El estadio siempre olía igual.
Una mezcla espesa de pasto recién cortado, cerveza derramada y humo de choripanes que se colaba desde los puestos de la calle. Para muchos era el aroma de la felicidad. Para otros, el perfume de los domingos familiares. Para Valentina Rojas, en cambio, era simplemente el olor del trabajo.
Ajustó el cierre de su campera y subió los últimos escalones hacia la cabina de prensa. El rugido de la tribuna se expandía por todo el estadio como una ola eléctrica. Cada vez que el público gritaba, el piso vibraba levemente bajo sus pies.
—Llegaste justo —le dijo Martín, uno de los camarógrafos del canal—. En cinco minutos empieza.
Valentina dejó su mochila sobre la mesa angosta que compartían los periodistas y sacó su libreta. Era una costumbre vieja, casi anacrónica. Muchos colegas escribían directamente en la computadora o grababan notas de voz en el celular, pero ella seguía prefiriendo el sonido del lápiz contra el papel.
—Siempre llego justo —respondió.
Martín sonrió.
—Siempre decís eso cuando llegás tarde.
Valentina levantó una ceja.
—No llegué tarde.
—Faltan tres minutos para el inicio.
—Entonces llegué perfecto.
Se sentó frente al vidrio que daba al campo de juego y miró el estadio. La cancha estaba iluminada con una claridad casi artificial, como si fuera un escenario gigantesco. Desde arriba, los jugadores parecían figuras diminutas moviéndose sobre un tablero verde.
El equipo local terminaba el calentamiento.
Y entre todos ellos, uno destacaba sin esfuerzo.
Número nueve.
Tomás Ferrero.
Incluso desde la distancia se notaba la seguridad con la que caminaba. No corría como los demás, no parecía ansioso ni concentrado. Se movía como alguien que sabía que todos lo estaban mirando.
Valentina apoyó el lápiz en la libreta.
—Ahí está la estrella —murmuró.
—¿Ferrero? —preguntó Martín.
—¿Quién más?
El camarógrafo miró hacia la cancha.
—Dicen que hoy puede romper el récord de goles de la temporada.
—Dicen muchas cosas —respondió ella.
En realidad, Valentina sabía perfectamente que Tomás Ferrero era el jugador más importante del campeonato. Lo sabían todos. Era rápido, preciso y tenía un instinto para el gol que parecía casi sobrenatural.
Pero nada de eso le impresionaba.
Había visto demasiados “ídolos” caer para seguir creyendo en ellos.
Demasiados deportistas convertirse en caricaturas de sí mismos cuando aparecía el dinero, la fama o la primera portada de revista.
Demasiados hombres convencidos de que el mundo existía para aplaudirlos.
El estadio explotó en un grito cuando los equipos salieron al campo.
La música retumbó por los parlantes.
Valentina observó cómo Tomás Ferrero caminaba hacia el centro de la cancha. Tenía la camiseta pegada al cuerpo por el sudor del calentamiento y el cabello oscuro apenas despeinado.
Un niño de la tribuna agitaba un cartel con su nombre.
Ferrero levantó la mano en un gesto rápido, casi automático.
La tribuna enloqueció.
Valentina anotó en su libreta:
"El público lo idolatra. Como siempre."
—¿Sabés que lo vas a tener que entrevistar después del partido? —dijo Martín.
Valentina levantó la mirada.
—¿Yo?
—El jefe lo pidió.
Ella suspiró.
—Qué suerte la mía.
Martín rió.
—No te hagas. Ferrero es oro para el rating.
—Sí, bueno. El rating no es mi problema.
—Es el problema de todos.
Valentina volvió a mirar el campo.
El árbitro levantó el silbato.
El partido comenzó.
Durante los primeros minutos, el juego fue intenso. El equipo visitante presionaba alto y obligaba a los defensores locales a despejar la pelota rápidamente.
Valentina escribía sin dejar de mirar la cancha.
Anotaba movimientos, cambios de ritmo, errores defensivos. No era el tipo de periodista que solo esperaba el gol para escribir una crónica dramática.
Le interesaba entender el partido.
A los doce minutos, Ferrero recibió su primera pelota clara.
Un pase largo desde el mediocampo.
Controló el balón con el pecho mientras corría.
Un defensor se le acercó por la derecha.
Otro por la izquierda.
Ferrero hizo algo simple.
Y perfecto.
Pisó la pelota, giró sobre sí mismo y dejó a los dos rivales atrás como si fueran sombras.
El estadio contuvo la respiración.
Valentina dejó de escribir.
Ferrero avanzó unos metros más.
Y pateó.
La pelota atravesó el aire con una velocidad limpia, casi silenciosa.
Gol.
El estadio explotó.
El grito fue tan fuerte que vibraron los vidrios de la cabina de prensa.
Martín levantó los brazos.
—¡Te dije!
Valentina observó cómo Ferrero corría hacia la tribuna con los brazos abiertos.
Sus compañeros lo rodearon.
La gente coreaba su nombre.
—Ferrero, Ferrero, Ferrero—
Valentina apoyó el lápiz en la libreta otra vez.
"Gol al minuto 13. Definición impecable."
No escribió nada sobre la emoción del estadio.
Ni sobre el “genio del nueve”.
Ni sobre la “magia del fútbol”.
Eso lo dejaría para los cronistas románticos.
Ella prefería la precisión.
Sin embargo, algo la incomodaba.
Volvió a mirar a Ferrero.
El delantero se había separado de sus compañeros y caminaba hacia el centro de la cancha para reanudar el juego.
Por un segundo levantó la mirada.
Hacia la tribuna de prensa.
Sus ojos recorrieron la cabina.
Y se detuvieron.
Justo en ella.
Valentina frunció el ceño.
Ferrero sostuvo la mirada apenas un instante.
Luego sonrió.
No una sonrisa grande.
No una sonrisa para la tribuna.
Una pequeña.
Como si supiera algo que nadie más sabía.
Valentina apartó la vista de inmediato.
—¿Qué pasa? —preguntó Martín.
—Nada.
—Tenés cara de haber visto un fantasma.
—No exageres.
El partido continuó.
El equipo local dominó el juego con comodidad. Ferrero participaba en casi todas las jugadas ofensivas, moviéndose por el frente del ataque con una inteligencia que Valentina no esperaba.
No corría por correr.
Elegía el momento exacto.
El espacio exacto.
A los treinta y ocho minutos volvió a marcar.
Esta vez con un cabezazo impecable tras un centro desde la derecha.
Dos a cero.
La tribuna era una fiesta.
Valentina anotó el segundo gol con la misma precisión que el primero.
Pero algo había cambiado.
Cada vez que Ferrero tocaba la pelota, una pequeña parte de su atención se desviaba hacia él.
No por admiración.
Se decía eso a sí misma.
Era simple curiosidad profesional.
Nada más.
El primer tiempo terminó entre aplausos y cantos.
Martín estiró los brazos.
—Bueno, esto ya está.
—Todavía falta un tiempo.
—Sí, pero con Ferrero así…
Valentina cerró la libreta.
—No cantes victoria.
Mientras hablaban, los jugadores se dirigían al túnel que llevaba a los vestuarios.
Ferrero caminaba adelante.
Cuando pasó cerca de la línea lateral, levantó la vista otra vez.
Y volvió a mirar hacia la cabina de prensa.
Esta vez, Valentina no apartó la mirada.
Se quedaron observándose apenas un segundo.
Luego él desapareció en el túnel.
—Definitivamente vio algo —murmuró Martín.
—¿Qué?
—Vos.
Valentina soltó una risa breve.
—Por favor.
—Te lo digo en serio.
—Es un jugador de fútbol. Probablemente estaba buscando la cámara.
—No hay cámaras acá arriba.
Ella no respondió.
El segundo tiempo fue más tranquilo.
El equipo visitante parecía resignado y el local controlaba el ritmo del partido sin demasiados riesgos.
Ferrero tuvo dos oportunidades más, pero el arquero rival respondió bien.
A los ochenta minutos fue reemplazado.
El estadio entero se puso de pie para aplaudirlo.
Valentina observó la escena.
Había visto despedidas así muchas veces.
El jugador que se golpeaba el pecho.
El público coreando su nombre.
El entrenador abrazándolo como si fuera un héroe de guerra.
Ferrero saludó a la tribuna.
Luego levantó la mirada.
Una vez más.
Hacia la cabina de prensa.
Y esta vez no sonrió.
Solo la miró.
Como si la estuviera reconociendo.
Valentina cerró la libreta con un golpe suave.
—Tengo que bajar —dijo.
—¿Zona mixta? —preguntó Martín.
—Sí.
—Suerte con Ferrero.
Ella tomó su mochila.
—No necesito suerte para hacer una entrevista.
—No lo digo por la entrevista.
Valentina lo ignoró y salió de la cabina.
El pasillo que conducía a la zona mixta estaba lleno de periodistas, camarógrafos y asistentes de prensa. Las luces blancas del techo daban al lugar un aspecto casi hospitalario.
El murmullo era constante.
Todos hablaban del mismo tema.
Ferrero.
—Dos goles.
—Está intratable.
—Europa se lo va a llevar en el próximo mercado.
Valentina escuchaba sin intervenir.
Se acomodó entre los periodistas que esperaban frente a la salida del vestuario.
Uno de ellos, un cronista de radio, la saludó.
—¿También venís por el nueve?
—Vengo por mi trabajo —respondió ella.
—Es lo mismo.
Las puertas del vestuario se abrieron.
Los primeros jugadores salieron todavía transpirados, envueltos en toallas o camisetas de entrenamiento.
Las preguntas comenzaron a volar en todas direcciones.
Valentina esperaba.
Sabía que Ferrero sería el último.
Siempre lo era.
La estrella.
El que todos querían.
Pasaron varios minutos.
Hasta que finalmente apareció.
Tomás Ferrero salió del vestuario con el cabello húmedo y una camiseta negra.
Los periodistas se abalanzaron sobre él.
—Tomás, dos goles hoy.
—¿Sentís que estás en tu mejor momento?
—¿Qué opinás del interés de clubes europeos?
Ferrero respondió con calma.
Sin prisa.
Sin perder la sonrisa.
Valentina observaba desde atrás.
Tomaba notas.
Esperaba su momento.
Cuando la mayoría de los periodistas se retiró, ella avanzó.
—Ferrero.
El delantero levantó la cabeza.
Sus ojos se posaron en ella de inmediato.
Como si la hubiera estado esperando.
—Valentina Rojas —dijo ella—. Canal Sur.
Ferrero inclinó levemente la cabeza.
—La periodista de la cabina.
No era una pregunta.
Valentina se quedó quieta un segundo.
—¿Perdón?
—Te vi durante el partido.
Ella cruzó los brazos.
—Dudo mucho que hayas tenido tiempo para mirar la tribuna de prensa.
Ferrero sonrió.
—Créeme. Lo tuve.
Valentina sostuvo la mirada.
—¿Podemos hacer la entrevista?
—Claro.
Ella encendió la grabadora del celular.
—Dos goles hoy. ¿Cómo evaluás tu rendimiento?
Ferrero se encogió de hombros.
—Fue un buen partido del equipo.
—Eso es lo que dicen todos.
—Porque suele ser verdad.
Valentina lo observó con atención.
Había esperado arrogancia.
Presunción.
Pero no la encontraba.
—El primer gol fue técnicamente perfecto —dijo—. ¿Fue una jugada preparada?
Ferrero negó con la cabeza.
—No.
—Entonces fue instinto.
—Supongo.
Hubo un breve silencio.
Valentina hizo la última pregunta.
—Muchos dicen que este puede ser tu último campeonato aquí antes de irte a Europa. ¿Qué pensás al respecto?
Ferrero la miró fijamente.
Por primera vez su expresión cambió.
La sonrisa desapareció.
—Pienso —dijo lentamente— que a veces la gente habla demasiado sobre el futuro.
—Es parte del trabajo de la prensa.
—Lo sé.
Hizo una pausa.
Luego añadió:
—Pero también creo que algunos periodistas prefieren mirar el pasado.
Valentina sintió un pequeño nudo en el estómago.
—¿Eso es una crítica?
Ferrero volvió a sonreír.
—Es una observación.
Se inclinó apenas hacia ella.
—Nos vemos en el próximo partido, Valentina Rojas.
Luego se alejó por el pasillo.
Valentina quedó inmóvil unos segundos.
Mirando cómo desaparecía.
Cerró la grabadora.
Guardó el celular en el bolsillo.
Y por primera vez en mucho tiempo, tuvo una sensación incómoda.
No era enojo.
Ni frustración.
Era algo peor.
La sospecha de que aquella historia —que ella pensaba cubrir como cualquier otra— estaba a punto de complicarle la vida.