Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

Donde el miedo no alcanza

El hospital se convirtió en un enjambre de voces. Sirenas internas. Pasos apresurados. Órdenes que se superponían sin llegar a nada concreto. Nash se movía entre médicos y guardias como un espectro furioso, con la mente afilada por una sola palabra que le taladraba el cráneo:

Mi hijo.

—¡Cierren las salidas! —gritó alguien.

Demasiado tarde. Nash ya lo sabía. Elian no huía por las puertas principales. Elian nunca dejaba huellas obvias. Lo suyo era el rastro invisible: decisiones tomadas minutos antes, permisos falsos, sombras con credenciales reales.

—Cámaras —ordenó Nash a seguridad— Muéstrenme las cámaras.

Las revisaron. En cada punto crítico había un vacío de segundos. No minutos. Segundos exactos. El tipo de corte que no es falla técnica, sino edición humana.

—Esto fue planificado —dijo Adrián, llegando al hospital con el rostro tenso— No improvisó nada.

Nash apretó los dientes.

—Entonces también dejó una salida —respondió— Elian siempre quiere que lo sigan.

Sara gritó hasta quedarse sin voz. No fue un grito elegante ni contenido. Fue primario, roto, desesperado. Un sonido que no pedía ayuda, sino que negaba la realidad.

—No… no… —repetía— No otra vez… no él…

Nash volvió a la habitación cuando la encontró temblando, encogida sobre la cama, con los monitores pitando por su agitación.

—Sara —dijo, acercándose con cuidado— Mírame. Mírame.

Ella levantó la vista, con los ojos enrojecidos, clavándolos en él como si fuera lo único sólido en el mundo.

—Se lo llevó —susurró—. Como me llevó a vos.

Nash sintió el golpe en el pecho.

—No —respondió—. No como antes.

Tomó su mano con firmeza.

—Antes yo estaba dormido. Ahora no.

Sara respiraba con dificultad.

—Me fui por esto —dijo—. Por esto me fui dos veces. Porque supe que si nos veía juntos iba a atacarnos así.

Nash apoyó la frente contra la de ella.

—No hiciste nada mal —dijo— Nada. El error fue creer que huir nos iba a salvar.

Las lágrimas de Sara cayeron sin resistencia.

—Tengo miedo —confesó—. No por mí. Por él.

Nash cerró los ojos un segundo.

—Escuchame bien —dijo— No voy a negociar. No voy a obedecer. Y no voy a perderlo.

Le besó la frente con una promesa muda.

—Pero necesito que sobrevivas —continuó— Que te quedes acá. Que confíes en mí incluso cuando tenga que ensuciarme las manos.

Sara lo miró largamente.

—Traémelo de vuelta —susurró— Vivo.

Nash asintió.

—Y a Elian —añadió ella— No lo mates.

Nash tragó saliva.

—No le voy a dar lo que quiere —respondió— Ni siquiera eso.

El primer rastro apareció donde menos parecía importar. Una enfermera joven, temblando, pidió hablar.

—No hice nada malo —dijo— Lo juro. Solo… solo entregué al bebé a quien figuraba como autorizado.

—¿Quién? —preguntó Nash.

La enfermera bajó la mirada.

—Un tutor temporal —respondió— Con documentos firmados. Con sellos oficiales.

Adrián tomó los papeles. Los leyó una vez. Dos.

—Esto es brillante —murmuró—. Enfermo pero brillante.

—¿Qué? —exigió Nash.

—No se lo llevó como secuestro —explicó Adrián— Lo trasladó como custodia preventiva. El sistema lo avaló.

Nash sintió un vértigo brutal.

—¿A dónde?

Adrián levantó la vista.

—A una clínica privada fuera de la ciudad. Registrada como centro de evaluación neonatal especial.

Sara, desde la cama, entendió de inmediato.

—Lo va a usar como moneda —dijo—. No para dañarlo… sino para quebrarte.

Nash cerró los puños.

—Entonces se equivocó de rehén.

Horas después, Nash estaba de pie frente a un espejo en un baño vacío del hospital. Se miró. No vio al modelo. No vio al hombre controlado. Vio a un padre.

—No me vas a convertir en tu perro otra vez —dijo en voz baja— Ni aunque me devuelvas el mundo entero.

El teléfono vibró. Mensaje nuevo.

Está bien. Respira. Escucha su corazón. Todo depende de ti.

Nash apoyó la mano contra el espejo.

—No dependió de mí cuando me controlabas —respondió— Ahora sí.

Marcó un número que no quería usar aún.

—Es hora —dijo apenas contestaron— Activen todo.

—Eso va a exponer a gente poderosa —respondieron del otro lado— Y a vos.

—Ya estoy expuesto —replicó Nash— Y mi hijo también.

Colgó. Esa noche, Sara permaneció despierta, sola en la habitación, mirando la cuna vacía. No lloró. Esta vez no. Cerró los ojos y respiró hondo, con una determinación que le nacía del vientre vacío y del amor intacto.

—Volvé —susurró— Tu papá te va a traer.

En algún punto de la ciudad, en una habitación blanca y silenciosa, un bebé dormía bajo vigilancia. Una sombra lo observaba a través de un vidrio.

—Tu padre cree que puede vencerme —murmuró Elian— Vamos a ver cuánto amor soporta antes de arrodillarse.

La luz del cuarto se atenuó. Y mientras Nash salía del hospital con el rostro endurecido por una decisión que ya no podía deshacer, una verdad se impuso con claridad brutal. Elian no había secuestrado a un niño. Había declarado la última fase de la guerra..Y esta vez, el final no admitiría treguas.




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