Donde late el estadio

Capítulo 3: La distancia correcta

El entrenamiento terminó poco después de las once.
El silbato del entrenador marcó el final de la práctica y los jugadores comenzaron a dispersarse por la cancha, algunos caminando hacia el vestuario, otros quedándose unos minutos más para patear al arco o estirar los músculos.
Valentina seguía sentada en la banca con la libreta abierta sobre las rodillas.
Había anotado varias cosas durante la última hora: ejercicios tácticos, comentarios del entrenador, bromas entre los jugadores. Detalles pequeños que normalmente no aparecerían en una crónica deportiva, pero que podían servir para construir un retrato más humano del equipo.
Sin embargo, la frase de Ferrero seguía resonando en su cabeza.
"Cuando no estoy jugando al fútbol… no estoy seguro de quién soy."
No era la respuesta que esperaba.
Los deportistas solían responder preguntas así con frases preparadas: hablar de la familia, de la infancia humilde, del sacrificio. Historias repetidas hasta el cansancio.
Ferrero, en cambio, había respondido con algo incómodo.
Algo honesto.
Valentina levantó la vista cuando lo vio acercarse.
El delantero caminaba hacia ella con una botella de agua en la mano y el cabello todavía húmedo por el entrenamiento.
—Pensé que ya te habías ido —dijo él.
—Estoy trabajando.
Ferrero señaló la libreta.
—¿Escribiste mucho?
—Lo suficiente.
—¿Sobre mí?
Valentina cerró la libreta con calma.
—Sobre el entrenamiento.
Ferrero sonrió levemente.
—Eso es decepcionante.
—No escribo perfiles después de una sola respuesta interesante.
—Entonces supongo que tengo que decir algo más interesante.
Valentina lo observó con atención.
Había algo extraño en su manera de hablar.
No parecía incómodo frente a la prensa, como muchos jugadores.
Pero tampoco tenía esa seguridad artificial que algunos cultivaban.
Era… directo.
—Tengo varias preguntas —dijo ella.
—Bien.
Ferrero se sentó en la banca, a un metro de distancia.
El sol de media mañana iluminaba la cancha y el aire tenía ese olor limpio del pasto recién regado.
Valentina volvió a abrir la libreta.
—Empecemos por algo simple —dijo—. ¿Cuándo supiste que ibas a ser futbolista profesional?
Ferrero bebió un poco de agua antes de responder.
—Nunca lo supe.
Valentina levantó la mirada.
—¿Cómo que nunca?
—Nunca lo decidí.
—Entonces… ¿cómo pasó?
Ferrero apoyó los codos sobre las rodillas y miró la cancha.
—Mi padre jugaba al fútbol —dijo finalmente—. No profesionalmente, pero era bueno.
Valentina anotó la información.
—¿Él te enseñó?
—Sí.
—¿Desde chico?
Ferrero asintió.
—Desde que podía caminar.
Hubo un pequeño silencio.
Valentina esperaba que continuara, pero él no dijo nada más.
—¿Y te gustaba? —preguntó.
Ferrero se encogió de hombros.
—Era lo que hacíamos juntos.
—No es lo mismo.
—Tal vez no.
Valentina apoyó el lápiz en la libreta.
—¿Tu padre quería que fueras futbolista?
Ferrero tardó unos segundos en responder.
—No exactamente.
—¿Qué quería entonces?
El delantero sonrió con cierta nostalgia.
—Que fuera feliz.
La respuesta sorprendió a Valentina.
—Eso no suena como la típica historia del padre exigente.
—No lo era.
—¿Y tu madre?
—Mi madre odiaba el fútbol.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Eso sí es nuevo.
—Decía que era un deporte demasiado ruidoso.
—No está equivocada.
Ferrero también rió.
Por un momento el ambiente se volvió más ligero.
Pero Valentina sabía que la parte difícil de la entrevista todavía no había llegado.
—Ayer dijiste algo interesante —dijo.
—¿Qué cosa?
—Que cuando no estás jugando no estás seguro de quién sos.
Ferrero dejó de sonreír.
—Sí.
—¿Por qué?
El delantero se quedó mirando el campo de entrenamiento.
Los otros jugadores ya se estaban retirando y el lugar comenzaba a quedar vacío.
—Porque el fútbol ocupa casi todo —dijo finalmente.
—¿Todo?
—Entrenás todos los días. Pensás en el próximo partido. En el próximo rival. En el próximo contrato.
Valentina escribía mientras escuchaba.
—¿Y eso te molesta?
Ferrero negó con la cabeza.
—No.
—Entonces no entiendo el problema.
—No es un problema.
—¿Entonces qué es?
Ferrero la miró directamente.
—Es una pregunta.
Valentina dejó de escribir.
—¿Qué pregunta?
—Qué queda cuando todo eso termina.
El viento movió ligeramente las hojas de su libreta.
—Todavía sos joven —dijo ella.
—El fútbol no dura para siempre.
—Nada dura para siempre.
Ferrero la observó con una expresión que Valentina no supo interpretar.
—Eso suena como experiencia —dijo él.
—Es sentido común.
—No lo parece.
Valentina cerró la libreta por segunda vez.
—Ahora es mi turno de hacer una pregunta.
Ferrero levantó una ceja.
—¿No era eso lo que estábamos haciendo?
—Esta es diferente.
—Adelante.
Valentina se inclinó ligeramente hacia él.
—¿Por qué aceptaste esta entrevista?
Ferrero sonrió otra vez.
—Porque me lo pidieron.
—No sos el tipo de jugador que dice que sí a todo.
—¿Cómo sabés qué tipo de jugador soy?
—Porque cubro fútbol desde hace diez años.
—Eso no significa que me conozcas.
—Por eso pregunto.
Ferrero se quedó en silencio unos segundos.
—Acepté porque pensé que sería interesante.
—¿Interesante?
—Sí.
—¿Por qué?
Ferrero señaló la libreta.
—Porque no escribís como los demás.
Valentina frunció el ceño.
—¿Leíste mis notas?
—Algunas.
—¿Cuándo?
—Antes del partido.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Antes del partido?
—El club tiene un archivo de prensa.
—¿Y te pusiste a leer artículos sobre vos?
—No.
—¿Entonces?
Ferrero sonrió con un poco de picardía.
—Leí artículos tuyos.
Valentina se quedó inmóvil un segundo.
—¿Por qué?
—Porque quería saber quién eras.
—Soy periodista.
—Eso ya lo sé.
El silencio se instaló entre ellos.
Valentina sentía algo incómodo en el pecho.
No estaba acostumbrada a que los entrevistados investigaran sobre ella.
—¿Y qué descubriste? —preguntó finalmente.
Ferrero apoyó la espalda en la banca.
—Que no te gustan los héroes.
Valentina sostuvo su mirada.
—No creo en los héroes.
—Es diferente.
—No mucho.
Ferrero inclinó ligeramente la cabeza.
—También descubrí otra cosa.
—¿Qué?
—Que escribís mejor cuando estás enojada.
Valentina soltó una risa breve.
—Eso no es un halago.
—No era la intención.
—Entonces, ¿qué era?
Ferrero pensó un momento.
—Una observación.
Ella volvió a abrir la libreta.
—Bien. Tengo otra pregunta.
—Adelante.
—Ayer mencionaste que mucha gente habla demasiado del futuro.
—Sí.
—Pero hoy todos los diarios dicen que varios clubes europeos te quieren.
Ferrero suspiró.
—Los diarios dicen muchas cosas.
—Pero algunas son ciertas.
—Probablemente.
—Entonces te lo pregunto directamente.
Valentina lo miró con firmeza.
—¿Te vas a Europa?
Ferrero no respondió de inmediato.
El silencio duró varios segundos.
—No lo sé —dijo finalmente.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—¿No te interesa?
—Claro que me interesa.
—Entonces, ¿qué te detiene?
Ferrero se levantó de la banca.
Caminó unos pasos hacia la cancha vacía.
Valentina lo siguió con la mirada.
—¿Sabés qué es lo más raro del fútbol? —preguntó él.
—¿Qué?
—Que todo el mundo piensa que el sueño es irse.
Valentina se levantó también.
—Para muchos jugadores lo es.
—Sí.
—¿Para vos no?
Ferrero pateó suavemente una pelota que había quedado cerca de la línea lateral.
La pelota rodó unos metros sobre el pasto.
—No estoy seguro —dijo.
—Otra vez esa frase.
Ferrero volvió a mirarla.
—¿Te molesta?
—Me confunde.
—Eso es bueno.
—Para vos tal vez.
—Para tu artículo también.
Valentina cruzó los brazos.
—No escribo artículos sobre confusión.
—Tal vez deberías.
Hubo un momento de silencio.
El complejo deportivo estaba casi vacío ahora.
Solo se escuchaban algunos sonidos lejanos del vestuario.
Valentina tomó aire.
—Creo que por hoy tenemos suficiente.
Ferrero asintió.
—¿Eso significa que la entrevista terminó?
—Por ahora.
—¿Vas a volver?
—Probablemente.
Ferrero sonrió.
—Me alegra.
Valentina lo miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque todavía no me hiciste la pregunta más importante.
—¿Cuál?
Ferrero se acercó un paso.
—La que realmente querés hacer.
Valentina sintió una pequeña tensión en el aire.
—No sé de qué hablás.
—Claro que sí.
—No.
Ferrero sostuvo su mirada unos segundos.
Luego dijo:
—Querés saber por qué te estaba mirando ayer en el estadio.
Valentina sintió un pequeño sobresalto.
—Eso no es parte de la entrevista.
—Tal vez sí.
—No.
—¿Seguro?
Valentina cerró la libreta con firmeza.
—Nos vemos en el próximo entrenamiento, Ferrero.
Se dio vuelta y comenzó a caminar hacia el estacionamiento.
Pero antes de que pudiera alejarse demasiado, escuchó su voz detrás de ella.
—Porque eras la única persona que no estaba mirando el gol.
Valentina se detuvo.
Se dio vuelta lentamente.
Ferrero estaba de pie en el borde de la cancha.
—Todos miraban la pelota —dijo—. Vos estabas mirando otra cosa.
—¿Qué cosa?
Ferrero sonrió apenas.
—A mí.
El silencio entre ellos se volvió denso.
Valentina sostuvo su mirada unos segundos más.
Luego dijo simplemente:
—Eso se llama hacer mi trabajo.
Ferrero asintió.
—Lo sé.
Ella se dio vuelta otra vez.
Esta vez no se detuvo.
Mientras caminaba hacia el auto, una idea incómoda comenzó a formarse en su mente.
Tal vez aquella historia no iba a ser solo un perfil deportivo.
Tal vez estaba empezando a convertirse en algo mucho más complicado.




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