Donde las bestias se ocultan (la isla #1)

El balneario

En pocas horas cumpliría finalmente los dieciocho años. La mayoría de edad tan anhelada por algunos, y tan odiada por otros.

Transcurrió un largo periodo en el cual deseaba intensamente la llegada de ese momento, uno en el cual por fin sería independiente. Recordaba que desde muy temprana edad siempre soñaba con tener una gran fiesta, sin decoraciones exageradas e innecesarias, sin piñatas ni sombreros ridículos y sin canciones infantiles con ritmo y letra aún más ridículos, ya que mi mentalidad siempre fue un poco más madura que la que debería tener.

Mi hermana mayor, Nicole, me comentó que estaba organizando una sorpresa para mí junto con la cooperación de nuestra madre. Ambas siempre fueron similares: alegres, extrovertidas, y por sobre todo jamás podían retener las ganas de revelar las sorpresas que organizan entre ellas. Claramente Nicole había heredado la mayoría de las características de nuestra madre. En cambio yo era la imagen en carne y hueso de nuestro padre, fallecido trágicamente en un accidente automovilístico

Viajamos desde Valparaíso -mi madre, Nicole, mi padrastro y yo- a pasar las vacaciones en la casa de verano familiar, ubicada cerca de un balneario no muy lejano a Santiago: la capital de Chile. No pasaron ni cinco minutos luego de nuestra llegada y ya había notado una pequeña isla a lo lejos, que me llamó profundamente la atención. Ya había venido antes a este lugar y visto aquella isla, pero nunca me había atraído tanto la aventura hasta ahora. Era algo un poco extraño.

Estaba tan absorto en mis pensamientos que casi ni noté cuando llegamos a nuestro destino. La casa familiar lucía tal cual la recordaba, aunque claramente un poco más desgastada: paredes exteriores barnizadas aunque un tanto opacas, un techo alto y puntiagudo con una chimenea sobresaliente por un lado, ventanas amplias y algo sucias a causa de la falta de cuidado.

Aún recordaba claramente la primera vez que la vi. Mis padres buscaban una casa para poder hacer juntas familiares de vez en cuando, y así no tener que usar la casa de nadie, para mayor comodidad. De este modo los anfitriones de las juntas no eran exclusivamente los encargados de lavar los platos y vasos utilizados durante la cena ya que, al ser una casa familiar, todos tenían los mismos derechos y deberes.

Mientras iban de página web en página web y de casa en casa, perdían la esperanza de encontrar algo a la altura de su presupuesto, ya que todas tenían precios muy elevados y en ubicaciones bastante alejadas. Yo los observaba desde el sofá, jugando con mis cochecitos de carreras. Finalmente encontraron lo que buscaban, que fue la casa anteriormente descrita. Toda la familia estuvo maravillada con la casa, y luego de una pequeña charla acordaron pagarla entre todos. De este modo organizaríamos reuniones, fiestas, o incluso serviría para que algún integrante de la familia pasara sus vacaciones allí. Dejando todo en orden al marcharse, claro.

Me sentía profundamente dichoso por todo lo relacionado con mi cumpleaños, por supuesto. Pero era una especie de felicidad teñida de tristeza, ya que no tenía a una chica que estuviese conmigo. A una chica que me quisiera de verdad, que me amase tal y como era, que me apoyara en las buenas y en las malas. Estaba consciente de que no era algo vital y que no me afectaría en nada el no tener novia, pero a veces me sentía demasiado solo.

Había una chica de la cual estaba enamorado desde hace muchísimo tiempo, y no había podido olvidarla porque era prácticamente perfecta para mí. Pero había un problema. Su corazón ya tenía dueño. Era el más atractivo de mi curso, según las chicas, y probablemente lo era de todo el liceo.

Ese año me habían promovido a cuarto medio. Estaba allí desde séptimo básico, y fue donde conocí a todos mis amigos. La mayoría de las veces la veía con él, abrazándolo y besándolo. Sin embargo, sabía que en el fondo no era completamente feliz. Carlos nunca le hacía regalos, siempre presumía su buen físico, y por lo que había notado no le daba la atención que merecía. Sabía controlar mis emociones frente a los demás, así que aparentemente no me afectaba en lo más mínimo. Además, la única persona que sabía acerca de mi enamoramiento era yo. Y había un problema más grave aún, que me impedía tener posibilidades con ella: Carlos era mi mejor amigo.



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En el texto hay: criaturas, aventura, sorpresas

Editado: 19.01.2019

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