El recuerdo no se fue. Eso fue lo primero que Nash notó al amanecer. Abrió los ojos esperando el vacío habitual, la calma impostada que lo recibía cada mañana como una sábana limpia sobre una herida abierta. Pero no llegó. En su lugar, el pecho le dolía. Un dolor sordo, profundo, humano. Sonrió con una mueca cansada.
—Sigo aquí —murmuró.
La voz no respondió. Eso lo inquietó y lo fortaleció al mismo tiempo. Se levantó despacio, como si temiera que un movimiento brusco devolviera el control a donde no debía estar. Cada gesto lo hizo consciente, deliberado. Sentía el cuerpo pesado, como después de una fiebre larga, pero la mente estaba despierta.
Demasiado despierta. Mientras se vestía, fragmentos de recuerdos comenzaron a emerger sin permiso. No como ataques, sino como una corriente que había encontrado una grieta por donde filtrarse.
La joyería. El reflejo del vidrio. El anillo entre sus dedos. La certeza absoluta. Nash se apoyó en la pared del dormitorio, cerrando los ojos.
—Iba a pedírtelo —susurró— Ya lo había decidido.
Recordó cómo había imaginado el momento. No quería público. No quería grandilocuencia. Quería algo íntimo, honesto, casi silencioso. Un lugar que fuera de ambos. Un gesto sencillo. Una promesa clara. No había duda en ese recuerdo. Y eso lo enfureció. Porque la duda no había sido suya.
—Me la quitaste —dijo en voz alta, sin saber si hablaba con Elian o con esa presencia interna que ya reconocía como ajena— Me quitaste algo que era mío.
El silencio respondió con una presión conocida en las sienes.
Estás idealizando, susurró la voz. La nostalgia distorsiona.
Nash rió, una risa seca, rota.
—No —replicó— La nostalgia embellece. Pero la decisión la decisión fue real.
Caminó por el departamento con pasos irregulares, como si cada rincón despertara una memoria que había sido sellada a la fuerza. Se detuvo frente a un cajón que no abría desde hacía meses. Lo abrió. El anillo seguía allí. Pequeño. Simple. Pesado en la palma de su mano. El contacto fue como una descarga eléctrica.
—Aquí estás —dijo—. No eras un delirio.
La voz interna se tensó.
Eso ya no importa.
—Importa —respondió Nash, con una furia que no intentó contener— Importa porque demuestra que yo sabía lo que quería antes de que tú llegaras.
La presión aumentó. Un mareo breve. El intento claro de anestesia. Nash apretó el anillo con fuerza hasta sentir dolor en la piel.
—No me apagues —ordenó— No esta vez.
Respiró hondo. El mareo cedió apenas. Era suficiente. Elian apareció esa tarde, como si hubiera sentido el cambio en el aire. No tocó el timbre. Tenía llave.
—Te siento distinto —dijo apenas entró— Inquieto.
Nash lo observó con una atención nueva. Por primera vez, no buscó refugio en su voz. Buscó grietas.
—¿Desde cuándo sabes usar mis recuerdos contra mí? —preguntó.
Elian no se sobresaltó. No negó.
—No los uso contra ti —respondió— Los ordeno.
—No —replicó Nash— Los silencias.
Elian dejó su abrigo sobre una silla. Se movía con la misma calma de siempre, pero algo en su mirada estaba más alerta.
—Estás confundiendo resistencia con lucidez —dijo— Es normal cuando el control empieza a relajarse.
Nash dio un paso adelante.
—¿Qué control? —preguntó—. Dilo.
Elian lo miró fijamente.
—El control del caos —respondió— De tu tendencia a aferrarte al dolor.
—¿Amar es dolor ahora? —preguntó Nash— ¿Elegir es peligroso?
Elian guardó silencio unos segundos. Demasiados.
—Ella te desestabilizaba —dijo al fin— Te hacía dudar. Te hacía sentir insuficiente.
—Ella me hacía sentir vivo —interrumpió Nash— Y tú me hiciste sentir funcional.
La palabra quedó suspendida entre ambos. Elian frunció el ceño apenas.
—La funcionalidad es necesaria para sobrevivir —dijo— No todos pueden sostener la intensidad emocional que tú romantizas.
Nash apretó los puños.
—No la romantizo —dijo— La elijo.
Elian se acercó un paso.
—Estás idealizando un pasado que te rompió.
Nash sacó el anillo del bolsillo y lo sostuvo frente a él.
—¿Esto también me rompió? —preguntó— ¿O te estorba?
Por primera vez, Elian perdió la serenidad perfecta. Fue mínimo. Un parpadeo más lento. Un ajuste en la mandíbula.
—Guárdalo —dijo— No es buen momento para decisiones impulsivas.
—No es una decisión —respondió Nash— Es una prueba.
Elian dio un paso más.
—Nash —dijo, con un tono más firme—. Estás entrando en una fase peligrosa. El rechazo al orden suele generar recaídas severas.
—¿Recaídas en qué? —preguntó Nash— ¿En ser yo?
Elian no respondió. Y en ese silencio, Nash entendió algo con una claridad furiosa: Elian no le temía a su dolor. Le temía a su voluntad. Esa noche, Nash no durmió..No quiso..Se sentó en el suelo del living, rodeado de objetos que había dejado de mirar: fotografías antiguas, libros subrayados, ropa que ya no usaba. Cada cosa era una prueba de existencia previa.
—No me inventé —se decía— No nací contigo.
Forzó los recuerdos. No los evitó. Se dejó atravesar por ellos como quien acepta una quemadura para comprobar que aún siente.
Sara llorando en silencio.
Sara riendo sin reservas.
Sara creyendo en él incluso cuando él no podía.
—Quería ser tu esposo —susurró—. No tu salvador. No tu proyecto. Tu compañero.
La voz regresó, más insistente.
Eso es una fantasía. El compromiso te asfixia.
Nash gritó..Un grito breve, ronco, liberador.
—Mentira.
El dolor llegó como una ola. Físico. Emocional. Insoportable. Pero no se apagó. Se quedó. Y con él, algo nuevo: rabia lúcida.
—No me quitaste el amor —dijo, con los dientes apretados— Me quitaste la elección.
La frase resonó en la habitación. Elian lo sintió. Llegó de madrugada.
—Estás rompiendo el proceso —dijo apenas cruzó la puerta— Esto puede lastimarte.