El hospital no volvió a sentirse seguro..Nash lo supo desde el momento en que cambió la guardia de la noche y nadie pudo explicarle por qué. Nuevos rostros. Nuevos turnos. Protocolos actualizados. Todo correcto en apariencia. Todo inquietantemente distinto.
—Quieren cansarnos —susurró Sara, con la voz aún frágil—. Que bajemos la guardia.
Nash asintió, sin soltarle la mano.
—No lo haremos.
Pero la fatiga no pedía permiso. Se filtraba en los huesos, en los párpados, en los silencios entre palabras. El amor entre ellos era una llama firme, sí, pero el viento soplaba cada vez más fuerte. Esa madrugada, el monitor volvió a emitir una variación mínima. No alarma. No urgencia. Señal. Nash se puso de pie de inmediato.
—Voy por la enfermera.
—No —dijo Sara—. Espera.
Ella miraba la puerta. Fija. Tensa.
—¿Lo sientes? —preguntó.
Nash lo sintió entonces: un murmullo en el pasillo, pasos contenidos, una sombra que se detenía del otro lado del vidrio esmerilado. El corazón le golpeó con violencia. La puerta se abrió. No entró nadie.
En el umbral, sobre el piso, había un sobre negro. Nash lo tomó con cuidado, como si pudiera morderlo. Dentro había una fotografía. Sara, meses atrás, cruzando una calle de la ciudad a la que había huido. Otra imagen: la incubadora, el día del nacimiento. Y una última: la cuna del departamento de Nash. Tomadas desde adentro. La sangre se le heló.
—Está aquí —susurró Sara— Siempre estuvo.
El teléfono de Nash vibró. Mensaje sin número.
Te advertí que el amor te volvería previsible.
Nash apretó el sobre hasta arrugarlo.
—No más —dijo— Se acabó.
Marcó a Adrián.
—Activá el plan B —ordenó—. Ahora.
—¿Estás seguro? —respondió Adrián— Eso nos expone a todos.
—Ya nos expuso —dijo Nash—. Y ahora va a intentar algo irreversible.
Colgó. El hospital entró en un silencio raro, como si la noche contuviera la respiración. Sara se llevó la mano al pecho.
—Nash —susurró—. Si algo pasa…
—No va a pasar —interrumpió él—. No esta vez.
Pero el destino no escuchaba promesas. La luz parpadeó. Una vez. Dos. Y se apagó.
Los monitores siguieron funcionando con batería de emergencia, pitando con un ritmo acelerado. Pasos apresurados. Voces al fondo. Un grito contenido. Nash se inclinó sobre Sara, protegiéndola con el cuerpo.
—Mírame —le dijo— Estoy acá.
El generador tardó segundos eternos en arrancar. Cuando la luz volvió, había algo distinto en la habitación. La ventana estaba abierta. El aire frío entraba como un cuchillo.
Y la cuna portátil, junto a la cama, estaba vacía. El mundo de Nash se quebró en un solo latido.
—No —susurró.
Sara gritó. Un sonido desgarrado, animal, que atravesó el pasillo. Nash salió corriendo, empujando puertas, llamando a seguridad, a médicos, a cualquiera que respirara. El hospital se convirtió en un laberinto hostil.
Entonces lo vio. Un papel, pegado con cinta al vidrio de una puerta de emergencia. Una frase escrita con tinta negra, pulcra, insoportablemente ordenada:
Te dije que elegirías. Ahora ven por lo que amas.
Nash apretó los dientes hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
—Voy a encontrarte —dijo—. Aunque me cueste la vida.
Detrás de él, Sara se aferraba al borde de la cama, con lágrimas cayendo sin control.
—Tráelo de vuelta —susurró— Tráelo de vuelta… por favor.
Nash se giró y volvió a ella un segundo. Solo uno. Le besó la frente con una promesa muda.
—Volvemos juntos —dijo—. Los tres.
Salió del hospital con el corazón ardiendo y la mente afilada por la furia..En algún lugar de la ciudad, una puerta se cerró con suavidad. Y una risa baja, satisfecha, quebró el silencio. Elian había dado su golpe. Y ahora, la guerra ya no era por la libertad. Era por rescatar lo irremplazable.