Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

El umbral

El cambio no fue brusco. Eso fue lo más aterrador..No hubo una decisión explícita ni una noche marcada por una frase definitiva. No existió un “antes y después” claro. La transición fue tan sutil que, cuando Nash quiso darse cuenta, ya estaba al otro lado.

Elian había dejado de ser una voz externa. Ya no era alguien a quien Nash llamaba para pensar. Era el lugar al que su mente regresaba incluso cuando no hablaban.

Como un eco interno. Como una presencia constante que ordenaba lo que sentía antes de que pudiera sentirlo del todo.

—Hoy no estás obligado a nada —le decía Elian— Ni siquiera a elegir.

Y Nash asentía, agradecido. Las decisiones comenzaron a desaparecer de su vida una por una. No porque alguien se las quitara, sino porque ya no parecían necesarias. Elian siempre sabía qué preguntar, cuándo callar, qué silencio ofrecer.

—Cuando dudas —decía—, es porque aún no estás listo para sostener lo que deseas.

—¿Y cuándo lo estaré? —preguntó Nash una tarde.

Elian lo miró con atención profunda.

—Cuando ya no tengas que preguntarlo.

La frase fue como un bálsamo. Nash dejó de preguntarse muchas cosas después de eso. Dejó de cuestionar por qué cada vez que pensaba en Sara sentía una presión en el pecho. Dejó de analizar por qué su voz interna sonaba más baja cuando estaba con ella y más clara cuando hablaba con Elian.

—No es que ella te haga mal —repetía Elian— Es que te recuerda quién eras cuando no sabías protegerte.

Y Nash no quería volver a ser ese hombre. Sara vivía sus días con una mezcla extraña de lucidez y tristeza.. Había aceptado que insistir no serviría. Había aprendido con dolor que el amor no siempre rescata, a veces observa. Seguía trabajando, exponiendo, creando. Su vida avanzaba con una firmeza silenciosa.

Pero cada noche, cuando apagaba la luz, el miedo regresaba. No a perder a Nash. A que Nash se perdiera a sí mismo. Lo veía en pequeños gestos: su mirada ausente, sus respuestas medidas, su forma nueva de escuchar sin reaccionar. Era como si alguien hubiera bajado el volumen de su mundo emocional.

—No está en paz —se decía— Está dormido.

La última vez que lo vio, Nash parecía tranquilo. Demasiado.

—Estoy bien —le dijo— Por primera vez en mucho tiempo.

Sara lo miró largamente.

—No confundas la ausencia de dolor con la ausencia de vida —respondió.

Nash no discutió. No se defendió. Solo sonrió con una calma que la heló. Esa noche, Sara lloró como no lo hacía desde hacía años. No por nostalgia. Por intuición.

Elian decidió que era momento de cruzar el umbral. No lo anunció. No lo planteó como un cambio. Simplemente empezó a hablar de una manera distinta.

—Hay algo que te sigue atando —le dijo a Nash una mañana— Y no es una persona.

Nash frunció el ceño.

—¿Entonces qué es?

—La idea de que debes sentir intensamente para estar vivo —respondió Elian— Esa narrativa te ha hecho daño.

—¿Sentir es malo ahora? —preguntó Nash.

—No —respondió Elian—. Pero sentir sin control te deja vulnerable. Y tú ya has sido vulnerable demasiado tiempo.

La palabra control apareció por primera vez sin disfraz.

—¿Qué propones? —preguntó Nash.

Elian se inclinó apenas hacia adelante.

—Descansar del deseo —dijo— Dejar que la mente tome el mando por un tiempo. Silenciar el ruido emocional.

—¿Y cómo se hace eso? —preguntó Nash, con un hilo de inquietud.

Elian sonrió.

—Con guía.

No hubo rituales extraños ni dispositivos. Solo palabras. Repeticiones suaves. Ejercicios de respiración. Frases que Nash ya había escuchado decenas de veces, ahora dichas con una cadencia distinta.

—Confía —decía Elian— Yo sostengo el proceso.

—No pienses —susurraba— Deja que yo ordene.

Nash cerraba los ojos. Se dejaba llevar. Cada sesión lo dejaba más liviano. Más vacío. Más obediente a esa calma artificial que ya no cuestionaba. Sara despertó esa mañana con una sensación distinta..No supo identificarla de inmediato. No era angustia. No era miedo. Era una certeza corporal, profunda, extraña. Fue al baño casi sin pensarlo.

El test quedó sobre el lavamanos como un objeto ajeno, absurdo. Esperó sin respirar. Cuando el resultado apareció, el mundo se inclinó. Positivo. Sara se sentó en el borde de la bañera, con las manos temblando.

—No —susurró— No ahora.

Los recuerdos llegaron sin pedir permiso. El cuerpo de Nash, la intimidad compartida, la noche en que se amaron sin promesas, con una honestidad cruda que había quedado suspendida en el tiempo.

—Es tuyo —dijo en voz baja— Es nuestro.

El corazón le latía con fuerza, mezclando emoción, terror y una tristeza devastadora. Buscó el teléfono. Pensó en llamarlo. En decirle. En correr a buscarlo. Y entonces se detuvo. Recordó su mirada apagada. Su voz calma. Su ausencia.

—No puede escucharme —pensó— No ahora.

Se apoyó contra la pared, respirando con dificultad. En ese mismo instante, a kilómetros de distancia, Nash estaba sentado frente a Elian.

—Relájate —decía Elian— Ya no tienes que cargar con nada.

Nash sentía el cuerpo pesado, pero la mente liviana. Demasiado liviana.

—Repite conmigo —indicó Elian— No necesito decidir. Estoy a salvo.

—No necesito decidir —repitió Nash— Estoy a salvo.

—Todo lo que fuiste sigue ahí —continuó Elian — Solo en silencio.

—En silencio —repitió Nash.

Elian observaba con atención meticulosa. Cada respiración. Cada pausa. Cada microgesto de rendición.

—¿Sientes algo? —preguntó.

Nash tardó en responder.

—Paz —dijo finalmente— Nada más.

Elian sonrió. No de alegría. De satisfacción contenida.

—Eso es —susurró— Deja que la paz se quede.

En ese instante, algo se apagó. No fue un recuerdo específico. No fue una imagen clara. Fue más bien un impulso: el deseo de cuestionar, de resistir, de elegir. Una chispa mínima que durante años había mantenido a Nash a flote. La chispa se extinguió. Nash abrió los ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.