Donde la niebla me reclamó

Capitulo 3

“La luz no existe para proteger.

Existe para revelar quién no pertenece.”

— Inscripción antigua del Templo de Aelion

Elara había creído que nada podría superar la primera impresión de Aurenhall.

Se equivocaba.

Cada día que pasaba dentro del castillo, el lugar parecía crecer, como si la arquitectura misma se reordenara para recordarle lo pequeña que era. Los pasillos eran ceremoniales. Diseñados para que quien los cruzara comprendiera, con cada paso, que estaba entrando en el corazón del poder.

El mármol blanco pulido reflejaba su figura multiplicada en las paredes. No una Elara, sino muchas. Decenas de versiones de sí misma caminando al mismo tiempo, todas vestidas con el uniforme claro celeste de las Doncellas del Alba, todas con el cabello recogido, todas con la misma expresión de contención cuidadosa.

Las puertas estaban enmarcadas con oro trabajado a mano, incrustadas con gemas solares: citrinos, topacios, fragmentos de ámbar que parecían contener luz viva de Aelion en su interior. Cada vez que una puerta se abría, el sonido era profundo, pesado, como si el castillo respirara.

Elara aprendió pronto que Aurenhall no solo era hermoso, era intimidante por diseño.

Ser Doncella del Alba no era solo un honor, era una prueba constante. Las elegidas despertaban antes del amanecer, limpiaban los corredores sagrados, preparaban las cámaras privadas de la familia imperial, cuidaban las fuentes rituales donde los sacerdotes de Aelion realizaban bendiciones diarias.

A Elara le asignaron, al principio, las galerías altas y las salas de observación. Lugares donde la corte rara vez se detenía, pero desde donde podía ver todo, desde allí observó cómo se movía el poder.

Las llamaban Doncella del Alba porque era asignada a las primeras rondas: abrir cortinas en habitaciones de nobles, encender braseros, retirar copas olvidadas de la noche anterior, limpiar rastros de secretos.

En los pasillos al pasar de los días, lejos de las alas principales, Elara se escabullia a una biblioteca cada día cuando Aelion dejaba sin rayos el cielo, deslumbrase así con las bellas palabras que se decía de las tierras tan prosperas de Aurenhall.

El Bosque de Miraveth, donde las hojas eran translúcidas como cristal y las criaturas nacían con vetas de amatista recorriéndoles la piel. Decían que allí los ciervos tenían astas de cuarzo vivo, y que cuando corrían, el suelo sonaba como campanas.

El Río de Lúmina, que no estaba hecho de agua, sino de una sustancia lechosa y brillante que fluía como luz líquida. Algunos decían que beber de él hacía olvidar nombres. Otros, que hacía recordar vidas que no eran tuyas.

Las Praderas de Virel, donde las flores se abrían solo de noche y exhalaban polvo dorado que hacía flotar a los insectos como si desobedecieran la gravedad.

En el pueblo, esas cosas eran cuentos. En el gran palacio de Aurenhall, eran rutas comerciales.

La corte de Aurenhall era un espectáculo constante.

Elara vio a los Grandes Duques llegar con capas bordadas en oro, portando los símbolos de sus tierras: espigas doradas, soles nacientes, ríos de luz. Escuchó conversaciones sobre cosechas bendecidas, rutas comerciales, alianzas matrimoniales, si que Varguem era muy generoso.

Pero también escuchó lo que no se decía en voz alta.

—El favor de Aelion no es eterno —murmuró una dama al que atendía un día—. La luz puede cambiar de manos.

—El Este crece demasiado rápido no crees —susurró otro noble—. Vaelthorne controla el pulso del reino.

El nombre del Duque Alastair Vaelthorne aparecía una y otra vez. Guardián del Río Dorado le llamaban.

Elara aún no lo había conocido de cerca, solo un anciano más para la larga vida de la corte Aurenhall, pero había visto su estandarte desde las terrazas: un río de oro sobre fondo blanco, coronado por el sol de Aelion. Sus tierras brillaban incluso desde la distancia, como si el mismo día naciera allí primero.

Una mañana, el claro empezaba a surgir del horizonte, otro día radiante para la familia imperial y un arduo trabajo en las doncellas del alba.

Elara fue enviada con otras doncellas a acompañar a un grupo de cortesanos hasta una galería que daba vista directa a las tierras orientales. Y entonces lo vio con claridad.

El Río Dorado serpenteaba como una herida luminosa en la tierra. No reflejaba el sol: lo contenía. Partículas doradas flotaban en la corriente, haciendo que el agua pareciera viva.

A lo lejos, estructuras de mármol claro se elevaban entre campos brillantes. Puentes, torres, terrazas agrícolas que parecían talladas por dioses, no por hombres.

—Dicen que el río canta por la noche —susurró otra doncella—. Como si Aelion hablara a través del agua.

Elara no respondió.

Porque por un instante, creyó ver algo moverse bajo el brillo. Una sombra, rápida y imposible, ¿verdad?.

Los días pasaban tranquilos, costaba acostumbrarse a cada deleite del ojo humano, una plebeya sin casa alguna, sentía que las paredes la consumía y se estaba volviendo una de ellas, pero para eso se volvió su razón, para “Servir al Alba”

Aurenhall no permitía debilidad.

Cada sonrisa tenía que ser perfecta, cada reverencia, exacta y cada palabra, medida.

Elara empezó a sentirlo: la luz constante agotaba. No había rincones verdaderamente oscuros. No había lugares donde esconderse de las miradas, de los rumores, de los dioses, por Aelion que se la llevara pronto.

A veces, por la noche, al regresar a su pequeña habitación de doncella, cerraba los ojos y por un segundo…

No veía mármol blanco, veía bosque, niebla, sombras. Y una presencia que no pertenecía a ese mundo de oro.

Se obligaba a respirar, se obligaba a recordar dónde estaba, pero el frío no siempre se iba.

El Salón Solar estaba lleno.

El techo abovedado estaba cubierto por frescos donde Aelion era representado coronando reyes, bendiciendo campos, consumiendo sombras con su fuego.




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