Donde la niebla me reclamó

Capitulo 4

La luz de Aelion solo elige a quienes dicen sevirle, pero,

si la oscuridad aparenta ser más intrigante que la luz,

caiste en la maldicion.

Aurenhall estaba demasiado silencioso. No era el silencio de la paz.

Era el silencio de algo que se prepara, algo llegaba en silencio, de manera cautelosa y estratégica.

Elara lo notó en los corredores vacíos, en las miradas que duraban más de lo normal, en los cofres cerrados que aparecían donde antes no había nada. El castillo respiraba distinto, como si hubiera contenido el aliento, y como si supiera que pronto tendría que mostrar los dientes.

Las campanas del alba sonaron tres veces, Elara abrió los ojos de inmediato, el sonido no llamaba a rezar.

Llamaba a obedecer, se levantó en silencio, se vistió con el uniforme claro celeste de las Doncellas y trenzó su cabello frente al pequeño espejo de su habitación. El reflejo le devolvió un rostro tranquilo… demasiado tranquilo para lo que sentía por dentro.

Desde hacía días, Aurenhall le pesaba.

Ese mismo día, Elara lo escuchó por primera vez, no como anuncio, sino como susurro.

—Dicen que habrá un gran evento —murmuró una doncella al mirar de reojo a espaldas de otra de las doncellas.

—Algo grande —respondió otra—. Muy grande.

—¿Cuándo?—Preguntó Elara mientras se obligaba a tragar el mal sabor de estomago que le trajo la noticia.

—Pronto— La doncella a su costado le respondió, con cierto temor en su voz, se notaba que era una noticia que no debía saberse aún—hasta entonces tendremos que callar, el Alba no nos perdonaría.

El rumor no salía del castillo, no cruzaba muros.

Era como si Aurenhall guardara su secreto para sí mismo.

—Dicen que esto tiene una razón —susurró una doncella—. Para unir a los reinos.

—Unir… o vigilar —respondió otra, para reírse en voz baja— será que la crema y nata de la sociedad, coexistirán para tal ocasión.

El rumor nunca salió del castillo, no cruzó las puertas, mucho menos llegó al pueblo.

Era como si la fortaleza de Aurenhall respirara su propio aire, aislado del resto del mundo, guardando sus secretos entre mármol y oro. Como todo en Aurenhall, primero fue un susurro entre mármol y oro, luego una certeza envuelta en seda.

Las doncellas fueron las primeras en notarlo. Más flores. Más tapices. Más cofres abiertos en los corredores, dejando escapar telas bordadas con hilo solar, joyas envueltas en terciopelo, esto era una tremenda locura.

Más cofres aparecieron en los corredores, Joyas eran trasladadas bajo estricta vigilancia: collares que parecían hechos de luz sólida, coronas menores incrustadas con gemas solares, anillos de sellado que solo usaban las grandes casas al servicio de la familia imperial, la casa Solenvar.

Elara en una ocasión ayudó a limpiar una sala donde los espejos cubrían paredes enteras.

No eran espejos comunes, reflejaban demasiado bien, mostraban cada pequeña imperfección, cada gesto mal calculado. Para nada Aurenhall no toleraba lo humano. Solo lo perfecto.

Mientras los días seguían su curso tranquilo, aquel tramo tan tranquilo, que la rutina empezaba clavarse en su carne, una tarde, mientras Elara ajustaba un tapiz, escuchó esa voz a sus espaldas.

—Ese tapiz está torcido.—Elara se giró de inmediato, haciendo una reverencia profunda.

—Mis disculpas, su alteza. Lo corregiré ahora mismo.—Con la cabeza semi baja, que Aelion lo perdone si llega a ver al primer heredero del favor del sol.

Caelum no se movió—No te disculpes todavía.—Ella se quedó inmóvil —Dime —continuó él caminando hacia ella—¿crees que un tapiz torcido puede cambiar la historia de un salón?— Elara no entendió la pregunta, empezaba a sentir que sudaba de los nervios

—No lo sé, su alteza.—Dijo con una voz firme pero si eres bien atento, era obvio que la pobre se moría de pánico

Él sonrió apenas.

—Exacto. Nadie lo nota… hasta que alguien decide señalarlo—empezó a caminar a su alrededor, posándose frente a la cabizbaja doncella del alba—Levanta la cabeza— Elara no se atrevía, como podría mirar al heredero del sol— Ahora..— Con solo esa orden basto para que Elara alzara su cabeza.

Sus ojos dorados de aquel bendito heredero se clavaron en los de ella.

—Tú eres como ese tapiz, Elara— dijo de manera despreocupada, notando el patético ser a trávez de los cristales de los ojos de aquella plebeya.

Ella sintió un escalofrío.

—¿Torcida, su alteza?— sintió como si esas palabras ya estaban clavadas en su alma.

—Visible —corrigió él—. En un lugar donde no deberías serlo, es extremadamente patético, insignificante para mi gusto— dio la espalda a la doncella con dirección a la puerta del corredor— pero...— hizo una pausa para luego soltar una pequeña risa— es divertido—Y sin añadir nada más, se alejó.

Elara tardó varios segundos en poder respirar con normalidad.

Después de tal incomodo incidente los días pasaron, Elara se percato aquella sed de chismes y criticas en este palacio, esa simplemente, sorprendente no había día alguno en que destruyeran la reputación de algún miembro de la corte o concubina con solo palabra, tal fue su suerte que un día sirviendo a una dama en el ala este del palacio se percato en las víboras de la corte.

Lady Seraphine Valecourt apareció como siempre: sonrisa suave, voz dulce.

—Querida —le dijo a la dama que acompaño—, ¿es cierto que tu sobrina vendrá al evento?

—Sí, su familia la ha enviado Lady Valecourt— la dama tratando de sonar de la manera mas pacifica.

Seraphine sonrió con compasión.

—Después de todo lo ocurrido era obvio— Seraphine sonrió con compasión.—, necesitan limpiar su nombre, ¿verdad querida?—Aquella dama no gritó, no atacó.

Pero Elara comprendió que una reputación acababa de morir.

Definitivamente el rumor del gran evento había sacudido hasta los más refinados de la corte, mostrando las garras sin pena alguna, sino es verdad, porque no se lo preguntan a la Duquesa Elyndra Solmere mientras observaba todo con distancia.




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