El viaje no fue planeado con mapas ni expectativas. Fue una huida dulce.
—Adrián se ocupa de todo —dijo Sara, cerrando la valija— Absolutamente todo.
Nash sonrió, aliviado por primera vez sin culpa.
—Entonces vamos a hacer algo revolucionario —respondió— descansar.
Boris aplaudió desde la cama.
—¡Vacaciones! —gritó—. ¡Sin escuela!
—Y sin periodistas —agregó Nash.
—¿Y sin señoritas malas? —preguntó Boris, serio.
Sara se agachó frente a él y le acomodó la gorra.
—Sin nadie que no sepa cuidar —respondió.
Eso fue suficiente. Eligieron un lugar simple: mar, arena, pocas personas y cielos amplios. Un sitio donde nadie pedía autógrafos ni explicaciones. Donde Nash no era un nombre, sino un padre con protector solar mal aplicado. El primer día, Boris descubrió el mar.
—¡Es gigante! —gritó, soltando la mano de Sara para correr hacia la orilla.
—¡Volvé! —dijo ella— ¡No corras tan rápido!
—¡Que corra! —respondió Nash— Si se cae, aprende.
Boris se detuvo, los miró y sonrió con picardía.
—Aprendo a caer como papá —dijo.
Nash fingió indignación.
—Ey… yo ya no me caigo.
—Sí te caíste cuando pisaste el balde —acusó Boris.
Sara rió tan fuerte que tuvo que sentarse en la arena. Nash terminó empapado antes del mediodía. Boris insistió en enterrarlo hasta el cuello.
—Así no te ve nadie —explicó— Sos un papá secreto.
—Perfecto —respondió Nash—. Siempre quise ser espía.
Sara tomó fotos, no como artista, sino como madre. Momentos torcidos, risas fuera de foco, piel salada.
—¿Puedo sacar una yo? —pidió Boris.
—Claro —respondió ella, entregándole la cámara.
Boris apuntó y cortó cabezas.
—Excelente encuadre —dijo Nash—. Muy moderno.
—Es arte —respondió Boris, orgulloso.
Sara lo abrazó.
—Eso lo heredó de mí —dijo.
—Y el ego de mí —agregó Nash.
Las noches eran tranquilas. Cenaban temprano, caminaban descalzos por la arena fría y regresaban cansados, pero felices. Una noche, Boris se durmió entre ellos en la cama, abrazando un peluche húmedo de sal. Nash lo miró largo rato.
—¿Te das cuenta? —susurró— Esto era lo que siempre quise.
Sara apoyó la cabeza en su hombro.
—Lo tenías —respondió— Solo que el mundo hacía ruido.
Nash besó la frente de Boris con cuidado.
—Prometo que nunca más voy a dejar que ese ruido llegue hasta él.
Sara lo miró con ternura.
—No tenés que prometer —dijo— Ya lo estás haciendo.
Al día siguiente, Boris se despertó temprano y saltó sobre la cama.
—¡Despierten! —gritó— ¡Soñé que papá era un superhéroe!
Nash abrió un ojo.
—¿Ah sí? ¿Cuál?
—El que protege —respondió Boris— No vuela, pero abraza fuerte.
Nash sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—Ese es el mejor —dijo.
Sara observó la escena con el corazón lleno.
No había cámaras.
No había juicios.
No había miedo.
Solo ellos.
Y por primera vez desde que todo empezó, Nash entendió que la verdadera victoria no había sido legal ni pública. Había sido llegar hasta ahí. Con Sara. Con Boris. Con la vida intacta. El descanso era real. Y lo merecían.