La decisión no llegó envuelta en dramatismo.
No hubo un momento exacto en el que Sara se mirara al espejo y dijera “esto es lo que haré”. Llegó de una forma más honesta y más cruel: como una certeza que ya no necesitaba discusión. Vivirá.
No por Nash. No por el amor perdido. Vivirá por el bebé..Sara se sentó en el borde de la cama con la mano apoyada en el vientre aún plano, todavía incrédula de que algo tan frágil pudiera tener tanto peso. No sentía euforia. Tampoco miedo paralizante. Sentía una responsabilidad nueva, sólida, que le ordenaba el pecho.
—No voy a fallarte —susurró— A nadie más. Solo a ti no.
Pensó en Nash.
No con rabia.
Con agotamiento.
Había luchado antes. Había esperado. Había confiado incluso cuando todo indicaba que debía irse. Y siempre, de una forma u otra, alguien más había encontrado el modo de interponerse entre ellos. Empresas. Silencios. Mentes ajenas. Y Nash… Nash siempre había facilitado la separación. No por maldad. Por fragilidad. Sara cerró los ojos.
—No voy a volver a pelear por alguien que no sabe quedarse —dijo en voz baja— Y menos ahora.
El amor, entendió por fin, no se defiende cuando se transforma en una herida constante. Se suelta. Se deja atrás. Se honra a la distancia. Empacó en silencio.
No fue una huida impulsiva. Fue meticulosa. Práctica. Vendió lo que no necesitaba. Canceló compromisos. Renunció a la galería con una carta breve y agradecida. No dio explicaciones innecesarias.
Aceptó una propuesta de trabajo en otra ciudad, una más pequeña, lejos del ruido, lejos de los nombres que dolían. Una revista cultural independiente que valoraba su mirada y no preguntaba por su pasado. Cuando firmó el contrato, no tembló.
—¿Estás segura? —le preguntó la editora— Es un cambio grande.
Sara apoyó la mano en su vientre, casi por reflejo.
—Más de lo que imaginas —respondió— Pero sí. Lo estoy.
El día de la mudanza, miró el departamento una última vez. No con nostalgia, sino con una calma triste y madura. Cada rincón tenía memoria. Ninguno tenía futuro. Dejó una sola cosa atrás: una fotografía.
Una imagen tomada años atrás, casi sin intención. Nash dormido, la luz de la mañana entrando por la ventana, el rostro relajado, humano, libre. La había guardado siempre como un secreto. La apoyó sobre la mesa.
—Eso fue real —susurró—. Y con eso alcanza.
No dejó cartas. No dejó mensajes. No porque no tuviera palabras, sino porque ya las había dicho todas. La nueva ciudad la recibió con indiferencia amable.
Calles más lentas. Gente que no miraba dos veces. Un departamento pequeño, luminoso, con una ventana que daba a un árbol viejo. Sara lo eligió por eso. Necesitaba algo que creciera sin pedir permiso.
Los primeros meses fueron duros. El cuerpo cambiaba. El cansancio era constante. Las noches largas. Pero había una fuerza nueva en ella, una determinación que no conocía.
—Voy a estar bien —se repetía—. Vamos a estar bien.
Trabajaba mucho. Caminaba despacio. Comía mejor. Aprendía a escuchar su cuerpo de una forma distinta. No como herramienta creativa, sino como hogar..Por las noches, a veces pensaba en Nash. No con reproche.
Con una tristeza suave, casi piadosa.
—Ojalá encuentres tu camino —pensaba— Pero no es conmigo.
Y eso, por primera vez, no le rompía el corazón. Nash no supo cuándo dejó de buscarla. No hubo un día específico en el que dijera “ya no”. Simplemente el impulso desapareció.
Elian ocupaba cada espacio donde antes había preguntas. Cada duda era absorbida antes de formarse.
—No necesitas mirar atrás —le decía—. El pasado es solo ruido emocional.
Y Nash asentía..A veces, sin embargo, algo lo inquietaba. Una sensación vaga, como un eco lejano. Una ausencia que no sabía nombrar. Pensaba que era cansancio. O nostalgia mal acomodada.
No imaginaba que, en otra ciudad, en otro ritmo, Sara estaba construyendo una vida que no lo incluía. Ni lo incluiría..
La primera patada la sorprendió una madrugada. Sara se despertó sobresaltada, con la mano instintivamente apoyada en el vientre. El movimiento fue suave, pero inconfundible. Un gesto mínimo que le arrancó el aire de los pulmones..Rió y lloró al mismo tiempo.
—Hola —susurró— Estoy acá.
Se quedó despierta mucho rato, respirando despacio, entendiendo algo con una claridad nueva y absoluta: No estaba sola. No volvería a estarlo nunca. Y eso le daba una fuerza que ningún amor, por intenso que fuera, había logrado darle antes. Miró por la ventana. El cielo empezaba a aclarar.
—Vamos a vivir —dijo— Sin pedir permiso. Sin esperar a nadie.
Y en ese instante, Sara selló su decisión definitiva: No lucharía más por un amor que siempre necesitaba ser rescatado. Lucharía por la vida que crecía dentro de ella. Todo lo demás podía quedarse atrás.