El teléfono sonó una sola vez..Nash lo miró como si no existiera. Estaba de pie, en medio del departamento, con el abrigo aún puesto, las llaves apretadas en la mano, la decisión de buscar a Sara ardiéndole en el pecho. El sonido fue breve, clínico, sin urgencia aparente. Un número desconocido. Otra ciudad..No pensó. Contestó.
—¿El señor Nash? —preguntó una voz masculina, profesional, distante— Habla el doctor Ramírez, del Hospital Central de —
El mundo se inclinó apenas.
—Sí —respondió— Soy yo.
Hubo una pausa mínima. Medida. Demasiado medida.
—Llamo por Sara —continuó el médico— Ella fue ingresada anoche por trabajo de parto. Hubo complicaciones.
Nash dejó caer las llaves. El ruido metálico contra el suelo le pareció lejano, como si ocurriera en otra habitación.
—¿Está bien? —preguntó— Dígame que está bien.
El silencio del otro lado fue una respuesta antes de serlo.
—El parto fue extremadamente difícil —dijo el médico— El bebé nació con vida. Está estable.
El corazón de Nash dio un salto brutal.
—¿Mi....? —La palabra se le quedó atascada— ¿Mi hijo?
—Sí —respondió el médico—. Su hijo.
El aire volvió a entrarle a los pulmones de golpe, como una bocanada desesperada. Se apoyó contra la pared para no caer.
—¿Y Sara? —preguntó, casi sin voz.
La pausa esta vez fue más larga.
—Sara sufrió una hemorragia severa —dijo el doctor— Logramos estabilizarla, pero… cayó en coma.
El mundo se rompió. No con estruendo. Con una quietud insoportable. Nash sintió que algo dentro de él se desgarraba con una precisión quirúrgica. El dolor no explotó. Se expandió. Le llenó el pecho, la garganta, los ojos.
—No… —susurró—. No puede ser.
—Antes de perder el conocimiento —continuó el médico, con voz grave— Sara insistió en que dejáramos constancia de la identidad del padre. Dijo su nombre completo. “El padre es Nash. El modelo. El actor.” Fue muy clara.
Nash cerró los ojos. La imagen fue inmediata: Sara, exhausta, sangrando, sosteniéndose a la vida con la última fuerza que le quedaba pensando en él.
—¿Puedo verla? —preguntó— ¿Puedo ir?
—Sí —respondió el médico— Pero debe hacerlo con calma. El estado de Sara es delicado. Necesita estabilidad, no caos.
Nash colgó sin despedirse. El teléfono cayó de su mano..Y entonces llegó. La locura.
No fue un pensamiento articulado. Fue un impulso violento, primario, animal. Una imagen clara y brutal de Elian, de sus palabras suaves, de su calma impostada, de su control quirúrgico.
—Tú —gruñó— Todo esto es por ti.
Las manos le temblaron con una violencia que no pudo contener. La visión se le nubló. El corazón le golpeaba como si quisiera romperle las costillas.
—La dejaste sola —se dijo— La dejaste cargar con todo mientras tú descansabas.
La rabia subió como una marea negra. Vio su propio reflejo en el espejo del pasillo: los ojos enrojecidos, la mandíbula tensa, el cuerpo al borde del colapso. No se reconocía y al mismo tiempo, se reconocía demasiado.
—Voy a matarlo —susurró — Voy a encontrarlo y......
Se detuvo. No por miedo. Por algo más fuerte. La imagen de su hijo apareció en su mente con una claridad devastadora. Un bebé diminuto, respirando por primera vez. Solo. Sin su madre despierta. Sin saber nada del hombre que había sido su padre hasta ese momento.
—No —dijo en voz alta— No ahora.
Apoyó ambas manos contra la pared y respiró con dificultad, obligándose a permanecer allí, en ese instante, sin moverse, sin correr, sin destruir.
—Si me pierdo ahora —murmuró— Si me dejo llevar por esto los pierdo para siempre.
El nombre de Sara le ardía en la boca.
—Te prometí que no volvería a desaparecer —dijo— No así. No otra vez.
La voluntad regresó como un músculo dolorido que se fuerza a funcionar..No fue heroico. Fue brutal..Nash se dejó caer de rodillas y apoyó la frente contra el suelo frío, respirando, temblando, resistiéndose a sí mismo. Cada fibra de su cuerpo le pedía violencia. Gritos. Sangre. Castigo. Eligió lo contrario.
—Voy a estar ahí —dijo, con la voz rota—. Aunque no me perdones. Aunque nunca despiertes.
Las lágrimas cayeron libres, empapando el piso.
—Nuestro hijo no va a crecer sin saber quién soy —continuó— No voy a permitir que mi rabia me quite eso también.
Permaneció allí largos minutos, sosteniendo la tormenta sin dejar que lo arrastrara. Cada segundo era una victoria mínima. Dolorosa. Necesaria.
Cuando finalmente se levantó, el cuerpo le dolía como si hubiera sobrevivido a una pelea real. Pero la mirada había cambiado. Tomó las llaves, el abrigo, el anillo. Esta vez, no temblaba.
—Elian —dijo en voz baja, con una calma peligrosa— Ya no te necesito muerto. Te necesito lejos.
Abrió la puerta. Detrás de él quedaba el hombre que había sido controlado, anestesiado, fragmentado.
Delante, lo esperaban dos verdades irreversibles: Una mujer entre la vida y la muerte y un hijo que había llegado al mundo sin saber que su padre, por fin, estaba despierto.
Y Nash caminaría hacia ellos con el corazón destrozado pero con la voluntad intacta. Porque esta vez, no huiría.