La libertad no llegó con alivio. Llegó con fiebre. Nash despertó dos días después sin recordar cómo había llegado a la cama. El cuerpo le pesaba como si hubiera sido arrastrado kilómetros sobre el asfalto. Cada músculo ardía. La cabeza le latía con un dolor profundo, rítmico, casi disciplinado.
Intentó incorporarse. No pudo. El mareo lo obligó a cerrar los ojos y respirar despacio, con una paciencia que nunca había necesitado antes. El silencio del departamento ya no era dócil ni anestésico. Era crudo. Amplificado.
—Estoy despierto —murmuró.
La voz sonó rota, pero era suya. El temblor comenzó en las manos y se extendió por los brazos. No era miedo exactamente. Era abstinencia. Como si su mente hubiera dependido de una sustancia invisible y ahora exigiera volver a ella. Elian. El nombre apareció con una claridad peligrosa. No como deseo.bComo reflejo. Nash apretó los dientes.
—No —dijo—. Ya no.
El cuerpo respondió con un espasmo breve. Un dolor punzante detrás de los ojos. Imágenes fragmentadas intentaron irrumpir: frases suaves, respiraciones guiadas, la promesa de descanso.
Puedo ayudarte, susurró algo en su interior.
Nash se obligó a sentarse, apoyando los pies en el suelo frío. El contacto lo ancló.
—No necesito ayuda —respondió— Necesito atravesarlo.
El temblor tardó en ceder. Cuando lo hizo, dejó tras de sí un cansancio brutal. Pero también una certeza: el control había dejado cicatrices. No era invulnerable. No estaba a salvo. Y eso lo hacía peligroso para quien intentara volver a dominarlo. Elian sintió la ruptura como una amputación.
No de poder.
De presencia.
Durante años, había aprendido a escuchar los ritmos internos de Nash, a anticipar sus caídas, a instalarse en sus silencios. De pronto, ese acceso había desaparecido. No había eco. No había respuesta. Solo ruido.
—No puede sostenerlo —se dijo— Nadie puede.
Pero el silencio persistía..Elian no era un hombre que aceptara la pérdida con dignidad. No porque fuera violento, sino porque su identidad se había construido alrededor de una idea peligrosa: comprender a alguien era poseerlo. Y Nash había sido su obra más perfecta.
No lo buscaría de inmediato. Sabía que el enfrentamiento directo solo reforzaría la resistencia. Elian prefería las grietas lentas, las dudas sembradas, el desgaste paciente.
Comenzó por lo que mejor conocía: la realidad externa. Un llamado anónimo a la productora. Un correo insinuando inestabilidad emocional. Un comentario cuidadosamente plantado sobre agotamiento psicológico. Nada explícito. Todo plausible.
—No estoy atacándolo —pensó— Lo estoy empujando de vuelta al lugar donde se siente seguro.
Nash notó las consecuencias al tercer día. No fueron llamadas agresivas ni amenazas. Fueron preocupaciones. Mensajes bienintencionados. Preguntas que no había pedido.
—¿Estás bien?
—¿Necesitas un descanso?
—Quizá deberías hablar con alguien.
Cada frase era un eco deformado de lo que Elian solía decir. El pecho se le cerró.
—No —susurró— No vuelvas a entrar así.
El cuerpo respondió con una oleada de náuseas. La ansiedad subió de golpe, sin anestesia que la amortiguara. Nash se apoyó contra la pared, respirando con dificultad. Esta vez no había voz que ordenara el caos..Y tuvo que sostenerlo solo.
El ataque duró minutos eternos. Cuando pasó, Nash quedó exhausto, empapado en sudor frío, pero en pie. Rió sin humor.
—Esto es libertad —dijo— Y duele como el infierno.
Esa noche, por primera vez desde la ruptura, soñó despierto sin que nadie intentara silenciarlo. Soñó con Sara. No idealizada. No perfecta. La vio cansada. Determinada. De pie frente a una ventana desconocida, con una mano apoyada en el vientre. No entendió la imagen, pero sintió una urgencia visceral que le arrancó el aire.
—Tengo que encontrarte —susurró— Aunque no sea para quedarme.
El deseo no fue calmado. Fue feroz. Elian decidió entonces dar un paso más. No hacia Nash. Hacia su entorno. Contactó a alguien cercano al pasado de Nash, alguien que sabía escuchar y repetir. Dejó caer una idea simple, venenosa:
—Se liberó demasiado rápido. Eso no es sano.
La frase comenzó a circular. Nash empezó a sentir el aislamiento. No el forzado, sino el sutil. Las invitaciones se espaciaron. Las respuestas tardaban más. Nadie lo rechazaba abiertamente; solo parecían prudentes.
—Quieren que vuelva a caer —pensó— No lo lograrán.
Pero la presión acumulaba. Una noche, el teléfono vibró. Un número desconocido. No contestó. El mensaje llegó segundos después:
No estás listo para estar solo. El dolor te va a devolver a mí.
Nash sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. No hubo firma. No la necesitaba.
—Estás desesperado —dijo en voz baja— Y eso te vuelve torpe.
Elian ya no era la calma. Era la amenaza del regreso. Los días siguientes fueron una prueba constante.
Insomnio.
Dolores físicos.
Emociones desbordadas.
Pero también decisiones propias. Pequeñas. Firmes. Nash empezó a escribir. No para publicar. Para anclarse. Anotaba lo que sentía, lo que recordaba, lo que deseaba. Cada palabra era una estaca clavada en su identidad.
—Esto soy —se repetía—. Incluso roto.
Elian observaba desde lejos, con una mezcla peligrosa de frustración y fascinación. Nunca había visto a Nash resistir sin buscar refugio. Nunca había visto a alguien preferir el sufrimiento consciente a la paz controlada.
—Aún no terminó —se dijo— Nadie escapa del todo.
Pero algo había cambiado. Porque Nash ya no huía del dolor. Lo estaba usando. Y en esa elección, Elian comprendió lo impensable: Había perdido el control pero había despertado a un enemigo.