Valentina Rojas no solía pensar en los jugadores después de terminar una entrevista.
Esa era una de las reglas no escritas que había aprendido durante años de trabajo: escuchar, observar, escribir… y luego seguir adelante. Los deportistas iban y venían. Las temporadas cambiaban. Los nombres que hoy llenaban titulares mañana desaparecían.
Pero esa tarde, mientras manejaba de regreso al centro de la ciudad, Tomás Ferrero seguía ocupando demasiado espacio en su cabeza.
La avenida estaba llena de tráfico de mediodía. Autos, colectivos, motos que se colaban entre carriles. El ruido constante de bocinas y motores formaba una especie de murmullo urbano que normalmente le resultaba familiar.
Hoy, sin embargo, apenas lo notaba.
"Porque eras la única persona que no estaba mirando el gol."
La frase seguía repitiéndose en su mente.
Valentina frunció el ceño.
—Ridículo —murmuró.
Se detuvo en un semáforo y apoyó los dedos sobre el volante. La luz roja iluminaba el interior del auto.
No había hecho nada extraño en el estadio.
Había estado observando el partido.
Observando a los jugadores.
Observándolo a él.
Eso era lo que hacía una periodista deportiva.
Nada más.
Pero Ferrero lo había dicho como si significara algo distinto.
El semáforo cambió a verde.
Valentina arrancó el auto con un movimiento rápido.
Necesitaba concentrarse en el trabajo.
La redacción del canal estaba en el tercer piso de un edificio moderno de vidrio y acero. Cuando Valentina llegó, el lugar estaba lleno de movimiento: periodistas hablando por teléfono, productores corriendo entre escritorios, televisores encendidos en diferentes canales deportivos.
El sonido constante de teclados y conversaciones era casi ensordecedor.
Valentina caminó hacia su escritorio dejando la mochila sobre la silla.
—¡Rojas! —gritó una voz desde el otro lado de la sala.
Era Martín.
El camarógrafo levantó una mano desde su puesto.
—¿Sobreviviste al entrenamiento?
—Apenas.
Martín se levantó y caminó hacia ella con una sonrisa curiosa.
—Bueno, contá.
Valentina encendió la computadora.
—No hay nada que contar.
—¿Nada?
—Fue una entrevista.
—Con Tomás Ferrero.
—Sí.
Martín se apoyó en el borde del escritorio.
—¿Y?
Valentina lo miró.
—¿Y qué?
—¿Cómo es?
—Un jugador de fútbol.
Martín soltó una carcajada.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es tranquilo. Responde bien. No usa frases vacías.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es raro.
Martín se cruzó de brazos.
—¿Te cayó bien?
Valentina tardó un segundo en responder.
—No vine a hacer amigos.
—Eso no significa que no pueda caerte bien.
—Martín…
—Está bien, está bien.
El camarógrafo levantó las manos en señal de rendición.
—Solo preguntaba.
Valentina abrió un nuevo documento en la computadora.
El cursor parpadeaba en la pantalla blanca.
—¿Cuándo vas a escribir el perfil? —preguntó Martín.
—Cuando tenga suficiente material.
—¿Y no lo tenés?
Valentina recordó la conversación en la cancha.
Las respuestas de Ferrero.
Su manera de observarla.
—No todavía —dijo.
Martín asintió lentamente.
—Eso significa que vas a volver a verlo.
—Sí.
—Interesante.
Valentina giró la silla para mirarlo.
—¿Qué tiene de interesante?
—Nada.
—Martín.
—Bueno, tal vez un poco.
Ella suspiró.
—Andá a trabajar.
—Estoy trabajando.
—Entonces dejame trabajar a mí.
Martín volvió a su escritorio riendo.
Valentina miró la pantalla otra vez.
Intentó escribir el primer párrafo del perfil.
"Tomás Ferrero es uno de los delanteros más importantes del campeonato actual…"
Se detuvo.
Borró la frase.
Era demasiado obvia.
Intentó otra vez.
"Para entender a Tomás Ferrero hay que verlo fuera de la cancha…"
Borró otra vez.
No estaba funcionando.
Valentina apoyó la espalda contra la silla y cerró los ojos unos segundos.
No era la primera vez que le costaba empezar un texto, pero algo en esta historia la incomodaba.
Tal vez porque Ferrero no encajaba en el molde habitual.
No parecía interesado en construir una imagen perfecta.
No intentaba impresionar.
Simplemente… respondía.
El celular vibró sobre el escritorio.
Valentina lo tomó.
Era un mensaje de Santiago, su editor.
Santiago:
"¿Cómo fue la entrevista?"
Valentina escribió:
"Interesante."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Eso suena prometedor."
Valentina pensó un momento antes de escribir:
"Necesito más tiempo con él."
Pasaron unos segundos.
Luego apareció otro mensaje.
"Tenés el próximo partido el sábado."
Valentina miró el calendario en la esquina de la pantalla.
Faltaban tres días.
"Perfecto."
Santiago respondió con un último mensaje:
"Rojas… no me traigas un artículo aburrido."
Valentina sonrió ligeramente.
—Eso nunca pasa —murmuró.
El sábado llegó más rápido de lo que esperaba.
El estadio estaba nuevamente lleno cuando Valentina subió a la cabina de prensa.
Las tribunas eran un mar de camisetas rojas y blancas que se movían al ritmo de los cantos de la hinchada.
El ruido era ensordecedor.
Martín ya estaba preparando la cámara cuando ella llegó.
—Pensé que te habías perdido —dijo.
—Nunca me pierdo un partido.
Valentina dejó la mochila sobre la mesa.
—¿Cómo viene el equipo?
—Motivado.
—¿Ferrero?
Martín sonrió.
—Ah, ahora preguntás por Ferrero.
Valentina levantó una ceja.
—Es parte del trabajo.
—Claro.
El camarógrafo miró hacia la cancha.
—Dicen que hoy hay ojeadores de Europa en la tribuna.
—Eso siempre dicen.
—Esta vez parece ser verdad.
Valentina se acercó al vidrio.
Los jugadores estaban calentando en el campo.
Ferrero corría por la banda izquierda con la misma concentración que había visto en el entrenamiento.
Parecía completamente dentro del partido incluso antes de que empezara.
Como si el resto del mundo no existiera.
En un momento se detuvo para estirar los músculos.
Levantó la cabeza.
Y miró hacia la tribuna de prensa.
Valentina sintió una pequeña tensión en el pecho.
Porque sabía lo que iba a pasar.
Sus ojos se encontraron.
Otra vez.
Ferrero la observó unos segundos.
Luego levantó una mano en un saludo breve.
Valentina no respondió.
Volvió a mirar su libreta como si estuviera revisando las notas.
Pero cuando levantó la vista otra vez, él ya había vuelto al entrenamiento.
—¿Todo bien? —preguntó Martín.
—Sí.
—Tenés cara rara.
—Es el ruido.
—Claro.
El árbitro salió al campo y el estadio explotó en un nuevo grito.
El partido estaba a punto de empezar.
Valentina abrió la libreta.
Se obligó a concentrarse.
Minuto uno.
Minuto dos.
Minuto cinco.
El juego comenzó con intensidad. El equipo visitante presionaba alto y obligaba a los defensores locales a moverse rápido.
Ferrero tocó su primera pelota a los siete minutos.
Un pase corto al mediocampo.
Nada espectacular.
Pero cada vez que intervenía, el estadio reaccionaba.
La expectativa era constante.
Valentina anotaba cada jugada importante.
Sin embargo, una parte de su atención seguía desviándose hacia él.
No era solo su talento.
Era la forma en que parecía moverse dentro del partido.
Como si estuviera siempre un paso adelante.
A los veintidós minutos llegó la primera gran jugada.
Un pase largo desde la defensa.
Ferrero controló la pelota en el aire con una precisión increíble.
Un defensor se lanzó para quitársela.
Ferrero giró.
Corrió hacia el área.
El estadio se levantó de sus asientos.
Valentina dejó de escribir.
Ferrero pateó.
La pelota pasó rozando el poste.
Un murmullo recorrió las tribunas.
—Uff —dijo Martín.
Valentina volvió a escribir.
"Minuto 22. Remate de Ferrero al poste."
Pero mientras anotaba la jugada, algo extraño sucedió.
Ferrero se quedó parado en el área unos segundos.
Mirando hacia la tribuna de prensa.
Hacia ella.
Valentina sintió un pequeño escalofrío.
—Ese tipo te mira demasiado —murmuró Martín.
—Está mirando la cabina.
—No.
Martín negó con la cabeza.
—Te está mirando a vos.
Valentina no respondió.
El partido continuó.
El primer tiempo terminó sin goles.
El estadio estaba inquieto.
La expectativa crecía.
Valentina bajó a la zona mixta durante el entretiempo para tomar algunas impresiones rápidas de los asistentes técnicos.
Mientras caminaba por el pasillo, escuchó una voz detrás de ella.
—Valentina.
Se detuvo.
Se dio vuelta.
Tomás Ferrero estaba allí, saliendo del túnel que conectaba el campo con los vestuarios.
Respiraba con rapidez, el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo del primer tiempo.
—¿Qué hacés acá? —preguntó ella.
—Cinco minutos antes de volver.
—No deberías estar descansando.
Ferrero se encogió de hombros.
—Necesitaba aire.
Hubo un breve silencio.
Valentina notó el sudor en su frente, la intensidad todavía en su mirada.
—Estuviste cerca del gol —dijo.
—Sí.
—¿Qué pasó en esa jugada?
Ferrero sonrió ligeramente.
—El poste.
—Eso ya lo vi.
—Entonces no hay mucho más que decir.
Valentina cruzó los brazos.
—Siempre hay algo más que decir.
Ferrero la observó unos segundos.
—¿Vas a escribir sobre ese remate?
—Probablemente.
—Entonces escribí también que el arquero se adelantó medio paso.
Valentina parpadeó.
—¿Qué?
—Por eso la pelota se fue afuera.
—No lo noté.
—Porque estabas escribiendo.
Valentina cerró la libreta lentamente.
—¿Estabas mirando la tribuna otra vez?
Ferrero no respondió de inmediato.
Luego dijo:
—Tal vez.
El sonido del silbato del árbitro resonó desde la cancha.
Los jugadores debían regresar.
Ferrero dio un paso hacia el túnel.
Pero antes de entrar, se volvió hacia ella.
—Valentina.
—¿Sí?
Ferrero sonrió.
—La próxima vez que te mire, no finjas que estás escribiendo.
Y desapareció en el túnel.
Valentina se quedó quieta en el pasillo unos segundos.
Con la libreta todavía en la mano.
Y una sensación cada vez más clara creciendo en su interior.
Había una línea invisible entre periodista y protagonista.
Una distancia necesaria.
Una frontera que nunca debía cruzarse.
El problema era que, sin darse cuenta, Tomás Ferrero parecía decidido a acercarse demasiado a esa línea.
Y por primera vez en muchos años, Valentina no estaba completamente segura de poder mantenerla intacta.