Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

El cerco

El mensaje no llegó por escrito. Llegó en la única forma que Elian consideraba verdaderamente eficaz: directa, privada, imposible de ignorar. Nash estaba saliendo del hospital cuando el auto oscuro se detuvo a su lado. No hubo violencia. No hubo gritos. La puerta trasera se abrió con una calma insultante.

—Sube —dijo la voz que conocía demasiado bien— Solo unos minutos.

Nash sintió cómo el frío le recorría la espalda. Miró el edificio del hospital. Pensó en Sara. En su hijo dormido en la incubadora. En todo lo que podía perder en un segundo.

Subió.

El interior del auto era silencioso, sobrio, asfixiantemente ordenado. Elian estaba sentado frente a él, impecable como siempre, como si el caos no existiera.

—Te ves agotado —dijo— Te lo advertí.

Nash no respondió.

—Voy a ser claro —continuó Elian, sin rodeos— Esto terminó.

El auto avanzó despacio.

—O vuelves a mí, Nash —dijo, mirándolo por primera vez— y renuncias a tu hijo y a Sara
o estarás muerto.

La frase no fue dicha con rabia. Fue dicha como un hecho administrativo. Nash sintió que el aire se le iba de los pulmones.

—De una forma u otra —prosiguió Elian— los perderás. Tú no estás hecho para ser padre ni esposo. Nunca lo estuviste. Estás hecho para obedecerme y brillar exclusivamente bajo mis órdenes.

El silencio posterior fue ensordecedor. Nash apretó los puños hasta clavarse las uñas en la piel.

—No soy tuyo —dijo, con la voz tensa— Nunca lo fui.

Elian sonrió apenas.

—Eso dices ahora —respondió— Pero el mundo no funciona con lo que deseas, sino con lo que puedes sostener.

El auto se detuvo.

—Piénsalo —añadió—. Un accidente. Un colapso. Un escándalo bien construido. No necesitas morir físicamente para desaparecer. Yo puedo hacer que te quiten a tu hijo por tu bien. Puedo hacer que Sara no vuelva a verte jamás.

Nash sintió náuseas.

—¿Por qué? —preguntó, al fin—. ¿Por qué hacer todo esto?

Elian lo miró con una intensidad peligrosa.

—Porque cuando te fuiste —dijo—, me quitaste lo único que no sabía perder.

La puerta se abrió.

—Tienes poco tiempo —concluyó — Y ninguna salida visible.

Nash bajó del auto con las piernas temblando. El vehículo se alejó sin ruido. Denunciarlo fue un acto reflejo. Ingenuo. Nash habló con abogados. Con personas influyentes. Con contactos que antes le abrían puertas sin preguntar. Esta vez, las respuestas fueron evasivas.

—No es conveniente.
—No hay pruebas suficientes.
—Elian tiene respaldo político.
—No te conviene enfrentarlo ahora.

Ahora. Como si hubiera un después. Fue entonces cuando Nash entendió..Elian no solo tenía poder..Tenía estructura. Y en ese instante, una verdad vieja, dolorosa, cayó sobre él con una claridad devastadora. Eso era lo que Sara había visto antes que él.

Por eso se había ido la primera vez.
Por eso había vuelto… y se había ido de nuevo. No por falta de amor. Por supervivencia. Nash se sentó solo en el auto, con la cabeza entre las manos.

—Te obligué a elegir sola —susurró— Y ahora lo entiendo.

El peso de la culpa fue insoportable. Ella había huido para salvar lo único que podía:
a sí misma. y a su hijo. Y ahora Elian le exigía a él lo mismo. Renunciar..Obedecer. Desaparecer como hombre para existir como objeto. Nash levantó la vista.

—No —dijo, con los dientes apretados— Prefiero morir siendo yo.

Pero la verdad era brutal: No sabía a quién recurrir. No podía protegerlos solo. No podía vencer a Elian frontalmente. No podía huir sin repetir la historia. Estaba acorralado. Esa noche, mientras caminaba sin rumbo por una zona vieja de la ciudad, el teléfono vibró.

Un nombre que no veía desde hacía años apareció en la pantalla. Uno que pertenecía a otra vida..A una infancia antes de la fama, antes del control, antes de Elian.

—¿Nash?

La voz era grave. Segura. Familiar de una forma que le apretó el pecho.

—Soy yo —respondió Nash, con la voz rota—

—Te estuve buscando —dijo el hombre— Desde hace semanas. Supe que algo grande estaba pasando y que estabas solo.

Nash se detuvo en seco.

—No estoy solo —corrigió, tragando saliva— Tengo a mi hijo. Tengo a Sara.

—Entonces llegué a tiempo —respondió la voz— Porque Elian también me buscó a mí. Y eso fue un error.

Nash cerró los ojos.

—No sabes en qué te estás metiendo.

El hombre soltó una breve risa sin humor.

—Sí lo sé —dijo—. Y por eso llamo. Mi familia tiene influencia donde la de él no llega. Y yo no le debo nada a nadie.

Nash apoyó la frente contra una pared, sintiendo que algo por primera vez en mucho tiempo no se derrumbaba.

—Necesito ayuda —admitió— No para ganar. Para protegerlos.

—Entonces escuchame bien —dijo el amigo— No estás hecho para obedecer. Nunca lo estuviste. Por eso te eligió. Y por eso ahora te quiere destruir.

Hubo una pausa.

—Si quieres ser libre de verdad —continuó—, esta guerra no se pelea solo. Y yo estoy dispuesto a entrar… si tú estás dispuesto a resistir hasta el final.

Nash respiró hondo. Pensó en Sara. En su hijo..En todo lo que había perdido por no quedarse.

—Lo estoy —respondió—. Aunque me cueste todo.

La voz del otro lado sonó firme.

—Entonces ya no estás acorralado, Nash.

La llamada terminó. Y por primera vez desde que Elian lo amenazó, Nash sintió algo distinto al miedo: una salida real. No fácil. No limpia. Pero posible..Y esta vez, no pensaba huir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.