Cuando el mundo dejó de gritar, no llegó el silencio. Llegó algo peor. La resaca.
Las redes pasaron al siguiente escándalo con la misma rapidez con la que habían despedazado a Nash. Pero las miradas en la calle no olvidaron tan fácil. Los susurros persistían. Las pausas incómodas. Los gestos contenidos. Nash volvió a salir una semana después. No por trabajo. No por orgullo. Por pan.
Entró a la tienda del barrio con la cabeza baja. Nadie dijo nada. Eso fue lo que más dolió. El desprecio explícito al menos es honesto. La incomodidad educada no. Pagó y salió sin mirar atrás.
—No debería haber salido solo —dijo Sara esa noche.
—No voy a esconderme —respondió Nash, pero su voz no tenía fuerza—. Aunque todavía no sepa cómo estar.
Boris jugaba en el piso, ajeno a todo, haciendo chocar el avión contra una torre de bloques.
—Cae —dijo, riéndose.
Nash lo miró con una mezcla de ternura y culpa.
—Sí —susurró— A veces todo cae.
Las consecuencias no llegaron de golpe. Llegaron como pequeñas pérdidas. Un contrato que nunca volvió a mencionarse.
Una invitación retirada con una excusa amable. Una puerta que ya no se abría. Nash entendió algo doloroso:.aunque legalmente limpio, socialmente estaba marcado.
—No me importa —dijo una tarde— Puedo trabajar de cualquier cosa.
Sara lo observó en silencio.
—Sí te importa —respondió— Y no tiene nada de malo.
Esa noche discutieron. No por celos. No por reproches viejos..Por miedo.
—No quiero que Boris crezca viendo cómo te destruyen —dijo Nash— Yo ya puedo soportarlo.
—Y yo no quiero que crezca aprendiendo que huir es la solución —respondió Sara— Aunque huir duela menos.
El silencio posterior fue espeso. Nash se encerró en la habitación y apagó la luz. Se sentó en la cama, con la espalda contra la pared, respirando hondo.
Tal vez debería irme.
El pensamiento volvió, insistente. Adrián los visitó dos días después. No traía malas noticias. Traía realidad.
—Legalmente ganamos —dijo— Pero socialmente… esto va a tardar.
—¿Cuánto? —preguntó Nash.
Adrián dudó.
—Años —respondió— Tal vez nunca del todo.
Nash asintió.
—Entonces no hay futuro para mí ahí afuera.
Adrián lo miró fijo.
—Eso depende de cómo definas futuro —dijo— Si es fama, no. Si es vida… sí.
Boris se acercó a Nash con el avión en la mano.
—Papá juega —pidió.
Nash lo alzó en brazos sin pensar.
—Siempre —respondió.
Adrián los observó con una certeza amarga:
Nash estaba pagando por un crimen que no había cometido solo, pero que el mundo necesitaba adjudicarle a alguien visible.
—Elian quería esto —dijo Adrián— No destruirte legalmente. Desgastarte hasta que te fueras solo.
Nash apretó la mandíbula.
—No le voy a dar ese gusto —dijo.
Pero esa noche, cuando todos dormían, volvió a empacar una mochila. No para huir. Para tenerla lista. Por si el amor no alcanzaba. Sara despertó y lo encontró en el living, sentado en el suelo, rodeado de ropa doblada.
—¿Te vas? —preguntó sin levantar la voz.
Nash negó con la cabeza.
—No hoy.
Sara se sentó frente a él.
—No quiero promesas —dijo—. Quiero verdad.
Nash respiró hondo.
—Tengo miedo de quedarme y romperlos —confesó—. Y miedo de irme y perderlos para siempre.
Sara lo miró largo.
—Entonces quedate —respondió—. Y rompámonos juntos si hace falta.
Boris apareció en la puerta, somnoliento.
—Abrazo —dijo.
Nash cerró los ojos. Se levantó, lo tomó en brazos y abrazó también a Sara. El mundo seguía ahí afuera.
Implacable.
Cruel.
Pero por primera vez, Nash entendió que las consecuencias no siempre son castigo. A veces son la prueba final. La pregunta ya no era si podía huir otra vez. La pregunta era si podía aprender a quedarse cuando quedarse duele. Y esa respuesta todavía estaba escribiéndose.