Nash se repetía la misma frase cada mañana.
Todavía no.
No era cobardía, se decía. Era cuidado. Era amor llevado al extremo incorrecto, quizá, pero amor al fin. En el taller, el ruido de las herramientas le ofrecía una paz extraña. Allí nadie sabía quién había sido. Nadie lo miraba dos veces. Era solo un hombre más, con manos firmes y silencios largos.
—Buen trabajo —le dijo el encargado, observando una pieza recién terminada.
Nash asintió, sin sonreír. Había aprendido a existir sin ser visto. Y eso, aunque le dolía, lo tranquilizaba. Porque ser visto había sido siempre peligroso.
El olor a aceite y metal caliente lo acompañaba incluso cuando volvía a casa. Un departamento pequeño, austero, donde cada objeto tenía un propósito y ninguno un recuerdo compartido. Dejó las llaves sobre la mesa y preparó café.
El sonido del agua hirviendo llenó el silencio, pero no lo venció. Nash se sentó en el living con la taza entre las manos, observando cómo el vapor subía y desaparecía, igual que las oportunidades que había dejado pasar.
Sobre la mesa había un libro abierto desde hacía días. No recordaba la última vez que había leído una página completa. Siempre terminaba mirando el mismo párrafo, el mismo punto, pensando en ella.
En él. En Sara, con esa forma de amar sin pedir permiso. En Boris, con esos ojos que no había dejado de ver ni un solo día desde el parque.
—Si volviera —susurró— ¿qué harías?
Imaginó a Sara mirándolo con decepción.
Imaginó el silencio pesado antes del rechazo. Imaginó algo peor que el odio: la distancia educada. Y luego imaginó a Boris creciendo bajo titulares crueles, preguntas malintencionadas, murmullos que no distinguen contexto ni reparación.
El hijo del hombre que…
Nash apretó la taza con fuerza.
—No —dijo—. No voy a dejar que te toquen.
Por las noches, el miedo cambiaba de forma. Ya no era ansiedad. Era pensamiento.
Se acostaba en la oscuridad, con una mano sobre el pecho, escuchando su propia respiración, y dejaba que los recuerdos vinieran sin resistencia. Sara riendo en la cocina. Sara en silencio, trabajando. Sara durmiendo con el ceño apenas fruncido, como si incluso en sueños pensara demasiado. Boris balbuceando palabras. Boris dando pasos inseguros. Boris diciendo avión. Nash cerró los ojos con fuerza.
—Te merecés algo mejor —susurró al techo— A alguien sin sombras.
Pero la verdad era más cruel: no sabía si lo decía por ellos o por él. Una noche, sacó una foto vieja del fondo de un cajón. Sara, embarazada, con una luz suave cayéndole sobre el rostro. No posaba. No sabía que estaba siendo fotografiada. Era real. Nash pasó el pulgar por el borde de la imagen.
—Te iba a pedir que te casaras conmigo —dijo— Tenía todo planeado.
La habitación no respondió. Y sin embargo, por primera vez, Nash sintió algo distinto al miedo. Cansancio. Un cansancio hondo, antiguo, que no venía de huir, sino de sostener una ausencia demasiado tiempo.
Al día siguiente, en el taller, dejó caer una pieza. Nada grave. Nada roto. Pero el sonido seco contra el suelo hizo que algo dentro de él se quebrara un poco.
—¿Estás bien? —preguntó alguien.
—Sí —respondió— Solo distraído.
Esa palabra quedó flotando.
Distraído.
Como si no llevara dos años pensando en lo mismo. Como si el amor fuera una distracción y no el centro. Esa noche no preparó café. Se sentó en el sillón, con el libro cerrado sobre las rodillas, y miró la ventana abierta. La ciudad seguía ahí. Sara seguía ahí. Boris seguía ahí.
—No volver también es una decisión —se dijo— Y no sé cuánto más puedo vivir con ella.
El miedo no se fue. Pero ya no mandaba. Y en esa grieta mínima entre el terror al rechazo y el deseo de estar empezó a crecer algo nuevo. No valentía. Necesidad. Porque el amor puede soportar la ausencia un tiempo. Pero el alma, no para siempre.
Nash apagó la luz del living y quedó en la oscuridad, con los ojos abiertos, entendiendo por primera vez que no volver también podía convertirse en la forma más cruel de huir. Y esa idea ya no lo dejaba dormir.