Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

Epílogo

Donde la luz se queda

El mar se retiraba con una paciencia antigua, dejando en la orilla un brillo pálido que parecía una promesa. Sara caminaba descalza, con el dobladillo del vestido rozando sus tobillos, y pensaba que la vida se parecía demasiado a eso: una insistencia suave, una y otra vez, hasta que lo roto aprendía a encajar de otra manera.

Nash venía detrás, cargando a Boris sobre los hombros como si el niño fuera una corona. Boris reía con esa risa abierta que no guarda sospechas, señalando gaviotas, barcos lejanos y cualquier cosa que pareciera capaz de volar.

—¡Papá, mirá! ¡Una nube con forma de avión! —gritó, emocionado.

Nash alzó la vista y fingió asombro.

—Es cierto —dijo— Y esa nube está volando exactamente hacia nosotros. Eso significa que hoy va a ser un gran día.

Boris le desordenó el cabello con las manos pequeñas.

—¡Siempre decís eso!

—Porque siempre es verdad cuando estoy con ustedes —respondió Nash, y Sara sintió que el corazón se le apretaba de ese modo feliz que a veces duele.

Se habían concedido ese descanso como quien aprende a respirar luego de una larga inmersión. No era una huida; era un regreso a lo esencial. Adrián se había quedado en la ciudad para cerrar los últimos cabos legales, y aunque Sara seguía mirando el teléfono con reflejos de ansiedad, ya no había sobresaltos. El mundo había aprendido por fin que con ellos no se jugaba.

Y aun así, Sara sabía algo que ninguna sentencia podía garantizar: la paz, si llegaba, no era un premio; era una decisión diaria. La primera vez que se lo dijo a Nash, él se había quedado callado, como si intentara aprender a pronunciar esa idea.

—¿Y si un día vuelven a intentar? —le había preguntado él en voz baja, una noche, cuando Boris ya dormía.

Sara lo miró con la calma de quien ya no tiene nada que esconder.

—Entonces nos van a encontrar distintos —respondió— No perfectos. Pero juntos.

Ese juntos había sido su juramento real, más fuerte que cualquier anillo. Volvieron de la costa con la piel tostada y el alma un poco más liviana. En el departamento los esperaba el olor a hogar café, madera, fotos enmarcadas y juguetes desparramados por el piso. Boris dejó su valija tirada, como si la vida no necesitara orden, y corrió directo a su rincón de dibujo.

—¡Voy a dibujar el mar! —anunció.

—Dibujá a mamá también —pidió Nash, dejando las llaves.

—Y a vos, papá —agregó Boris con la seriedad de un director de arte.

Sara lo miró y sonrió.

—¿Y dónde vas a dibujarte vos?

Boris lo pensó un segundo.

—En el medio —decidió—. Porque yo soy el avión. Ustedes son las alas.

Nash se quedó quieto, con el pecho lleno. Sara se agachó y besó a su hijo.

—Sos nuestro milagro —susurró.

Boris no entendió del todo, pero entendió lo suficiente como para sonreír. Esa misma tarde llegó Adrián. No entró como un visitante. Entró como alguien que también había sobrevivido a la guerra, aunque no la hubiera peleado con el cuerpo, sino con la mente. Traía una carpeta negra y un sobre blanco.

—Buenas noticias —dijo, y por primera vez su voz sonó casi ligera.

Nash lo miró con una mezcla de gratitud y tensión vieja.

—¿Ahora sí terminó?

Adrián asintió.

—Terminó como termina lo legal: con sellos, firmas y consecuencias —respondió—. No hay fisuras. No hay recursos. No hay tal vez.

Sara sintió un alivio físico, como si le aflojaran los músculos que llevaba apretados desde hacía años.

—¿Y Elian? —preguntó, aunque no quería darle espacio ni en la conversación.

Adrián abrió la carpeta con calma.

—Condenado. Público. Sin posibilidad de negociación —dijo—. Y sin influencia, porque todo su entramado cayó. No porque él dejara de querer, sino porque dejó de poder.

Nash bajó la mirada, como si escuchar el nombre le trajera una última sombra.

—¿Lo aceptó?

Adrián soltó una risa breve, sin humor.

—Elian no acepta —respondió—. Elian se consume. Pero hay algo que sí entendió: que te perdió para siempre en el instante en que intentó poseerte.

Sara se estremeció.

—¿Y los que filtraron, los que instigaron…? —preguntó.

Adrián dejó el sobre blanco sobre la mesa, frente a Nash.

—Condenados también —dijo—. Algunos a cadena perpetua. Otros, donde la ley lo permite por la gravedad y la reincidencia, a la pena máxima. No por tu historia, Nash. Por lo que hicieron con menores, por lo que sostuvieron, por lo que lucraron.

Nash se quedó inmóvil..No celebró. No sonrió. No hubo venganza en su rostro. Solo cansancio.

—No quería que muriera nadie —murmuró.

Adrián lo miró fijo.

—Y eso te diferencia de ellos —respondió con firmeza—. Pero no confundas tu bondad con su impunidad.

Sara le tomó la mano a Nash bajo la mesa. Él apretó sus dedos, como si esa presión lo devolviera al presente..Adrián respiró hondo.

—Ahora, lo último —dijo, abriendo el sobre—. Esto es personal, no legal.

Dentro había una carta corta..Una hoja impecable. Un sello.

—La audiencia extraordinaria quedó registrada como testimonio histórico —explicó Adrián—. Y por recomendación oficial, se establece que toda referencia pública a tu pasado fuera del contexto legal constituye difamación agravada. Es una protección para vos… pero sobre todo para Boris.

Sara sintió que le ardían los ojos. Nash tragó saliva.

—Entonces él no va a crecer leyendo basura sobre mí.

—No, Nash —dijo Adrián—. Va a crecer leyendo que su padre fue víctima, que sobrevivió y que decidió ser padre igual. Esa es la verdad que va a quedar escrita.

Boris apareció en ese instante con un dibujo en la mano.

—¡Terminé! —gritó.

Los tres se giraron. El papel mostraba un mar azul exagerado, un sol enorme, una casa con ventanas redondas y tres figuras: una mujer con cabello largo, un hombre alto y un niño en el medio con algo parecido a un avión pintado alrededor.




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