Sara descubrió que había una forma distinta de cansancio. No era el físico, ni el que dejaba el trabajo o la maternidad. Era un cansancio emocional, más profundo, que nacía de haber sido fuerte demasiado tiempo.
Boris dormía siestas más largas ahora. Caminaba con torpeza segura, balbuceaba palabras incompletas y tenía esa costumbre de fruncir el ceño cuando algo no le cerraba exactamente como Nash. Ese gesto era el que más la quebraba. Estaban en el parque cuando ocurrió. Un momento simple. Casi insignificante.
Boris soltó su mano y corrió detrás de una paloma, riéndose con una felicidad tan pura que Sara sintió el pecho apretarse. Lo siguió con la mirada, alerta pero tranquila, hasta que lo vio detenerse frente a un hombre sentado en un banco.
Un desconocido. Alto. Gorra baja. Campera oscura. El hombre levantó la vista y sonrió. No a Sara. A Boris.
—Avión —dijo el niño, señalando el juguete de madera que llevaba consigo.
El hombre asintió.
—Sí —respondió con voz suave—. Vuela alto.
Sara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No vio el rostro completo. No necesitó hacerlo. Su corazón ya sabía. Boris volvió corriendo hacia ella.
—Mamá, avión —repitió, orgulloso.
Sara lo abrazó con una fuerza que sorprendió al niño.
—Sí, amor —susurró— Un avión.
Cuando levantó la vista, el banco estaba vacío. No había huellas. No había pruebas. Solo una certeza temblorosa que no se atrevió a nombrar. Esa noche no pudo dormir. No por miedo. Por esperanza. Y la esperanza, después de tanto dolor, también asusta. Nash se alejó del parque con el corazón desbocado.
No había planeado ese encuentro. No había pensado que lo lograría ver tan pronto. Había ido solo para comprobar algo egoísta y esencial: que Boris estaba bien. Que sonreía. Que vivía sin la sombra constante de su ausencia. Pero escucharlo decir avión. Eso lo desarmó. Se apoyó contra una pared, respirando hondo, con los ojos ardiendo.
—No todavía —se dijo— Todavía no.
Porque ahora que el mundo estaba dejando de perseguirlo, era su propia culpa la que le cerraba el paso. Adrián recibió la confirmación final dos días después.
—Las últimas condenas están firmadas —le informaron— No queda nadie con poder real vinculado a ese archivo.
Adrián cerró los ojos.
—Gracias —dijo— Ya pueden cerrar todo.
Colgó y se quedó quieto, sosteniendo el teléfono como si pesara demasiado. Esta vez sí. Esta vez, no había excusas. Marcó un número que no había usado en años. Tardaron en atender.
—¿Adrián? —dijo la voz del otro lado, incrédula.
—Ya está —respondió— Todo.
Hubo silencio.
—¿Ellos? —preguntó Nash.
—Condenados —dijo Adrián—.Y Elian no va a volver a tocar nada ni a nadie.
Nash tragó saliva.
—Entonces —empezó.
—Entonces sos libre —lo interrumpió Adrián— De verdad. Lo único que queda es decidir qué hacés con eso.
La llamada terminó sin despedidas. Sara encontró el avión de madera esa noche sobre la mesa del estudio. No estaba ahí antes.
Lo tomó entre las manos, reconociendo cada imperfección, cada trazo torcido de pintura. Se sentó. Y lloró. No de rabia. No de reproche. Lloró como se llora cuando algo que parecía perdido empieza a volver, pero aún no se atreve a cruzar la puerta.
—No tenías que irte otra vez —susurró— Pero tampoco tenías que volver así.
Apoyó la frente contra la mesa.
—Solo volvé bien —pidió en voz baja— Volvé entero.
Esa misma noche, Nash se sentó frente a una computadora vieja. Abrió un documento nuevo. No era una carta de despedida. Era una confesión. No para el mundo. No para Adrián.
Para Sara. Escribió durante horas. Borró. Volvió a escribir. Cuando terminó, no la envió. La guardó. Porque esta vez no quería huir ni adelantarse. Quería decirlo mirándola a los ojos.
Y mientras Boris dormía abrazando el avión, Sara sostenía ese mismo objeto sin saber que era una promesa silenciosa, y Nash miraba el amanecer con una decisión que empezaba a formarse, una verdad se hizo clara. El amor ya no estaba huyendo. Estaba esperando el momento exacto
para quedarse.