaró — No estoy roto.
Elian sonrió con suavidad, como si la frase no le sorprendiera.
—Nadie lo está —respondió— Pero todos estamos cansados de sostener ciertas versiones de nosotros mismos.
Nash bebió un sorbo de café. El silencio no era incómodo. Eso también le inquietó.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó.
—Por donde quieras —dijo Elian—. Aunque suele ser más honesto empezar por lo que intentas evitar.
Nash soltó una risa breve.
—Eso es trampa.
—No —corrigió Elian—. Es observación.
Hablaron durante horas. No de traumas evidentes ni de episodios oscuros. Hablaron de rutinas. De la presión de los horarios. De la extraña culpa que aparece cuando uno tiene éxito y, aun así, no se siente satisfecho. Elian escuchaba sin interrumpir, asentía en los momentos justos, hacía preguntas precisas que parecían abrir puertas que Nash no sabía que existían.
—¿Te pasa seguido sentirte agotado después de ver a las personas que amas? —preguntó en un momento, con tono neutro.
Nash frunció el ceño.
—No —respondió—. Bueno… a veces.
—No es un juicio —aclaró Elian—. Es común. Las relaciones profundas suelen activar memorias emocionales intensas. No siempre son agradables.
La frase quedó flotando.
—¿Memorias de qué? —preguntó Nash.
—De pérdida —respondió Elian— De sacrificio. De decisiones no resueltas.
Nash pensó en Sara sin querer hacerlo. No dijo su nombre. Cuando se fue, no se sintió drenado. Al contrario. Se sintió liviano, como si alguien hubiera ordenado una habitación desordenada sin mover los objetos de lugar.
Eso fue lo peligroso. Las siguientes semanas, las conversaciones se repitieron. A veces en el departamento de Elian. A veces caminando por parques silenciosos. A veces por teléfono, tarde en la noche Elian nunca imponía horarios.
—Llámame cuando lo necesites —decía— No cuando creas que deberías.
Nash empezó a hacerlo. Al principio, sin notarlo. Luego con una claridad inquietante: cuando una escena lo dejaba exhausto, cuando una entrevista le provocaba una incomodidad que no sabía nombrar, cuando una conversación con Sara lo dejaba pensativo y tenso.
—No es que ella te haga mal —decía Elian— Es que activa partes de ti que aún no saben descansar.
La frase se repetía con variaciones sutiles.
—¿Descansar de qué? —preguntó Nash una noche.
—De luchar —respondió Elian— De sostener siempre la intensidad. Hay amores que exigen permanencia constante. No todos los cuerpos pueden vivir así.
Nash guardó silencio. No porque estuviera de acuerdo. Porque la idea empezaba a hacer eco. Sara fue la primera en notarlo. No en gestos grandes, sino en detalles mínimos. En la forma en que Nash tardaba más en responder mensajes. En cómo parecía abstraído incluso cuando estaban juntos. En esa nueva costumbre de suspirar apenas, como si algo invisible pesara sobre él.
—Estás lejos —le dijo una tarde, sin reproche.
—No —respondió Nash—. Solo cansado.
Ella no insistió. Pero lo observó con atención, con esa mirada que siempre había sabido leer lo que no se decía. El nombre apareció una noche, casi sin intención.
—¿Quién es Elian? —preguntó Sara, como quien pregunta por el clima.
Nash se tensó apenas.
—Un amigo —respondió—. Alguien con quien hablo.
—¿De qué? —preguntó ella.
—De mí —respondió Nash— De cosas que necesito ordenar.
Sara asintió lentamente.
—¿Y por qué no me las dices a mí?
La pregunta no fue acusatoria. Fue honesta. Nash dudó.
—Porque contigo… —empezó, y se detuvo— Porque contigo siento que todo importa demasiado.
El silencio que siguió fue denso.
—¿Eso es malo? —preguntó Sara, en voz baja.
Nash no respondió de inmediato.
—A veces —dijo al fin—. A veces es agotador.
Las palabras le dolieron a ambos.
Esa noche, Nash llamó a Elian.
—Creo que lastimé a alguien —dijo, sin rodeos.
—¿Cómo te sientes tú? —preguntó Elian.
—Confundido —respondió—. Culpable.
—La culpa es una señal interesante —dijo Elian— A veces aparece cuando estamos traicionando a otros. A veces cuando estamos empezando a sernos fieles.
La ambigüedad fue precisa.
—No quiero perderla —dijo Nash.
—No tienes que perder a nadie —respondió Elian—.Solo entender qué parte de ti se activa con ella y cuál necesita protección.
—¿Protección de qué?
Elian guardó silencio unos segundos.
—Del pasado —dijo— De patrones que te enseñaron que amar implica sacrificio constante.
La frase se quedó clavada. Las sesiones empezaron a cambiar de tono. Elian comenzó a hacer preguntas más específicas. Sobre la historia de Nash. Sobre decisiones pasadas. Sobre la forma en que había aprendido a ceder para sobrevivir.
—Te entrenaron para obedecer —decía— Luego te entrenaste para resistir. Pero nadie te enseñó a descansar en el medio.
Nash asentía.
—Cuando estás con Sara —continuaba Elian—, ¿te sientes libre o responsable?
La pregunta era peligrosa.
—Ambas cosas —respondió Nash.
—Eso suele ser agotador —concluía Elian— El amor no debería sentirse como una tarea pendiente.
Nash empezó a salir de esas conversaciones con una calma extraña y una distancia nueva.
Con Sara, ya no discutía. Eso debería haber sido buena señal. Pero algo se enfriaba. Las risas eran menos espontáneas. Los silencios, más largos.