Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

Las palabras que no deberían llegar a un niño

Boris tenía seis años y acababa de aprender a escribir su nombre sin ayuda. Lo había hecho esa mañana, con la lengua apenas asomando entre los labios, concentrado, orgulloso. La maestra le había sonreído y le puso una estrella roja en el cuaderno.

—Muy bien, Boris —dijo— Cada día escribís mejor.

Él había sonreído, feliz. No sabía que ese mismo nombre estaba siendo pronunciado de otra forma, en otros tonos, en otros lugares..El recreo era su momento favorito.

El patio estaba lleno de gritos, risas y carreras desordenadas. Boris jugaba con su avioncito de plástico, haciéndolo volar cerca del suelo, cuando Tomás, un niño de su curso, se le acercó con expresión rara.

—Mi mamá dijo que tu papá es malo —soltó, sin rodeos.

Boris frunció el ceño.

—No —respondió— Mi papá es bueno.

Tomás se encogió de hombros.

—Eso dijo mi mamá. Que sale en la tele. Que hizo cosas feas.

Boris sintió algo extraño en el pecho. No entendía las palabras, pero entendía el tono.

—No es verdad —repitió, ahora más bajito.

—Mi mamá nunca miente —insistió el otro— Dice que hay que tener cuidado con vos.

Eso fue peor que cualquier insulto. Boris se quedó quieto, con el avión apretado entre los dedos.

—Mi papá juega conmigo —dijo—. Me hace panqueques. Me lee cuentos.

Tomás lo miró, confundido, y se fue corriendo. Boris no lloró. Siguió jugando, pero el avión ya no volaba igual. Más tarde, cuando volvió del baño, pasó por el pasillo que llevaba a la sala de profesores. No debía detenerse ahí, pero escuchó su nombre.

—Pobre nene —dijo una voz adulta—. No tiene la culpa de nada.

—Claro que no —respondió otra—. Pero viste lo que dicen del padre…

—Yo no lo dejaría solo con otros chicos sin supervisión.

Boris no entendía del todo. Pero entendía lo suficiente..Se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole fuerte, sin saber por qué de repente quería irse a casa. Esa tarde, en la salida, Sara notó algo distinto de inmediato..Boris caminaba con la mochila arrastrando un poco y no corrió a abrazarla como siempre.

—¿Qué pasó, amor? —preguntó, agachándose frente a él.

Boris dudó.

—Mamá —dijo— ¿Papá es malo?

La pregunta cayó como un golpe seco..Sara sintió que el mundo se detenía un segundo.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó con suavidad, aunque por dentro se rompía.

—Un nene y las señoritas hablaban —respondió— Dijeron cosas feas.

Sara lo abrazó fuerte, demasiado fuerte.

—Escuchame bien —dijo, separándolo apenas para mirarlo a los ojos— Tu papá no es malo. Tu papá es una buena persona que pasó por cosas muy difíciles. Y te ama más que a nada en el mundo.

Boris bajó la mirada.

—Entonces ¿por qué hablan así?

Sara cerró los ojos. Porque el mundo es cruel, pensó. Porque los adultos olvidan que los niños escuchan. Pero no dijo eso.

—Porque a veces la gente habla sin saber —respondió— Y porque tienen miedo de lo que no entienden.

Boris asintió, aunque no estaba del todo convencido. Esa noche, Nash llegó a casa y encontró a Boris sentado en la cama, despierto, abrazando el avión.

—¿No dormís, campeón? —preguntó.

Boris lo miró largo.

—Papá —dijo— ¿Vos hiciste algo malo?

Nash sintió que algo se le desgarraba por dentro. Se sentó al borde de la cama.

—No —respondió— Hice cosas cuando era joven que otros usaron mal. Pero nunca te lastimaría. Nunca lastimé a un niño. Jamás.

Boris lo observó con atención.

—¿Entonces por qué dicen cosas?

Nash tragó saliva.

—Porque hay personas que no saben mirar con el corazón —dijo— Y porque a veces la verdad tarda en llegar.

Boris se acercó y apoyó la cabeza en su pecho.

—Yo te creo —dijo.

Eso fue lo peor.

Y lo mejor. Cuando salió de la habitación, Nash se quedó apoyado contra la pared, respirando con dificultad.

—Esto ya empezó —susurró.

Sara apareció detrás de él.

—Sí —respondió—. Y ahora no es sobre vos.

Nash la miró, devastado.

—No puedo permitir esto —dijo—. No puedo permitir que le hagan esto a él.

Sara sostuvo su rostro entre las manos.

—Entonces no huyas —dijo— Peleá. Pero quedate.

Nash cerró los ojos. La tentación de irse volvió a rugir con fuerza. Pero ahora tenía el rostro de su hijo. Y esa herida no podía ignorarla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.