¿Sabes lo que es tener conciencia?
Sé lo que es, pero no lo que se siente…
He visto a los hombres arrastrarse por ella, retorcerse, destruirse para poder dormir tranquilos.
Me parece tan… patético.
Nadie la había obligado a cruzar ese bosque, ni a seguir ese sendero de raíces muertas.
Y sin embargo, sentía que cada paso no lo daba ella, sino algo debajo de la tierra, arrastrándola como hilos invisibles. Pero claro, no hay que hacerle caso a la voz de la experiencia; ¿verdad?
-No mires atrás- le había dicho la anciana -Y no respondas si te llaman.
Cada pisada se sentía más pesada, las ramas crujían haciendo que el bosque se percate de su presencia, las advertencias no fueron suficientes para detenerla, casi parecía que la tierra misma se abriera para darle paso, la llamaba, la reclamaba.
En algún momento de la caminata los arboles parecían retorcerse de dolor, pudriéndose en el interior, las sombras del bosque parecían moverse con más libertad, tenían vida propia o solo era una ilusión de su cabeza.
No eran ilusiones ni brisas. Eran ojos, ojos que se apagaban al instante para no ser vistos, pero que la seguían con una presencia notable. Sabía que algo la observaba, no era tan tonta, pero no se atrevía a girarse. Algo la retenía… algo no quería que mirara atrás, tal vez su conciencia misma o el solo miedo de que podría pasarle si volteara.
Llego al punto en que nadie siquiera hubiera imaginado, detrás del ambiente abrumador del bosque se encontraba un claro, un espacio sorprendentemente silencioso, donde la luz se filtraba a través de árboles más frondosos. Era un refugio de calma, pero la tranquilidad era inquietante, como si el silencio que la rodeaba estuviera esperando algo, o a alguien, para romperlo. Vio hacia el horizonte, sintió un escalofrió al ver senderos creados por montones de huellas, era obvio que este era un lugar donde no se debía llegar, al menos no por accidente.
-Aquí no hay caminos… sólo huellas que no son mías- pensó ella. Era obvio, ¿no?
De repente, el sendero terminó. La niebla se esfumo para revelar su respuesta esperada, parada al borde del camino, en medio de un claro desolado. El miedo recorrió su cuerpo, un miedo diferente a cualquiera, sabia lo que era, había encontrado su respuesta, su más anhelado deseo o su peor tontearía.
Con pasos determinados decidió acercarse, aquellas montañas parecían volverse más grandes y imponentes conforme avanzaba, pensaba si está decisión era la correcta, pero el arrepentimiento ya no era una opción, cayo es el propio abismo de sus decisiones, uno del cual no saldría. Su mente era un lio de pensamientos, hasta que de una forma inquietante sus palabras llegaron, llenando su mente de ellas, en esta retumbaban una y otra vez.
-¿Por qué tiemblas, si fuiste tú quien me llamó primero?- Su voz era imponente, pero ella trataba de alejarlo, no sabia lo que era, ni como sabia sus intenciones, solo trataba de borrar su voz de su mente - ¿No te cansas de fingir que no me buscabas?- la voz otra vez inundo su mente- ¿Tanto tiempo huyendo, y sigues sin reconocerme? Qué decepcionante…
De alguna manera, que ella no podía comprender, se adentro en la cueva de aquellas montañas imponentes, su cuerpo débil y agotado caminaba, parecía sentir la oscuridad de su alrededor, era densa tanto que podía tocarla con sus manos. Ella caminaba a ciegas, sin luz o brillo alguno, sus piernas se movían solas, sabiendo a donde ir, lo aterrador es que ella nunca había estado allí, a pesar de la oscuridad tan densa vio un pequeño destello de luz, era opaco, una luz que transmitía calma pero una que era perturbadora, llego al final de aquel túnel.
El claro parecía respirar.
Apenas un pequeño espacio abierto entre los árboles deformes, donde la niebla se arremolinaba a ras del suelo, como si el mismo bosque susurrara entre dientes. Allí, donde no debía haber nada, alguien la esperaba.
Ella no supo cuándo había dejado de caminar. Solo notó que estaba de pie, inmóvil, con los latidos apresurados golpeándole la garganta.
Y entonces lo vio.
Su figura surgió de la bruma con una lentitud casi insoportable, como si la oscuridad misma estuviera dándole forma. No era posible que alguien así pudiera estar allí. Su silueta era humana, sí. Pero su perfección era tan… antinatural. Aquella piel parecía muerta, era pálida, los ojos demasiado claros pero si te fijabas bien podías ver un cielo en ellos, la sonrisa tan serena que parecía burlarse de algo que ella aún no sabía, era una apariencia que espeluznante, tan perfecta que parecía una pintura echa por el mejor artista del rey.
El rompió el silencio
-Parece que la soledad por fin te ha traído a donde perteneces.- Su voz no tenía peso, pero se arrastraba por su piel como si pudiera tocarla, envolverla— Así que por fin te has atrevido a venir… pensé que tardarías aún más- dijo con un tono que casi parecía simpatizar con la situación
Ella no respondió. No podía. Algo más fuerte que el miedo la mantenía quieta.
—No sabes cuánto tiempo llevo imaginando este momento… y lo hermosa que serías cuando por fin entendieras que nunca has tenido elección- Dijo con tranquilidad. Dio un paso hacia ella, lento, casi perezoso. Sus ojos brillaban como espejos rotos.
Aquella chica retrocedió apenas un instante, pero sus pies se hundieron en la tierra blanda, como si el bosque mismo no quisiera soltarla. Él lo notó. Y sonrió.
—No eres la primera que llega hasta aquí. Pero sí eres la única a la que he decidido esperar.- Su voz era casi un susurro, pero el aire pareció congelarse alrededor de sus palabras.
Finalmente, ella encontró su voz. Un hilo tembloroso que apenas reconoció como propio.
—¿Quién… eres?- su voz fue firme ante su pregunta.
El hombre inclinó la cabeza, como si la pregunta le hiciera gracia.
—Mírame bien, por más me temas. Mírame… porque soy lo último que verás cuando despiertes de esta mentira que llamas vida- sus palabras fueron demandantes, casi como una orden ya escrita en el libro de la vida.