Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

El silencio que no obedece

La vida de Nash continuó. Desde afuera, incluso mejoró. Los contratos seguían llegando. Las propuestas se multiplicaban. Su imagen estaba en todas partes: vallas, revistas, campañas internacionales. Era eficiente, puntual, impecable. Nunca discutía. Nunca se negaba. Nunca dudaba.

—Es un placer trabajar contigo —le decían— Todo fluye contigo.

Nash asentía con una sonrisa leve. Todo fluía porque ya no ofrecía resistencia. Las decisiones se tomaban solas. O, mejor dicho, se tomaban por él. Cuando alguien le preguntaba qué quería, la respuesta surgía sin emoción, como si estuviera leyendo una instrucción interna.

—Lo que sea mejor —decía.

Y lo decía en serio. Elian estaba siempre presente, aunque no siempre físicamente. Bastaba un mensaje corto, una llamada de pocos minutos, una frase clave.

—Recuerda: no necesitas desear para existir. Solo permanecer.

Nash permanecía. Pero algo empezó a fallar. Fue primero un detalle mínimo. Un lapsus. Un instante sin explicación. Durante una grabación, en medio de una escena romántica, Nash olvidó una línea que había repetido decenas de veces. El silencio se hizo espeso. El director frunció el ceño.

—Corten —dijo— ¿Estás bien?

Nash parpadeó. Miró a su alrededor como si acabara de llegar.

—Sí —respondió— Perdón.

Retomaron la escena. Esta vez salió perfecta. Demasiado perfecta.

—Es normal —dijo Elian esa noche— Tu mente está soltando automatismos antiguos. A veces, eso genera pequeñas interferencias.

—Me sentí vacío —admitió Nash— Como si alguien hubiera borrado algo y no supiera qué era.

—Eso es sanación —respondió Elian—. El vacío es un espacio limpio.

Nash aceptó la explicación. Pero el vacío no se quedó quieto. Los sueños comenzaron una semana después. No eran pesadillas. No había imágenes violentas ni gritos. Eran fragmentos breves, inconexos: una luz entrando por una ventana, una risa apagada, una sensación tibia en el pecho. Siempre despertaba antes de entender. Con el corazón acelerado.

—¿Sueñas? —preguntó Elian con aparente desinterés.

—Sí —respondió Nash—. Cosas sin forma.

—Ignóralas —dijo Elian—. El inconsciente intenta aferrarse a lo que ya no necesita.

Pero Nash no podía ignorar la sensación que le quedaba después. No era angustia. Era… urgencia. Como si algo dentro de él pidiera atención sin saber cómo hablar.

Una madrugada se despertó con la mano apoyada sobre el pecho, respirando con dificultad. No llamó a Elian de inmediato. No supo por qué. Se quedó quieto, escuchando su propia respiración.bY entonces ocurrió.

Una imagen clara, brutalmente nítida, atravesó su mente sin permiso: Un vientre.
Una mano femenina protegiéndolo. Un latido que no era el suyo. Nash se incorporó de golpe.

—¿Qué fue eso? —murmuró.

El corazón le golpeaba con fuerza. No era un recuerdo. No era un sueño completo. Era una sensación corporal, profunda, imposible de racionalizar. Por primera vez en semanas, sintió miedo. Tomó el teléfono. Marcó el número de Elian. No respondió. El vacío se expandió.

—No —susurró Nash— No ahora.

Caminó por el departamento como un animal encerrado. La calma habitual no regresaba. La respiración seguía agitada. El cuerpo no obedecía.

—Tranquilo —se dijo—. No pasa nada.

Pero pasaba. Algo estaba despertando sin autorización. Elian apareció al día siguiente. No sonrió.

—¿Qué sentiste anoche? —preguntó apenas entró.

Nash lo miró con una mezcla nueva de confusión y sospecha.

—Soñé despierto —respondió— Algo distinto.

Elian lo observó con atención clínica.

—Descríbelo.

—No puedo —dijo Nash—. Solo sé que fue real. Más real que todo lo demás.

Elian se sentó frente a él, cruzando las manos.

—Las sensaciones intensas son residuos —explicó— Ecos del pasado emocional. No les des significado.

—Pero mi cuerpo reaccionó —insistió Nash—. Como si recordara algo.

Elian inclinó la cabeza.

—El cuerpo recuerda lo que la mente debe soltar —dijo— No luches contra eso. Entrégalo.

—¿Entregar qué? —preguntó Nash, con un temblor apenas perceptible.

—El impulso —respondió Elian—. La necesidad de sentir.

Nash bajó la mirada.

—Antes sentir me hacía humano —dijo en voz baja.

Elian se levantó y apoyó una mano firme sobre su hombro.

—No —corrigió—. Antes sentir te hacía vulnerable. Ahora te hace inestable.

La palabra cayó como un ancla.

—Confía en mí —dijo Elian—. Yo sostengo lo que tú ya no puedes.

Nash cerró los ojos. Pero algo no se cerró del todo. Los episodios se repitieron. Pequeños. Intermitentes. Incontrolables. Una punzada en el pecho sin motivo. Una angustia breve al pasar frente a una tienda infantil. Un llanto súbito en una escena que no lo requería.

—¿Qué te pasa últimamente? —le preguntó una actriz— Estás distinto.

—Estoy cansado —respondió Nash.

No sabía decir otra cosa. Elian aumentó las sesiones. Ajustó los ejercicios. Reforzó las frases.

—Cuando aparezca el impulso —decía— vuelve a mí.

Pero el impulso ya no siempre lo obedecía. Una noche, Nash se despertó con lágrimas corriendo por su rostro. No recordaba haber llorado.

—¿Por qué duele? —susurró, sin saber a quién.

No llamó a Elian. Se quedó sentado en la cama, respirando con dificultad, mientras una palabra empezaba a formarse en su mente como un murmullo prohibido.

Hijo.

Elian sintió el cambio antes de verlo. Observó a Nash durante una sesión, en silencio. Notó el temblor mínimo en sus manos, la tensión nueva en la mandíbula, la forma en que evitaba su mirada.

—Estás resistiendo —dijo, finalmente.

—No —respondió Nash—. Estoy sintiendo algo que no entiendo.

Elian se inclinó hacia adelante, con una atención que ya no disimulaba.

—Eso es peligroso —dijo—. Para ti.

Nash levantó la vista.

—¿Para mí o para ti?

El silencio se volvió afilado. Elian sonrió lentamente.




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