Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

Cuando el silencio grita

El silencio ya no era descanso. Nash tardó en comprenderlo porque, durante semanas, había confundido la ausencia de ruido con la paz. Pero esa mañana, al abrir los ojos, la quietud le pesó en el pecho como una losa.

No había pensamientos caóticos.
No había ansiedad.
No había miedo.

Y, sin embargo, algo estaba profundamente mal..Se quedó mirando el techo, contando respiraciones que no sentía propias. Cada inhalación era correcta. Cada exhalación, precisa. Todo funcionaba… como si alguien hubiera ajustado los parámetros de su cuerpo para que no hiciera preguntas.

—Levántate —se dijo.

La orden no sonó interna. Sonó ajena. Su cuerpo obedeció antes de que pudiera discutirlo..El primer indicio no fue una visión ni una frase reveladora. Fue algo mucho más pequeño, más perturbador: Nash no recordaba haber decidido nada en los últimos días. No con claridad. Las decisiones parecían haberse tomado solas, deslizándose unas dentro de otras con una lógica impecable y fría.

El café ya estaba preparado. La ropa elegida.
La agenda confirmada. Todo correcto. Todo ajeno..Se miró en el espejo del baño y tardó unos segundos en reconocerse. No porque su rostro hubiera cambiado, sino porque su mirada no estaba allí del todo. Había algo ausente, como una luz apagada detrás de los ojos.

—¿Cuándo fue la última vez que dudé? —murmuró.

No obtuvo respuesta. Mientras se afeitaba, una frase apareció en su mente con una claridad que no le pertenecía:

No necesitas pensar. Ya todo está ordenado.

El pulso se le aceleró. Dejó la máquina sobre el lavamanos y apoyó ambas manos contra el mármol, respirando con dificultad. La frase no había sido un pensamiento espontáneo. Tenía estructura. Cadencia. La misma que Elian usaba cuando hablaba. Retrocedió un paso.

—No —susurró— Esto no es normal.

El silencio respondió con una calma insultante.

El día transcurrió sin sobresaltos externos. Grabación. Repeticiones. Indicaciones técnicas. Sonrisas medidas. Nash cumplió con todo sin errores. Nadie notó nada extraño. Eso fue lo peor. Durante una pausa, el director se le acercó.

—Estás impecable —le dijo— Nunca te vi tan centrado.

Nash asintió.

—Gracias.

La palabra salió automática. Vacía. Se sentó solo, mirando el set desde lejos. Las luces apagadas parecían ojos cerrados. Por primera vez en semanas, sintió un impulso real: huir. No de un lugar físico, sino de esa sensación de estar siendo llevado por una corriente que no había elegido.

Cerró los ojos..Y entonces ocurrió. Un recuerdo lo atravesó sin aviso..Sara, sentada en el suelo de su antiguo departamento, rodeada de fotografías. El cabello suelto. Las manos manchadas de tinta. La risa suave cuando él se acercaba por detrás y apoyaba la barbilla en su hombro.

—Mírame esto —decía ella— ¿Te parece honesto?

La imagen fue tan nítida que Nash se llevó una mano al pecho.

—Sara —susurró.

El recuerdo se fragmentó de inmediato, como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe.

No es útil, dijo la voz interna. Eso pertenece al pasado.

Nash abrió los ojos con brusquedad.

—¿Quién dijo eso? —preguntó en voz alta.

Algunas cabezas se giraron. Un asistente frunció el ceño.

—¿Todo bien? —preguntaron.

—Sí —respondió Nash— Todo bien.

Pero no lo estaba. Porque por primera vez entendió algo con una claridad helada: esa voz no era suya. Esa noche no llamó a Elian.

No por valentía. Por terror. Se sentó en el sofá, con las luces apagadas, dejando que la oscuridad le devolviera algo de control. El silencio ya no era neutro. Estaba cargado. Expectante.

—Si no eres mío —dijo en voz baja, dirigiéndose a la voz— entonces dime quién eres.

La respuesta llegó con suavidad inmediata.

Soy el orden que pediste. Soy la calma que elegiste.

Nash se estremeció.

—Yo no pedí esto.

Pediste no sentir dolor.

La frase fue como un golpe seco..Imágenes comenzaron a aparecer sin permiso: discusiones suaves con Sara, silencios largos, la sensación constante de estar fallándole a alguien. El cansancio. El miedo a no ser suficiente.

—Quería estar con ella —dijo Nash, apretando los puños— Siempre quise.

El recuerdo cambió..Ahora era él frente a una joyería. Mirando un anillo sencillo, elegante. No ostentoso. Perfecto para ella. Recordó el impulso en el pecho, la certeza absoluta de que quería pasar la vida con ella.

—Iba a pedírselo —susurró, con la voz quebrada— Tenía todo planeado.

El recuerdo avanzó un poco más..Elian apareciendo en su vida. La calma..La contención. La voz que decía descansa. Nash abrió los ojos de golpe.

—No —dijo— Tú llegaste después.

El silencio se tensó.

Ella te hacía daño, respondió la voz. Te exigía sentir demasiado.

—Mentira —gruñó Nash—. Ella me hacía vivir.

La palabra vivir resonó con fuerza inesperada. Por primera vez desde hacía semanas, el pecho le ardió. No era paz. Era dolor. Y, con él, algo más: presencia.

Nash se levantó del sofá de un salto.

—Me estás controlando —dijo en voz alta— No sé cómo ni cuándo… pero lo estás haciendo.

El silencio no lo negó.

Yo te protegí.

—No —replicó Nash— Me apagaste.

La ira comenzó a formarse. No explosiva. Lúcida. Densa.

—Me quitaste decisiones —continuó—. Me quitaste dudas. Me quitaste la posibilidad de elegir quedarme.

Recordó a Sara mirándolo con tristeza, diciéndole te estás apagando. En ese momento no lo había entendido. Ahora sí.

—Me separaste de ella —dijo—. No porque me ames sino porque me necesitabas quieto.

La calma artificial se resquebrajó apenas.




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