Donde Las Estrellas Miran

Capítulo 3

Al día siguiente Jensen supo que ya no podía seguir escondiéndose cuando tuvo esa conversación con Adrián anoche.

Había aprendido a reconocer su presencia entre miles de señales humanas, la forma en que pisaba las hojas secas, el ritmo irregular de su respiración cuando estaba nervioso, esa energía curiosa que siempre parecía estirarse hacia el cielo. A lo lejos mientras caminaba viendo como llegaba el atardecer, vio como Adrián se dirigía al cerro de nuevo, así que tomó la decisión de seguirlo como siempre lo hacía, lo siguió todo el camino sin que él lo notara, espero a que se pusiera cómodo y se acercó sigilosamente donde él.

—Deberías dejar de venir aquí —Hablo Jensen desde la sombra de los árboles. — Adrián se giró de golpe, sobresaltado.

—¿Siempre haces eso? —preguntó, llevándose una mano al pecho—. ¿Aparecer así?

Jensen no respondió. Caminó hacia él lentamente, hasta que ambos quedaron bajo el cielo abierto mientras las estrellas brillaban con una intensidad casi irreal, como si supieran lo que estaba a punto de ocurrir.

—No puedo dormir, No después de lo que vi.

Jensen sostuvo su mirada.

—Lo que crees haber visto…

—No —corrigió Adrián—. Lo que vi. Y lo que tú no me explicaste.

El viento se levantó, frío, inquieto.

—Si te digo la verdad —dijo con voz baja—, nada volverá a ser normal.

Adrián soltó una risa amarga.

—Mi vida nunca fue normal. Solo… era aburridamente humana.

Jensen cerró los ojos por un segundo, como reuniendo valor. Cuando los abrió, algo en ellos había cambiado ya no reflejaban solo luz, sino profundidad, como si contuvieran un cielo distinto.

—No soy humano —

Las palabras flotaron entre ambos, suaves y devastadoras. Adrián parpadeó varias veces.

—Eso no tiene gracia.

—No estoy bromeando.

Jensen dio un paso atrás. El aire vibró a su alrededor, apenas perceptible, como si el espacio se ajustara a su presencia.

—Vengo de las Pléyades —continuó—. A mi especie le llaman los pleyadianos. Nací bajo un cielo distinto, con estrellas que no puedes ver desde aquí.

Adrián sintió que el estómago se le hundía.

—Entonces la luz… —susurró.

—Era mi nave —confirmó—. La escondí durante años. Pero ya no puedo seguir haciéndolo.

Adrián pasó una mano por su rostro, respirando con dificultad.

—Entonces —Dijo—. ¿Cuándo exactamente llegaste acá? — Tensó la mandíbula.

—Una pregunta bien hecha querido amigo. — El silencio se volvió pesado. —Llegué a la Tierra siendo niño junto a mi hermana que ya era más grande que yo —explicó—. Mis padres adoptivos me enseñaron a observar, imitar, también a pasar desapercibido. Aprendí a ser humano, luego viéndote a ti y a los demás aprendí cosas nuevas de este planeta.

—Pero nunca dejé de sentirme vacío.

—¿Vacío?

—Si, ya que nada en este planeta era mío del todo. Ni mi cuerpo, ni mi nombre, solo… —levantó la mirada— algunas personas.

Adrián entendió antes de que Jensen lo dijera.

—Yo. — Jensen asintió lentamente mirándolo.

—Tú fuiste lo único real.

Las palabras le dolieron más que la revelación extraterrestre. Adrián sintió una presión en el pecho, mezcla de miedo, rabia y algo peligrosamente cercano a la tristeza.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Por qué decirme esto ahora?

Jensen alzó la vista al cielo.

—Ya nos encontraron.

El cerro vibró apenas, como un eco lejano.

—Hay una raza que persigue a los pleyadianos —continuó—. Nos cazan por nuestro conocimiento, por nuestra energía, ellos no buscan convivir con las otras razas alíen, solo buscan dominar planetas.

Adrián sintió un escalofrío.

—¿Están cerca?

—Más de lo que deberían.

El silencio volvió a instalarse. Adrián respiraba rápido, intentando procesarlo todo: el universo, su amigo, la mentira, la verdad.

—Entonces… —dijo finalmente—. ¿Qué hago yo con esto?

Jensen lo miró con una intensidad casi dolorosa.

—Te alejas —respondió—. Me dejas solo, es lo más seguro para ti.

Adrián levantó la cámara, apuntó al cielo sin sacar ninguna foto.

—Toda mi vida miré las estrellas esperando algo imposible —dijo—. No voy a fingir que no existes solo porque el mundo se volvió más grande. Bajó la cámara y lo miró directo a los ojos. —No me voy.

Jensen exhaló, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años.

—Entonces ya no hay vuelta atrás —murmuró.

Una ráfaga de viento recorrió el cerro donde a lo lejos, las luces de Sauzal parpadearon.

Y en algún punto del universo, algo despertó después de esta conversación entre ellos dos.




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