Kory se sentó a su lado sin pedir permiso, Adrián estaba en el cerro, cámara en mano, aunque no estaba sacando fotos solo miraba el cielo como si buscara algo que ya sabía que no iba a responderle.
—Te estás haciendo el tonto —dijo ella.
Adrián suspiró.
—No vine para que me psicoanalices.
—No vine para eso —respondió Kory—. Vine porque llevas días evitando decir su nombre.
El viento movió la hierba seca, las luces de Sauzal parpadeaban abajo, viéndose muy lejanas.
—Jensen no es fácil —murmuró Adrián al fin.
Kory lo miró de reojo.
—No. Pero tú tampoco.
Adrián apretó la cámara entre las manos.
—No es solo que sea… distinto —dijo, eligiendo cada palabra—. Es que cuando estoy con él siento que siempre voy a llegar tarde, como si él ya hubiera decidido perderme antes de intentarlo.
Kory frunció el ceño.
—Eso no es desinterés —dijo—. Eso es miedo.
Adrián rio sin humor.
—¿Y a mí quién me protege de su miedo?
La pregunta quedó flotando y Kory se volvió hacia él, completamente seria.
—¿Lo amas?
Adrián no respondió de inmediato, miró el cielo, las estrellas que había fotografiado toda su vida sin entenderlas del todo.
—Sí —dijo finalmente—. Y eso es lo que más me asusta, no puedo competir con su mundo, ni con su destino.
Kory apoyó una mano sobre su brazo.
—Escúchame —dijo en voz baja—. Jensen no huye porque no sienta, huye al sentir demasiado.
Adrián cerró los ojos.
—No quiero ser la persona que lo obligue a elegir —confesó—. Por eso me alejé.
Kory asintió lentamente.
—Alejarte para no lastimarte es válido, pero no te engañes eso no apaga lo que sientes, solo lo vuelve silencioso.
Adrián tragó saliva.
—¿Y si nunca vuelve?
Kory sonrió, suave.
—Entonces al menos sabrás que lo amaste de verdad.
Pero si vuelve… —hizo una pausa— será porque, por primera vez, decidió quedarse.
El viento sopló más fuerte. Adrián abrió los ojos.
—¿Crees que pueda hacerlo?
Kory miró al cielo.
—Si alguien puede enseñarle que amar no es una debilidad… eres tú.
Adrián no respondió. Pero por primera vez en días, no se sintió solo mirando las estrellas.
Kory nunca había creído que la verdad debiera forzarse, las verdades importantes, las que realmente cambian algo, siempre encuentran resistencia y cuando eso pasa, lo único que puede hacerse es acercarlas lo suficiente para que duelan.
Estaba sola en su habitación, rodeada de objetos que parecían comunes como, cuarzos, fotografías viejas, cuadernos con símbolos dibujados al margen, pero el aire estaba cargado, vibrando con una frecuencia que solo ella percibía.
Cerró los ojos.
Buscó a Jensen.
No con palabras.
Con intención.
La conexión no fue inmediata. Jensen siempre levantaba barreras, incluso sin darse cuenta, pero esa noche, algo estaba distinto, su energía estaba fragmentada, inestable… abierta.
—No voy a empujarte —susurró Kory—. Solo voy a mostrarte lo que ya sabes.
La visión se desplegó como un susurro mental.
Jensen vio a Adrián.
No como recuerdo, sino como presencia
en el cerro,
con la cámara colgando del cuello,
mirando el cielo con esa mezcla de asombro y tristeza que nunca había sabido esconder.
Sintió el vacío.
Sintió la ausencia como una herida fresca.
La visión cambió.
Adrián alejándose. No con rabia. No con reproches. Solo con aceptación. Con esa clase de despedida que no pide nada a cambio.
—Esto es lo que pasa cuando decides no elegir lo que amas—dijo la voz de Kory, suave pero firme—.
Jensen apretó los puños en la realidad.
—No tienes derecho —murmuró, aunque sabía que ella no estaba ahí.
—Tampoco tenía derecho a quedarme callada —respondió la voz—.
La energía se intensificó apenas un segundo más.
Jensen vio entonces algo peor.
Un futuro posible.
Adrián riendo con alguien más. No porque hubiera olvidado… sino… ya había aprendido a vivir con lo que dolía.
El miedo lo atravesó.