Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

Cuando huir empieza a doler más

Sara llegó al café antes de tiempo. No por ansiedad, sino porque no podía quedarse en casa esperando. Boris había quedado con una vecina y, por primera vez en mucho tiempo, el silencio del departamento le resultó insoportable. Sentía el cuerpo tenso, como si algo estuviera a punto de romperse. Adrián apareció puntual..No pidió café. No sonrió.

—Empezó —dijo apenas se sentó.

Sara no preguntó qué.

—¿Cuánto? —respondió ella.

—Lo suficiente para que no podamos fingir que no va a pasar nada —contestó— Aún no hay acusaciones directas. Pero el nombre de Nash está circulando en espacios donde no debería.

Sara cerró los ojos un instante.

—Él lo sabía —susurró— Por eso no volvió.

—Sí —admitió Adrián— Pero ahora el riesgo es otro. Si se mantiene oculto, otros van a contar la historia por él. Y no va a ser justa.

Sara apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces que vuelva —dijo—. No como ídolo. Como padre. Como hombre.

Adrián la miró con cuidado.

—Tiene pánico —dijo— No al escándalo a vos.

Sara sonrió con una tristeza honda.

—Siempre fue así —respondió— Cree que el amor es frágil cuando en realidad lo frágil es huir.

Se quedó en silencio unos segundos y luego levantó la vista.

—¿Dónde está?

Adrián dudó.

—No debería decirte…

—Decime —pidió ella— Esta vez voy yo.

Nash estaba en su departamento cuando escuchó el golpe en la puerta. No fuerte. No insistente. Un golpe que no exigía esperaba. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se puso de pie de un salto, el corazón golpeándole el pecho con violencia. Caminó hacia la puerta sabiendo, con una certeza que le dolió, quién estaba del otro lado. Apoyó la mano en la madera. No abrió.

—Nash —dijo la voz de Sara—. Soy yo.

El mundo se le vino abajo.

—Andate —respondió él, con la voz quebrada— Por favor.

Del otro lado, Sara apoyó la frente contra la puerta.

—No vine a pedirte nada —dijo— Vine a decirte algo.

Nash cerró los ojos.

—No puedo verte —susurró—. No así.

—Entonces escuchame —pidió ella—. Y después decidí.

Hubo un silencio largo. Denso. Doloroso. Sara respiró hondo.

—Tengo miedo —confesó— De que vuelvas y te vayas otra vez. De que nos elijas… y después te asustes.

Nash apretó los puños.

—Yo también tengo miedo —dijo— De arruinarles la vida.

—La estás arruinando quedándote afuera —respondió ella con firmeza— Boris pregunta. No por tu nombre. Por tu ausencia.

Eso lo destruyó.

—No quiero que lo lastimen por mí —dijo— No quiero que te miren distinto por algo que hice cuando era un pibe y no sabía defenderme.

Sara apoyó la palma de la mano contra la puerta.

—Yo no te amo por lo que hiciste —dijo— Te amo por lo que sos cuando te quedás.

El silencio volvió a caer. Pero esta vez fue distinto. Nash abrió la puerta. No del todo. Lo suficiente para verla. Sara lo miró sin reproche. Sin exigencias. Sin lágrimas.

—No te estoy pidiendo promesas —continuó— Te estoy dando una elección. Volvé o decime a la cara que no podés.

Nash sintió que algo dentro de él cedía.

—No sé si soy fuerte —dijo.

Sara negó con la cabeza.

—No te quiero fuerte —respondió— Te quiero presente.

Desde el pasillo llegó el sonido de un ascensor cerrándose. Una risa lejana. La vida seguía. Nash miró a Sara como si la estuviera viendo por primera vez.

—Si entro —dijo— No voy a poder volver a irme.

—Eso es lo que significa amar —respondió ella.

Nash abrió la puerta un poco más. No la abrazó. No todavía. Pero dio un paso atrás, dejándole espacio para entrar. Y en ese gesto mínimo, tembloroso, irreversible, se selló algo más grande que el miedo.

Sin embargo, cuando Sara cruzó el umbral, el teléfono de Nash vibró en la mesa. Una notificación nueva. Un titular incompleto apareció en la pantalla iluminando la habitación oscura:

Exclusivo: reaparece el nombre de Nash en causa reabierta. Fuentes aseguran que habría…

Nash miró el teléfono. Luego miró a Sara. El pasado acababa de golpear la puerta al mismo tiempo que el amor entraba. Y esta vez, no habría forma de separarlos sin destruir algo.




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