Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

Lo que sobrevive en la oscuridad

La noche cayó como un presagio. No hubo celebraciones, ni sensación de victoria. Solo un silencio espeso, inquietante, como el que queda después de un disparo cuando nadie sabe aún quién cayó.

Nash permanecía sentado junto a la cuna, con el cuerpo en tensión constante. Desde la transmisión, todo había cambiado y, al mismo tiempo, nada..Elian había sido expuesto. El sistema se había resquebrajado. Pero el peligro no había desaparecido.

—Demasiado silencio —murmuró Adrián, de pie junto a la ventana— Cuando alguien como él calla está pensando.

Nash no respondió. Miraba a su hijo dormir, con una concentración casi dolorosa, como si memorizar cada respiración pudiera protegerlo del mundo.

—¿Sara? —preguntó Adrián—. ¿Cómo está?

—Despierta —respondió Nash—. Débil… pero lúcida.

Adrián asintió.

—Eso lo cambia todo —dijo—. Ella es testigo viva. Y Elian lo sabe.

La frase quedó suspendida en el aire como una amenaza invisible. En el hospital, Sara no lograba conciliar el sueño.

Cada vez que cerraba los ojos, veía fragmentos inconexos: pasillos largos, voces que no entendía, la sensación constante de ser observada incluso cuando estaba sola. El médico había dicho que era normal tras el coma, pero Sara sabía que no todo lo que sentía provenía de su cuerpo.

Algo seguía mal. Nash estaba sentado a su lado, sosteniéndole la mano con una delicadeza infinita, como si temiera que ella pudiera desvanecerse otra vez si la soltaba.

—No deberías estar acá todo el tiempo —susurró ella— Tenés que descansar.

—No —respondió él, sin dudar— Descansé toda una vida cuando no debía.

Sara esbozó una sonrisa cansada.

—Siempre tan dramático…

Nash se inclinó hacia ella, apoyando la frente en la suya.

—Te amo —dijo, sin énfasis, sin promesas grandilocuentes—. Incluso cuando me odiabas. Incluso cuando huiste. Incluso cuando no sabía cómo quedarme.

Los ojos de Sara se llenaron de lágrimas.

—Yo también te amo —susurró—. Por eso me fui. Porque entendí antes que vos que Elian no se iba a detener.

Nash cerró los ojos con fuerza.

—Perdón por no verte.

—Ya me ves —respondió ella—. Eso es lo único que importa ahora.

Hubo un momento de paz mínima, frágil, como una burbuja suspendida en medio del caos. Entonces, el monitor emitió un pitido extraño. No una alarma. Una irregularidad breve. Sara frunció el ceño.

—¿Escuchaste eso?

Nash se incorporó de inmediato.

—Voy a llamar a la enfermera.

Antes de que pudiera levantarse, la puerta se abrió. No era una enfermera. Era un hombre con bata blanca, expresión neutra y credencial visible.

—Buenas noches —dijo—. Vengo a revisar a la paciente.

Nash sintió un escalofrío inmediato. No sabía por qué. Solo lo sintió.

—No llamamos a nadie —dijo—. ¿Su nombre?

El hombre sonrió apenas.

—Doctor Klein.

Sara apretó la mano de Nash.

—No lo conozco —susurró.

El hombre dio un paso más dentro de la habitación.

—Hubo una solicitud especial —dijo—. Por protocolo.

Nash se levantó lentamente, interponiéndose entre él y la cama.

—Salga —ordenó—. Ahora.

El hombre lo observó unos segundos de más. Demasiados. Luego habló en voz baja, con una calma aterradora:

—Elian Voss no tolera que lo abandonen, señor Nash.

El mundo se tensó. Nash reaccionó sin pensar: presionó el botón de emergencia con fuerza.

—¡Seguridad! —gritó.

El hombre retrocedió un paso, evaluando la situación. Por un segundo, Nash creyó ver algo distinto en sus ojos. No furia. No miedo. Decepción.

—Esto no termina así —dijo el hombre—. Él siempre encuentra la forma.

Salió de la habitación justo cuando las enfermeras y la seguridad irrumpieron en el pasillo. El corazón de Nash latía con violencia.

—¿Estás bien? —preguntó, volviendo junto a Sara.

Ella estaba pálida, respirando con dificultad, pero consciente.

—Sí —respondió—. Pero ahora estoy segura.

—¿De qué?

Sara lo miró fijamente.

—De que Elian no cayó —dijo—. Solo cambió de piel.

Esa noche, Nash no dejó el hospital. Se quedó sentado, con la espalda contra la pared, observando cada movimiento, cada sombra. El amor que sentía por Sara ya no era solo refugio: era alerta permanente.

—No voy a perderte —le dijo, en voz baja—. A ninguno de los dos.

Sara estiró la mano desde la cama y tocó su rostro.

—No estamos solos —respondió—. Aunque él quiera hacernos creer lo contrario.

Nash cerró los ojos un instante..Por primera vez, entendió algo con una claridad peligrosa:

Elian no buscaba controlarlo ya. Buscaba castigarlo. Y el castigo más cruel no era la muerte, sino vivir sabiendo que el peligro nunca se va del todo. A lo lejos, en algún punto de la ciudad, alguien observaba las cámaras del hospital desde una pantalla oscura. Elian no hablaba. No gritaba. Solo miraba.

—Ama —murmuró— Aférrate. Eso siempre los vuelve previsibles.

La pantalla se apagó. Y mientras Nash sostenía la mano de Sara, sintiendo que el amor entre ambos se volvía más fuerte precisamente porque el mundo intentaba destruirlo, una verdad inquietante se instaló en el aire:

La guerra ya no era por el control. Era por la supervivencia del amor. Y en esa guerra,
nadie saldría ileso.




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