Donde late el estadio

Capítulo 2: El eco después del gol

El estadio se vaciaba lentamente.
Las luces seguían encendidas, pero la energía que había llenado cada rincón del lugar durante el partido empezaba a desvanecerse. Los cantos se apagaban en los pasillos, los vendedores ambulantes cerraban sus puestos y los últimos hinchas caminaban hacia las salidas todavía comentando el resultado.
Para la mayoría, la noche había terminado.
Para Valentina Rojas, el trabajo recién empezaba.
Caminaba hacia el estacionamiento con la mochila colgada al hombro y el celular en la mano. El viento nocturno era frío y le despeinaba el cabello mientras revisaba las notas que había tomado durante el partido.
Dos goles de Ferrero.
Dominio claro del equipo local.
Pocas complicaciones defensivas.
La crónica estaba prácticamente escrita en su cabeza.
Pero había algo que no lograba sacarse de encima.
La conversación en la zona mixta.
No había sido una entrevista complicada. De hecho, Ferrero había respondido con calma, sin frases arrogantes ni evasivas. Todo lo contrario de lo que ella esperaba.
Y sin embargo…
Había algo extraño en su actitud.
Valentina frunció el ceño mientras abría la puerta de su auto.
—Ridículo —murmuró.
Encendió el motor y salió del estacionamiento del estadio. Las calles alrededor todavía estaban llenas de camisetas rojas y blancas, de banderas y de grupos de hinchas que celebraban la victoria.
Uno de ellos golpeó suavemente el capó del auto cuando ella se detuvo en un semáforo.
—¡Vamos, campeón! —gritó el hombre, levantando una botella de cerveza.
Valentina sonrió con cansancio.
No importaba cuántos partidos cubriera, la reacción de los hinchas siempre era la misma.
El fútbol no era solo un deporte.
Era una emoción colectiva.
Una religión.
Y los jugadores eran los dioses momentáneos de ese mundo.
Ferrero, en particular.
Volvió a pensar en él mientras el semáforo cambiaba a verde.
Había algo en su mirada.
Algo demasiado consciente.
Como si la hubiera reconocido antes de la entrevista.
Pero eso era imposible.
Valentina sacudió la cabeza y aceleró.
No tenía sentido darle vueltas a algo tan trivial.
Su trabajo era escribir la crónica del partido.
Nada más.
El departamento de Valentina estaba en un edificio antiguo del centro de la ciudad. No era grande, pero tenía lo que ella necesitaba: una mesa de trabajo, una biblioteca llena de libros y una ventana amplia desde donde se veía el movimiento nocturno de la avenida.
Entró, dejó la mochila sobre la silla y se sirvió un vaso de agua.
El silencio del departamento era casi absoluto.
A diferencia del estadio, aquí todo parecía suspendido.
Encendió la computadora portátil y abrió el documento donde escribiría la crónica.
El cursor parpadeaba en la pantalla.
Valentina comenzó a escribir.
"El equipo local consiguió una victoria contundente esta noche gracias a la brillante actuación de su delantero estrella, Tomás Ferrero, autor de dos goles que definieron el rumbo del partido desde el primer tiempo."
Se detuvo.
Borró la palabra brillante.
La reemplazó por determinante.
Era más precisa.
Continuó.
"Ferrero abrió el marcador a los trece minutos con una definición limpia tras superar a dos defensores en el área rival. El segundo gol llegó a los treinta y ocho minutos, cuando el delantero aprovechó un centro desde la derecha para marcar de cabeza."
Era una crónica correcta.
Profesional.
Sin exageraciones.
Sin romanticismo.
Exactamente como a ella le gustaba.
Terminó el texto en menos de media hora.
Cuando lo releyó, sintió una satisfacción tranquila.
Era un buen trabajo.
Guardó el documento y lo envió al editor del canal.
Cinco segundos después, el celular vibró.
Martín:
"¿Ya escribiste la nota?"
Valentina respondió:
"Sí."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Sos una máquina."
Ella sonrió.
Dejó el celular sobre la mesa y se levantó para prepararse un café.
Mientras el agua se calentaba, volvió a pensar en Ferrero.
No en el jugador.
En el hombre.
En su forma de hablar.
En la manera en que había dicho su nombre.
"Nos vemos en el próximo partido, Valentina Rojas."
Como si supiera que volverían a encontrarse.
—Claro que vamos a volver a encontrarnos —dijo en voz alta—. Cubro al equipo.
Pero la sensación persistía.
Algo en aquella conversación había sido demasiado… personal.
El agua comenzó a hervir.
Valentina preparó el café y regresó a la mesa.
Estaba a punto de sentarse cuando el celular volvió a vibrar.
Esta vez no era Martín.
Era su editor.
Santiago.
Valentina contestó.
—Hola.
—Buenas noches, Rojas —dijo la voz al otro lado de la línea—. Acabo de leer tu crónica.
—¿Todo bien?
—Sí. Como siempre, impecable.
Valentina se relajó un poco.
—Gracias.
Hubo un breve silencio.
Luego Santiago añadió:
—Pero necesito algo más.
Valentina suspiró.
—¿Qué cosa?
—Una nota especial sobre Ferrero.
Ella cerró los ojos un instante.
—¿Otra?
—No una crónica. Un perfil.
—No hago perfiles.
—Esta vez sí.
Valentina apoyó el codo en la mesa.
—Hay diez periodistas en el canal que adoran escribir sobre “el héroe del partido”. Mandá a uno de ellos.
—Te quiero a vos.
—¿Por qué?
—Porque no lo idolatrás.
Valentina guardó silencio.
Santiago continuó:
—Ferrero está en el mejor momento de su carrera. Los clubes europeos lo quieren, la gente lo ama, y el campeonato depende en gran parte de él.
—Lo sé.
—Quiero un perfil distinto. Algo que vaya más allá de los goles.
—Eso significa pasar tiempo con él.
—Exacto.
Valentina miró el café humeante sobre la mesa.
—No estoy segura de que sea una buena idea.
—¿Por qué?
—Porque soy periodista deportiva, no biógrafa.
—No exageres.
Santiago hizo una pausa antes de decir:
—Además, él aceptó.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Le propuse la idea después del partido.
—¿Cuándo hiciste eso?
—Hace media hora.
—¿Y dijo que sí?
—Sí.
Valentina frunció el ceño.
—Eso fue rápido.
—Parece que le caíste bien.
Ella soltó una risa seca.
—No creo.
—Bueno, entonces tal vez simplemente confía en vos.
Valentina sabía que esa palabra —confía— era peligrosa.
Los periodistas no necesitaban confianza.
Necesitaban distancia.
—¿Cuándo sería la entrevista? —preguntó.
—Mañana.
—¿Mañana?
—Entrenamiento a las diez. Podés ir al club.
Valentina se pasó una mano por el cabello.
—Santiago…
—Es una buena oportunidad, Rojas.
—Para él.
—Para vos también.
Hubo un silencio largo.
Finalmente, Valentina dijo:
—Está bien.
—Sabía que aceptarías.
—No te emociones.
—Te mando los detalles por mensaje.
La llamada terminó.
Valentina dejó el celular sobre la mesa y se quedó mirando el café.
Mañana iba a pasar varias horas con Tomás Ferrero.
La idea no le gustaba.
Pero tampoco podía negarse.
Era parte del trabajo.
A la mañana siguiente, el club estaba mucho más tranquilo que el estadio.
El complejo deportivo tenía canchas de entrenamiento, un pequeño gimnasio y un edificio administrativo rodeado de árboles.
Valentina llegó diez minutos antes de las diez.
Estacionó el auto y caminó hacia la entrada principal.
El aire de la mañana era fresco y el cielo estaba despejado.
Desde una de las canchas se escuchaban voces y golpes de pelota.
El entrenamiento ya había empezado.
Un empleado del club la guió hasta la zona donde estaban los periodistas autorizados.
—Podés esperar ahí —dijo señalando una banca cerca del campo.
Valentina se sentó y sacó la libreta.
Los jugadores corrían alrededor de la cancha mientras el entrenador gritaba instrucciones.
Ferrero estaba entre ellos.
Llevaba una camiseta de entrenamiento negra y pantalones cortos.
Su cabello estaba húmedo por el sudor y el sol de la mañana iluminaba el campo con una claridad casi perfecta.
Valentina observó cómo se movía.
Incluso en un entrenamiento parecía distinto.
Más concentrado.
Más preciso.
En un momento recibió un pase largo y controló la pelota con una facilidad que parecía absurda.
Luego giró y remató al arco.
Gol.
El arquero ni siquiera se movió.
—No está mal —murmuró Valentina.
—No, no está mal.
La voz llegó desde atrás.
Valentina se dio vuelta.
Tomás Ferrero estaba de pie a unos metros de ella.
Respiraba con calma, como si el entrenamiento no lo hubiera cansado en absoluto.
—Hola —dijo él.
Valentina se levantó.
—Hola.
—Pensé que llegarías más tarde.
—Soy puntual.
Ferrero sonrió.
—Lo sé.
Ella levantó una ceja.
—¿Cómo?
—Llegaste puntual ayer también.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Siempre prestás tanta atención a los periodistas?
—Solo a algunos.
Hubo un breve silencio.
Ferrero señaló la libreta en sus manos.
—¿Ya empezaste a escribir mi historia?
—Todavía no.
—Qué alivio.
Valentina lo miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque sería raro que escribieras sobre alguien que no conocés.
—Para eso estoy acá.
Ferrero asintió lentamente.
—Entonces empecemos.
—¿Ahora?
—Si querés.
Valentina abrió la libreta.
—Primera pregunta.
—Dispara.
Ella lo observó unos segundos antes de hablar.
—¿Quién sos cuando no estás en una cancha de fútbol?
Ferrero no respondió de inmediato.
Miró el campo de entrenamiento.
Los jugadores seguían corriendo, riendo, pateando la pelota.
Luego volvió a mirarla.
—Esa es una buena pregunta.
—Es la primera.
—Y probablemente la más difícil.
Valentina apoyó el lápiz en el papel.
—Tomate tu tiempo.
Ferrero respiró hondo.
—Cuando no estoy jugando al fútbol…
Se detuvo.
Y por primera vez desde que ella lo conocía, pareció dudar.
—…no estoy seguro de quién soy.
Valentina levantó la mirada.
Y por primera vez desde que empezó a cubrir deportes, sintió que aquella historia podía ser mucho más interesante de lo que imaginaba.




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