Nash no durmió esa noche. No por insomnio, sino por vigilancia. Cada sonido del edificio, cada auto que pasaba, cada vibración del teléfono lo mantenía alerta. No era paranoia: era instinto afinado por el peligro. El mensaje de Elian seguía retumbándole en la cabeza como una sentencia escrita en piedra.
O vuelves a mí, o estarás muerto.
Se sentó en la oscuridad del living, con el teléfono entre las manos, esperando la llamada que ya sabía que llegaría..Llegó al amanecer.
—No te muevas —dijo la voz del otro lado— Voy hacia tu casa.
—¿Ahora? —preguntó Nash.
—Ahora. Antes de que Elian vuelva a mover fichas.
Colgó..Nash fue hasta la habitación del bebé. Dormía profundamente, ajeno a la tormenta que lo rodeaba. Nash se inclinó y apoyó los labios sobre su frente con una delicadeza infinita.
—Papá va a pelear —susurró— Para que nunca tengas que obedecer a nadie.
Cuando la puerta se abrió, Nash reconoció al hombre incluso antes de verlo por completo. Había crecido. Se había endurecido. Pero, esos ojos eran los mismos.
—Adrián —dijo Nash, con un hilo de voz.
—Nash —respondió él— Sigues siendo demasiado flaco para alguien con tantos enemigos.
No se abrazaron. No hizo falta. La confianza estaba ahí, intacta, enterrada bajo años de silencio.
—Hablemos claro —dijo Adrián, entrando—. Elian no es solo un manipulador. Es un operador político. Lava dinero, financia campañas, controla voluntades con información sensible. Y tú eras su joya.
Nash apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—No—replicó Adrián— No lo sabías todo. Porque si lo supieras, habrías huido antes.
Adrián dejó un dossier grueso sobre la mesa.
—Esto es lo que tengo. Y es solo la superficie.
Nash pasó las hojas con manos temblorosas. Nombres. Cargos. Fotos. Transferencias. Acuerdos firmados con tinta limpia y consecuencias sucias.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó al fin.
Adrián lo miró con seriedad.
—Porque cuando éramos chicos —dijo—, tú fuiste el único que se metió entre mí y un grupo que me estaba destrozando. Sin fama. Sin cámaras. Sin ganar nada. Y porque Elian intentó comprarme hace un mes.
Nash levantó la vista.
—¿Y?
—Le dije que no.
El silencio que siguió fue pesado.
—Eso nos pone en la misma lista —continuó Adrián— Y créeme, no es una lista en la que quieras estar solo.
Nash respiró hondo.
—Quiere que renuncie a mi hijo —dijo—. Y a Sara.
Adrián cerró los ojos un segundo.
—Entonces esto ya no es una negociación —afirmó— Es una guerra.
El primer movimiento no fue público..Fue quirúrgico. Adrián activó contactos que Elian no controlaba. Jueces cansados de deber favores. Periodistas que habían sido silenciados. Médicos que sabían demasiado.
—No vamos a exponerlo aún —dijo Adrián— Primero lo vamos a desestabilizar.
Nash lo escuchaba, pero su mente estaba en otro lugar. En el hospital. En Sara. Esa tarde, cuando fue a verla, notó algo distinto. No en los monitores. En ella.. Sara estaba despierta. No completamente lúcida. No fuerte. Pero despierta.
—Nash —susurró, con la voz rota.
Él se quedó congelado.
—Estoy acá —dijo— No te vayas. No hables si no puedes.
Sara negó apenas con la cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo sabía —murmuró— Sabía que ibas a despertar… tarde… pero ibas a hacerlo.
Nash le tomó la mano con cuidado.
—Perdón —dijo—. Perdón por no ver antes. Perdón por dejarte sola.
Sara apretó sus dedos con la poca fuerza que tenía.
—No te fuiste —susurró— Te arrancaron como intentan hacerlo ahora.
Nash sintió un nudo en la garganta.
—Lo sé —respondió— Y no va a volver a pasar.
Sara lo miró con una intensidad que lo desarmó.
—Ten cuidado —dijo— Elian no pierde, castiga.
Nash inclinó la frente hasta tocar la de ella.
—Esta vez —susurró—, no estoy solo.
Esa misma noche, el golpe llegó. No a Nash. A Adrián. Un allanamiento. Una causa armada. Titulares ambiguos. La maquinaria de Elian mostrando los dientes.
—Se adelantó —dijo Adrián por teléfono—. Sabe que nos movimos.
—¿Estás bien? —preguntó Nash.
—Por ahora —respondió—. Pero escucha con atención: esto significa que tú eres el verdadero objetivo.
El teléfono vibró en la otra mano de Nash. Un mensaje. Número desconocido.
Última oportunidad. Entrega al niño. Desaparece de su vida. O esta guerra termina esta noche.
Nash sintió que el mundo se le oscurecía.
—Quiere que elija —dijo, con la voz dura— Como siempre.
—No —respondió Adrián— Quiere que creas que puedes elegir.
Nash cerró los ojos. Pensó en su hijo. En Sara..En todo lo que había perdido por obedecer.
—No voy a retroceder —dijo— Aunque me mate.
Adrián guardó silencio un segundo.
—Entonces escucha bien lo que voy a decirte —continuó—. Elian cometió un error irreversible. Algo que ni su influencia puede tapar. Y lo tenemos… pero usarlo significa que nada volverá a ser como antes.
—¿Qué es? —preguntó Nash.
Adrián exhaló despacio.
—Una prueba directa de cómo controla mentes. Y tu nombre aparece en ella.
El corazón de Nash se detuvo un segundo.
—¿Qué tipo de prueba?
Adrián bajó la voz.
—Del tipo que puede destruirlo o destruirte a ti primero.
La llamada se cortó. Nash se quedó solo, con el teléfono en la mano, el bebé llorando a lo lejos y Sara luchando por recuperarse en una cama de hospital. La guerra había comenzado de verdad.
Y ahora, Nash debía decidir algo aún más terrible que obedecer o morir: hasta dónde estaba dispuesto a llegar para ser libre y proteger a los que amaba. El mensaje volvió a vibrar en su teléfono. Uno nuevo. Una sola frase.
El tiempo se acabó.
Y Nash supo, con una certeza helada, que el siguiente movimiento no permitiría marcha atrás.