Boris había dejado de levantar la mano en clase.
No porque no supiera la respuesta, sino porque había aprendido algo nuevo y doloroso: hablar atraía miradas. Y las miradas, últimamente, pesaban. Ese día la consigna era dibujar a la familia. Boris tomó el crayón azul para el cielo, el verde para el pasto y, sin pensarlo, dibujó a su papá primero. Grande. Sonriente. Con los brazos abiertos. Luego a su mamá. Luego a él. Cuando terminó, se quedó observando el dibujo con una pequeña arruga en la frente.
—¿Por qué tu papá es tan grande? —preguntó una nena desde la mesa de al lado.
—Porque me cuida —respondió Boris, seguro.
La nena no insistió. Miró hacia la maestra. Y ese gesto, tan pequeño, fue suficiente. En el recreo, Boris se sentó en el banco de siempre. Dos madres conversaban cerca, creyendo que los niños solo oyen cuando se les habla.
—Yo no tengo problema con el nene —decía una—. Pero el padre… viste…
—Sí, yo pedí que no los junten en los trabajos grupales —respondió la otra— Por las dudas.
—Una nunca sabe.
Boris apretó el dibujo contra su pecho. No entendía qué era las dudas. Pero sabía que tenían que ver con su papá. Cuando Sara fue a buscarlo, notó que Boris no corría.
—¿Qué pasó hoy, amor? —preguntó, ya con el presentimiento clavado en el estómago.
Boris caminó un par de pasos en silencio.
—Mamá —dijo finalmente— ¿Papá da miedo?
Sara se detuvo en seco.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie —respondió Boris—. Pero las mamás hablan. Y las señoritas también.
Sara sintió una furia fría, peligrosa.
—¿Qué dicen?
Boris dudó.
—Que hay que tener cuidado —susurró— Pero yo no entiendo de qué.
Sara lo alzó en brazos.
—Escuchame bien —dijo, con la voz firme— Tu papá no da miedo. A algunas personas les da miedo lo que no pueden controlar. Y tu papá ya no pertenece a nadie.
Boris apoyó la cabeza en su hombro.
—Yo quiero que lo quieran —murmuró.
Esa frase fue un puñal. Esa misma tarde, Nash recibió el llamado de la dirección.
—Creemos que sería conveniente una reunión —dijo la voz del otro lado—. Han surgido inquietudes entre algunos padres.
Nash colgó sin responder. Se quedó mirando la pared, inmóvil.
—Esto ya cruzó un límite —dijo finalmente.
Adrián, que estaba con él, apretó la mandíbula.
—No pueden hacer eso — respondió — Legalmente no pueden.
—Pero lo están haciendo —dijo Nash—. Con miradas. Con silencios. Con por las dudas.
Adrián tomó su teléfono.
—Entonces vamos a documentarlo todo —dijo— Cada comentario, cada restricción, cada gesto. Porque esto ya no es opinión. Es discriminación directa contra un menor.
Nash pasó las manos por su cabello, desesperado.
—Yo puedo soportar que me odien —dijo— Pero no esto. No a él.
Adrián lo miró fijo.
—Por eso aceptaste la audiencia —respondió—. Y ahora entiendo que no alcanza.
—¿Qué querés decir?
—Que ya no alcanza con defenderte —dijo Adrián—. Ahora hay que exponer el daño.
La reunión fue dos días después. Nash entró a la sala con el cuerpo tenso, pero la espalda recta. Adrián a su lado. Sara no fue: se quedó con Boris. Las maestras evitaron mirarlo a los ojos.
—Nuestra prioridad es el bienestar de los niños —dijo la directora—. Algunos padres han manifestado incomodidad.
—¿Incomodidad por qué? —preguntó Adrián—. ¿Existe alguna denuncia formal contra el padre del alumno?
Silencio.
—No —admitió la directora—. Pero la exposición mediática......
—No es causal de exclusión —interrumpió Adrián—. Ni de aislamiento. Ni de sugerencias preventivas.
Una maestra habló, casi en susurro:
—Los niños repiten lo que oyen en casa…
Nash no aguantó más.
—Entonces eduquen —dijo—. Porque mi hijo no es el problema.
La sala quedó muda.
—Si mi presencia incomoda —continuó—, yo puedo no venir. Pero no permitan que hagan sentir a mi hijo como si fuera peligroso amar a su padre.
Adrián cerró la carpeta.
—Desde hoy —dijo—, cualquier acto que limite, condicione o señale a Boris será considerado discriminación agravada. Y actuaremos en consecuencia.
La reunión terminó sin acuerdo. Pero con miedo..Esa noche, Nash entró a la habitación de Boris y se sentó a su lado.
—¿Sabés qué, campeón? —dijo—. A veces los adultos se equivocan.
Boris lo miró con ojos grandes.
—¿Mucho?
Nash sonrió triste.
—Muchísimo.
—¿Y vos te vas a ir?
La pregunta quedó flotando..Nash respiró hondo.
—No —respondió—. Esta vez no.
Boris se acercó y lo abrazó fuerte.
—Entonces está bien —dijo—. Yo te creo.
Cuando Nash salió de la habitación, se apoyó contra la pared, temblando.
—Esto ya no es solo una audiencia —le dijo a Adrián—. Es una guerra silenciosa.
Adrián asintió.
—Y recién empezó —respondió—. Pero ahora tenemos algo que ellos no.
—¿Qué?
—Un niño que ama sin miedo —dijo—. Y eso es imposible de callar para siempre.
Pero muy lejos de ahí, alguien tomaba nota de cada paso. Y entendía que si Nash hablaba públicamente, si el daño a Boris se hacía visible. El relato podía cambiar de manos. Y no todos estaban dispuestos a permitirlo.