Kory los reunió en el lugar más antiguo de Sauzal, no fue casualidad.
El claro detrás del viejo radal, donde las raíces rompían la tierra como venas expuestas, había sido punto de encuentro mucho antes de que existieran mapas, allí se encendían fogatas, se contaban historias… y se ocultaban verdades bajo la forma de leyendas.
Adrián llegó primero, con la cámara colgando del cuello y una inquietud que no lograba explicar.
Julián apareció después, serio, como si ya sospechara que aquello no sería una simple charla.
Nyra y Jensen llegaron juntos, aunque sin decir ninguna palabra solo silencio, el cómo caminaban tomados del brazo entre ellos decía más que cualquier gesto, los hermanos sabían que algo venía.
Kory respiró hondo.
—Lo que voy a contarles —dijo— no es algo que aprendí leyendo, es algo que el pueblo decidió olvidar.
El viento se coló entre las ramas, las hojas del radal susurraron como si reconocieran el momento.
—En Sauzal existe una leyenda —continuó—. Se la contaban a los niños para que no subieran al cerro de noche, para que no siguieran las luces.
Adrián sintió un escalofrío.
—La del Fuego que Camina —murmuró.
Kory asintió.
—Decían que eran espíritus, ángeles y Demonios, pero la verdad es otra.
Se agachó y tocó la tierra.
—Hace generaciones, los pleyadianos descendieron aquí, no como conquistadores… sino como refugiados.
Jensen tensó la mandíbula.
—Sauzal fue un punto de anclaje —continuó Kory—. Un lugar donde la energía de la Tierra se alineaba con la suya, los humanos los vieron, los ayudaron… y luego aprendieron a callar.
Nyra levantó la vista, sorprendida.
—Nuestros registros no hablan de esto.
—Los humanos protegieron el secreto mejor de lo que ustedes creen —respondió Kory—. El mito dice que los “hijos de las estrellas” sellaron su presencia en la memoria del pueblo, que se mezclaron, algunos se quedaron…
El silencio se volvió pesado, Adrián por un momento miró a Jensen, todo encajaba de golpe, las luces, el cerro, la sensación de que el pueblo Sauzal siempre había sido… distinto.
—¿Y el precio? —preguntó Julián.
Kory lo miró con seriedad.
—El mito dice que cuando los pleyadianos regresaran de verdad… los cazadores también lo harían.
Julián se acercó a Kory.
—Los Drak’Thar.
Kory asintió.
—Sauzal no es un pueblo cualquiera —dijo—. Es un punto marcado y Lysara lo sabe.
Jensen dio un paso adelante.
—¿Por qué nos dices esto ahora?
Kory lo sostuvo con la mirada.
—El mito termina con una advertencia —dijo—. Que cuando el lazo entre humano y estrella se vuelva emocional… ya no habrá forma de esconderse.
El viento se detuvo.
—Y eso ya pasó —susurró Adrián.
Kory cerró los ojos un segundo.
—Sí —dijo—. Por eso los reuní.
Sauzal no solo recuerda… Sauzal eligió, de los cinco nadie habló, pero todos entendieron lo mismo, el pueblo no era un escenario, era parte del conflicto y la leyenda…acababa de despertar.
Jensen no habló de inmediato, el silencio se estiró entre ellos, denso, como si el claro mismo estuviera esperando, el radal crujió suavemente, y por un momento pareció que el árbol respiraba con ellos.
—Nunca llegué solo —dijo al fin.
Adrián levantó la vista de golpe.
Nyra se tensó.
—Jensen… —murmuró.
—Es hora —la interrumpió él, sin dureza—. Ya no sirve protegerlos de esto.
Respiró hondo.
—Cuando crucé por primera vez la atmósfera terrestre… Sauzal ya estaba marcado —continuó—. No como refugio, si no, como error.
Kory frunció el ceño.
—¿Error?
—Un punto donde un grupo pleyadiano fue detectado hace décadas —explicó—. La señal nunca se cerró del todo, los Drak’Thar la rastrearon durante generaciones.
Adrián sintió un nudo en el estómago.
—Mi familia llegó aquí escapando —dijo Jensen—. No a la Tierra… sino a la caza.
Julián dio un paso hacia adelante.
—¿Qué pasó?
Jensen apretó los dientes.
—Lo que siempre pasa cuando huimos sin terminar de borrar el rastro.
El aire vibró, durante un segundo, Jensen dejó caer la barrera, no una visión completa, pero suficiente, fuego azul, cielos que no eran muy diferentes a la Tierra, gritos que no tenían sonido humano…
Adrián sintió la presión en el pecho.
—Yo era un niño —continuó Jensen—. Nyra era más grande que yo, nos ocultaron entre humanos nuestros padres adoptivos, era la única forma de sobrevivir, debíamos mezclarnos y aprender hacer humanos.