Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

El nombre que vuelve a doler

El golpe no vino de la prensa. Ni de la justicia. Ni siquiera de Elian. Vino de algo mucho más pequeño. Y por eso, devastador. Nash estaba cerrando el taller cuando el encargado se le acercó con el teléfono en la mano.

—Che —dijo—, ¿sos vos, no?

Nash sintió el estómago hundirse antes de mirar la pantalla. Era una noticia secundaria, enterrada entre notas irrelevantes. No llevaba su foto actual. Llevaba una imagen vieja, recortada, borrosa.

Reabren causa histórica por red de coacción a menores en la industria cultural.

Debajo, una línea que lo atravesó como un cuchillo:

Uno de los jóvenes involucrados desapareció de la vida pública tras colaborar bajo presión.

Nash no dijo nada.

—No pasa nada si no querés hablar —añadió el encargado, incómodo— Solo me sonó conocido.

—No soy yo —respondió Nash con voz firme— Y aunque lo fuera, eso no dice quién soy hoy.

El hombre asintió, respetuoso. Pero el daño ya estaba hecho. El pasado no había vuelto con violencia. Había vuelto con curiosidad. Esa noche, Nash no pudo quedarse en casa.

Salió a caminar sin rumbo, con la campera cerrada hasta el cuello, sintiendo cómo el miedo cambiaba de forma. Ya no era solo temor al rechazo de Sara. Era la certeza de que el mundo siempre encuentra la forma de recordar. Se detuvo frente a una vidriera apagada y se vio reflejado.

—Si me encuentran —susurró—, los encuentran a ellos.

Pensó en Boris y en ese nombre empezando a circular en susurros, en foros, en notas bienintencionadas. Pensó en Sara teniendo que responder preguntas que no merecía.

—No —dijo— No ahora.

Volvió a casa y abrió la computadora. Buscó su nombre. Nada directo aún. Nada concluyente. Pero las piezas se estaban moviendo. Mientras tanto, Sara vivía un día distinto sin saber por qué. Boris estaba inquieto. Lloroso. Aferrado a ella con una intensidad nueva, como si percibiera algo en el aire.

—Tranquilo, amor —le susurró— Estoy acá.

Pero esa noche, al acostarlo, Boris dijo algo que la dejó helada.

—Papá triste.

Sara se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste? —preguntó, conteniendo la respiración.

—Papá triste —repitió, tocándose el pecho.

Sara se sentó en la cama, con el corazón desbocado.

—¿Dónde lo viste? —susurró.

Boris negó con la cabeza.

—No ver. Sentir.

Sara cerró los ojos. No era lógico. No era posible. Pero era verdad. Adrián recibió una alerta en su sistema pasada la medianoche.

—Tenemos movimiento —le informaron— El nombre de Nash empezó a aparecer en conexiones laterales. No acusaciones. Todavía.

Adrián se pasó una mano por el rostro.

—Maldita sea —murmuró— Se nos adelantaron.

Abrió el archivo una vez más. Esta vez no para proteger..Para decidir.

—Si esto escala sin control —dijo—, lo van a arrastrar de vuelta sin red. Y ahí sí, el daño va a ser irreversible.

Tomó el teléfono. Marcó el número de Nash. Tardó en atender.

—¿Ya lo viste? —preguntó Adrián sin rodeos.

—Sí —respondió Nash—. Por eso no vuelvo.

—Por eso tenés que hacerlo —replicó Adrián— Antes de que lo hagan por vos.

Hubo un silencio espeso.

—No puedo —dijo Nash—. Si me expongo, ellos pagan el precio.

—Si no lo hacés —respondió Adrián con dureza— el pasado va a hablar solo. Y va a mentir.

Nash cerró los ojos.

—Tengo miedo —admitió— No al escándalo. A mirarla a los ojos y que no me quiera.

La voz de Adrián bajó.

—Eso ya no lo decidís vos —dijo— Pero sí decidís si vas a huir otra vez.

Sara no durmió esa noche. Se sentó en el living, con el avión de madera entre las manos, mirando la puerta como si esperara algo que no llegaba.

—No vuelvas por miedo —susurró al silencio— Volvé por amor o no vuelvas nunca.

En ese instante, su teléfono vibró. Número desconocido. Mensaje corto. Directo. Imposible de ignorar.

Sara, soy Adrián. Necesito verte mañana.
Es sobre Nash. Y esta vez ya no podemos seguir esperando.

Sara apretó el teléfono con fuerza. El pasado estaba despertando. El miedo estaba perdiendo el control. Y Nash, solo en su casa, entendió que el tiempo de decidir se había terminado.

Porque esta vez, no volver significaba perderlos sin siquiera intentarlo. Y esa posibilidad era más aterradora que cualquier juicio público.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.