El primer aviso llegó disfrazado de cordialidad. Nash estaba en la cocina, con el bebé apoyado contra su hombro, balanceándolo con una mano mientras calentaba agua con la otra. Había aprendido a hacer varias cosas a la vez, no por habilidad, sino por necesidad. El niño respiraba tranquilo, con esa paz frágil que solo tienen los recién nacidos. El teléfono vibró. Un correo oficial.
Citación preventiva. Evaluación de entorno familiar y estado psicoemocional del progenitor.
Nash leyó dos veces. La tercera, el corazón le empezó a latir más rápido.
—Ya empezaste —murmuró.
No hacía falta firma. Elian no atacaba de frente; atacaba donde dolía y dejaba huella. Usar el sistema era perfecto: nadie parecía villano, nadie levantaba la voz. Todo era por el bien del menor..El bebé se movió, inquieto.
—Tranquilo —le dijo Nash, apoyando la mejilla en su cabeza— Papá está acá.
Pero por dentro, el miedo empezó a reptar. No por él. Por el niño..Esa noche, el cansancio acumulado le pasó factura..El bebé lloró durante horas. Nada parecía calmarlo. Nash caminaba de un lado a otro del departamento, con la camisa manchada, los brazos temblando, la mente al borde del colapso.
—Ya sé… ya sé… —susurraba—. Estoy acá.
Pero el llanto no cedía.
El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Nash sintió el primer mareo fuerte. El mundo se le inclinó peligrosamente. Tuvo que sentarse en el sofá de golpe, sosteniendo al bebé con cuidado extremo.
—No ahora —murmuró.
La cabeza le zumbaba. El cuerpo no le respondía como debía. El agotamiento físico y emocional se le había acumulado en los huesos.
Por un segundo, solo uno, apareció el pensamiento más peligroso:
Si no estuviera solo…
Elian.
La idea fue tan clara que Nash sintió náuseas.
—No —dijo en voz alta, apretando los dientes— No te necesito.
Apoyó la frente contra la del bebé, respirando lento, obligándose a no entrar en pánico.
—Escuchame —le dijo al niño— No soy perfecto. Pero soy tuyo. Y eso alcanza.
El llanto empezó a bajar, poco a poco, hasta convertirse en un quejido cansado. El bebé se quedó dormido al fin, rendido. Nash se quedó inmóvil, con lágrimas silenciosas rodándole por el rostro. Había estado a un paso del colapso. Y lo sabía.
Dos días después, la citación se convirtió en visita. Una trabajadora social. Correcta. Amable. Ojos atentos.
—Solo queremos asegurarnos de que el entorno sea estable —dijo—. Sabemos que ha pasado por mucho.
Nash la dejó pasar. No discutió. No se defendió de más. Había aprendido algo esencial: la calma verdadera no se impone, se sostiene. Respondió preguntas. Mostró la habitación del bebé. Habló del hospital. De Sara. De su estado.
—Ella sigue en coma —dijo—. Pero reacciona. Estoy ahí todos los días.
La mujer asintió, anotando.
—¿Tiene red de apoyo?
Nash dudó apenas.
—No —respondió— Pero tengo voluntad. Y eso no figura en ningún formulario.
La trabajadora social levantó la vista, sorprendida. No dijo nada más. Cuando se fue, Nash cerró la puerta y se apoyó contra ella, exhalando con fuerza.
—No te voy a dejar ganar —susurró.
Esa misma tarde, el hospital llamó.
—El señor Nash —dijo el médico— Sara ha mostrado respuestas neurológicas más claras. No es un despertar completo pero hay avances reales.
El corazón le dio un salto.
—¿Puedo verla?
—Sí. Pero necesito advertirle algo —continuó el doctor—. Cuando despierte, si lo hace, puede haber confusión, lagunas de memoria, rechazo emocional. El proceso no será ideal.
Nash cerró los ojos.
—Nada con ella lo fue nunca —dijo—. Y aun así valió la pena.
En la habitación, Nash se sentó junto a la cama con el bebé en brazos.
—Amor —le dijo a Sara—. Están tratando de decir que no puedo. Que no soy suficiente.
Le tomó la mano con suavidad.
—Pero miranos. Seguimos acá.
El monitor marcó un cambio leve. El ritmo se alteró un poco.
—No tenés que volver por mí —susurró— Volvé por vos. Por lo que quieras. Yo voy a respetarlo incluso si duele.
El bebé se movió y emitió un sonido suave. Sara frunció el ceño.nEsta vez, abrió los ojos. No del todo. No consciente. Pero abiertos.bNash se quedó sin aire.
—Sara —susurró.
Ella parpadeó con dificultad. Su mirada no enfocaba, pero había presencia. Un esfuerzo inmenso detrás de esos ojos cansados. Sus labios se movieron apenas. No formaron palabras. Pero una lágrima volvió a rodar. El médico entró con rapidez, seguido de enfermeras.
—Es un despertar parcial —dijo— Muy buena señal pero ahora viene lo difícil.
Nash no se movió.
—Lo difícil ya lo conozco —respondió— Y sigo acá.
Esa noche, Elian recibió la noticia. No por los medios. Por sus propios contactos. Sara estaba despertando. Nash no se había quebrado. El sistema no había funcionado como esperaba.bElian cerró los ojos lentamente.
—Entonces vamos a subir el precio —murmuró.
Pero, por primera vez, algo lo inquietaba de verdad. Porque Nash no estaba luchando con rabia ciega. Estaba luchando con amor.
Y eso no se desarma con facilidad. Nash volvió a casa tarde, con el bebé dormido contra su pecho y el corazón cargado de miedo y esperanza en partes iguales. Se sentó en la oscuridad del living.
—Nos van a probar —les dijo, aunque solo uno podía escucharlo— A los tres.
Besó la frente del niño.
—Pero no nos van a separar.
Y por primera vez desde que todo empezó, Nash entendió que su historia ya no era solo una lucha por la libertad. Era una lucha por permanecer. Aunque el mundo conspirara.
Aunque el pasado empujara. Aunque el enemigo no se rindiera. Él se quedaría. Porque ahora, huir no era una opción.