La repercusión de la exposición de Sara no se apagó al tercer día, como muchos esperaban. Se transformó. Los titulares cambiaron de tono. Las preguntas dejaron de ser acusatorias y empezaron a ser incómodas.
—¿Hasta dónde llega la responsabilidad colectiva?
—¿Quién protege a los hijos del odio público?
—¿Cuándo la justicia termina y empieza el linchamiento?
Nash observaba todo desde el margen, con una sensación extraña: por primera vez, el foco no estaba únicamente sobre él.
Eso lo asustaba más que el ataque directo.
—Esto no es normal —dijo, caminando de un lado a otro del living—. Nada de esto estaba en el plan.
Sara levantó la vista de la computadora.
—No hay plan cuando decidís dejar de esconderte —respondió—. Solo consecuencias.
Nash se pasó la mano por el rostro.
—Las consecuencias siempre las pagamos nosotros —dijo—. Y Boris.
Sara se levantó y se paró frente a él.
—No —corrigió—. Esta vez, no estamos solos.
El llamado de Adrián llegó esa misma tarde.
—Conseguí algo —dijo, sin rodeos—. No es fácil. No es cómodo. Pero es real.
Nash cerró los ojos.
—No quiero entrevistas —dijo—. No quiero cámaras.
—No lo es —respondió Adrián—. Es una audiencia pública extraordinaria. Judicial. Transmitida, sí… pero con reglas claras.
Sara se tensó.
—¿Para qué? —preguntó—. ¿No está todo juzgado ya?
—Legalmente, sí —respondió Adrián—. Socialmente, no. Y eso está afectando a un menor.
El silencio se instaló.
—Quieren que Nash declare —continuó—. No para defenderse. Para cerrar. Para dejar constancia oficial del contexto, la coacción, el uso ilegal de su imagen cuando era menor.
Nash sintió el vértigo inmediato.
—Si hablo —dijo—, vuelve todo.
—Si no hablás —respondió Adrián—, otros seguirán hablando por vos. Y no va a parar.
Nash miró a Sara.
—No puedo exponerlos otra vez.
Sara no respondió de inmediato..Se acercó a Boris, que jugaba en el piso con bloques, y se sentó a su lado.
—Amor —le dijo—. ¿Te acordás lo que dijimos cuando alguien decía cosas feas?
Boris asintió.
—Que no saben —respondió.
Sara sonrió y lo besó en la frente.
—Exacto.
Luego miró a Nash.
—Esta audiencia no es para convencer al mundo —dijo—. Es para que nuestro hijo tenga un lugar al que volver cuando pregunte.
Nash sintió que el pecho le ardía.
—Tengo miedo —admitió—. De quebrarme.
Sara apoyó su mano sobre la de él.
—Entonces quebrate —respondió— Pero no te vayas.
Esa noche, Nash volvió a empacar la mochila. No para huir. Para entender si aún podía..La dejó sobre la cama, abierta..La miró largo rato. Pensó en el taller. En el anonimato. En la vida pequeña, silenciosa, sin ataques. Pensó en Boris preguntando si era malo. En Sara hablando sin miedo. Cerró la mochila..La empujó bajo la cama..Y se sentó en la oscuridad, respirando hondo.
—Si hablo —susurró—. No hay vuelta atrás.
La habitación no respondió..Pero por primera vez, Nash no se sintió solo en la decisión. A la mañana siguiente, Adrián recibió el mensaje que estaba esperando.
Acepto. Pero no por mí. Por mi hijo.
Adrián cerró los ojos, aliviado.
—Es ahora —murmuró— O nunca.
Mientras tanto, en la escuela, Boris dibujaba una casa. Tenía tres figuras tomadas de la mano. Cuando la maestra le preguntó quiénes eran, respondió sin dudar:
—Mi familia.
Y muy lejos de ahí, los engranajes de la justicia y de la opinión pública empezaban a moverse hacia un punto inevitable. Uno donde Nash ya no podría esconderse. Uno donde decir la verdad no sería un acto de defensa sino de amor..Y el mundo, finalmente, tendría que escuchar.