Julián llegó a Sauzal un viernes por la tarde, con una mochila vieja al hombro y la misma sonrisa de siempre, como si nunca se hubiera ido.
—¿Sigues sacándole fotos al cielo como si fuera a devolverte la mirada? —dijo, apoyándose a su lado en la baranda de la plaza.
Adrián sonrió antes incluso de girarse.
—¿Y tú sigues apareciendo sin avisar?
—Es parte de mi encanto.
Se abrazaron rápido, de esos abrazos cómodos que solo existen cuando el tiempo no rompe las cosas importantes.
—Pensé que estabas en el norte
—Lo estaba —respondió Julián—. Necesitaba vacaciones así que decidí pasar el verano acá con mis padres y así aprovechar de estar con ustedes, además, Nyra ya me conto que tú te enteraste de que son pleyadianos, al parecer no lo tomaste tan mal como me dijeron.
Adrián bajó la mirada.
—Genial, siempre siendo el último en enterarme de todo lo que pasa a mi alrededor, pero bueno, estoy feliz de que podamos estar los cinco juntos este verano.
Siguieron su conversación para ponerse al corriente con las actividades que hicieron cada uno el año pasado.
Mientras que Jensen aparecía desde la calle lateral, como si hubiera sentido el momento exacto en que Julián cruzaba el límite invisible del pueblo. Se quedó quieto al verlo.
—Llegaste —dijo.
No sonó sorprendido. Sonó aliviado… y molesto consigo mismo por estarlo.
—Siempre llego cuando todo se complica —respondió Julián, mirándolo con una seriedad que no usaba con nadie más—. Y tú llevas días complicándolo todo.
Jensen chasqueó la lengua.
—No empieces, estoy más que seguro que mi hermana fue la que te conto todo, esa nunca cierra su boca cuando se trata de chismes.
Julián miró a Adrián, luego volvió a Jensen.
—¿Ya le dijiste?
—No hay nada que decir —respondió Jensen demasiado rápido.
Adrián sintió el golpe, aunque ya lo esperaba.
—Claro —murmuró Julián—. Eso mismo dijiste la última vez que te enamoraste.
Jensen lo fulminó con la mirada.
—No estoy enamorado. — El silencio fue incómodo, tanto que Jensen no sabía por dónde esfumarse sin que lo notaran. Mientras que Adrián respiraba hondo, fingiendo que no le dolía esa respuesta.
—No vine a hablar de amor y romance —continuó Julián—. Vine ya que los rastros pleyadianos son imposibles de ocultar ahora… y sabía que tú no ibas a saber cuándo parar.
Jensen apartó la mirada pretendiendo que no escucho lo que acaba de decir su mejor amigo.
—¡No necesito que me cuides!
—Sí lo necesitas —dijo Julián con calma—. Siempre lo has necesitado. Y ahora más, ya que te estás involucrando con alguien que no puede huir cuando tú decidas hacerlo.
Adrián alzó la voz por primera vez, ya harto de que le digan que hacer
—¡No soy un problema que tengan que resolver!
Julián lo miró con esa mirada de compresión sabiendo lo difícil que debe ser para él todo esto y más de la manera en la que se enteró.
—Lo sé, por eso estoy aquí.
—No lo metas en esto.
—Ya está metido —respondió Julián—. Desde el momento en que lo miras como si fuera tu hogar.
Jensen no respondió, no podía mover su boca, como si alguien se la hubiera pegado o dejado sin voz.
Adrián entendió entonces algo doloroso, pero claro, Jensen no negaba lo que sentía porque fuera mentira, lo negaba por ser demasiado real.
Julián suspiró, rompiendo la tensión.
—Bueno. Supongo que, si vamos a tu casa Julián, dormiré en el sillón otra vez. Como en los viejos tiempos.
Adrián sonrió débilmente.
—Nada ha cambiado tanto entonces.
Jensen los miró a ambos.
Y por primera vez desde la llegada de Nyra, se dio cuenta de que ya no estaba solo… aunque todavía no se atreviera a admitir sus sentimientos tan profundos por Adrián.
El cielo de Sauzal se estaba apagando en capas lentas, como una canción que baja el volumen sin avisar. Las luces de la plaza aún no se encendían y el aire tenía ese frío suave que anunciaba la noche.
Adrián estaba sentado en el borde de la fuente, con la cámara apoyada en las rodillas. Julián se había inclinado a su lado, demasiado cerca para ser incómodo, demasiado natural para ser notado por cualquiera que no estuviera mirando con atención.
—Esta —dijo Julián, deslizando el dedo por la pantalla viendo las fotos—. Mira esta.
Adrián se inclinó un poco más, sus hombros casi rozándose.
—La tomé sin pensar —respondió—. Fue justo cuando la luz cambió.
—Siempre disparas sin pensar —sonrió Julián—. Es lo que hace que tus fotos se sientan… vivas.
Adrián rio bajo, casi avergonzado.