El gol llegó en el minuto ochenta y siete.
Para entonces, el estadio había dejado de ser un lugar y se había convertido en una criatura.
Respiraba.
Rugía.
Temblaba.
Cuarenta mil personas gritaban al mismo tiempo mientras el equipo local buscaba desesperadamente romper el empate. El marcador seguía clavado en cero y cada pelota perdida provocaba un lamento colectivo.
Valentina permanecía de pie en la cabina de prensa.
Había abandonado la silla hacía varios minutos.
La libreta estaba abierta sobre la mesa y el lápiz descansaba entre sus dedos, pero ya casi no escribía.
Observaba.
Tomás Ferrero llevaba todo el segundo tiempo intentando encontrar un espacio que parecía no existir.
Dos defensores lo seguían constantemente. Uno permanecía pegado a su espalda y el otro aparecía cada vez que recibía la pelota.
Era evidente que la estrategia rival tenía un único objetivo:
anularlo.
—No lo van a dejar respirar —comentó Martín detrás de la cámara.
—Eso parece.
—Le pegaron todo el partido.
Valentina miró hacia el campo.
Ferrero tenía una mancha de pasto en la camiseta y una pequeña herida debajo de la rodilla izquierda. Había recibido golpes, empujones y faltas durante casi noventa minutos.
Pero seguía corriendo.
Minuto ochenta y seis.
El mediocampista local recuperó una pelota cerca del círculo central.
Valentina levantó la cabeza.
Pase hacia la derecha.
El extremo recibió.
Avanzó.
Un defensor salió a marcarlo.
Ferrero comenzó a correr hacia el área.
—Ahora —murmuró Valentina.
No supo por qué lo dijo.
Tal vez porque había visto la jugada cientos de veces.
Tal vez porque después de tantos años cubriendo fútbol podía anticipar ciertos movimientos.
O tal vez porque llevaba demasiado tiempo observando a Tomás Ferrero.
El extremo levantó la cabeza.
Centro.
La pelota cruzó el área.
Ferrero apareció entre los dos centrales.
Saltó.
Uno de los defensores intentó desequilibrarlo.
No pudo.
Tomás golpeó la pelota con la frente.
Durante una fracción de segundo, todo pareció detenerse.
La pelota viajó hacia el arco.
El arquero estiró una mano.
No llegó.
Gol.
El estadio explotó.
Valentina sintió la vibración bajo sus pies.
Los hinchas saltaron.
Martín gritó algo que ella no alcanzó a escuchar.
En el campo, Ferrero corrió hacia una de las esquinas con los brazos abiertos mientras sus compañeros intentaban alcanzarlo.
Valentina escribió rápidamente:
87'. Ferrero. Cabeza. 1-0.
Levantó la mirada.
Tomás estaba rodeado por sus compañeros.
La tribuna coreaba su apellido.
—¡FE-RRE-RO!
—¡FE-RRE-RO!
—¡FE-RRE-RO!
Entonces ocurrió.
Tomás consiguió separarse del grupo.
Giró hacia la tribuna.
Pero no miró a los hinchas.
Miró hacia arriba.
Hacia la cabina de prensa.
Hacia ella.
Valentina sintió que el lápiz se detenía entre sus dedos.
Ferrero levantó una mano.
Se llevó dos dedos a la sien.
Después los señaló hacia ella.
Un gesto pequeño.
Rápido.
Casi invisible entre toda aquella celebración.
Pero Valentina lo vio.
Y supo que había sido para ella.
—No puede ser —murmuró.
Martín giró la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Te hizo una seña?
—No.
—Valentina.
—Seguí grabando.
Martín sonrió.
—Definitivamente te hizo una seña.
Ella fingió no escucharlo.
En el campo, Ferrero ya regresaba hacia el centro.
El partido terminó cuatro minutos después.
Uno a cero.
El estadio volvió a explotar cuando sonó el silbato final.
Valentina cerró la libreta.
—Voy abajo.
—¿A entrevistar al héroe?
—A trabajar.
—Es exactamente lo que diría alguien que va a entrevistar al héroe.
Valentina le lanzó una mirada.
Martín levantó ambas manos.
—No dije nada.
Ella tomó la mochila y salió.
La zona mixta era un caos.
Periodistas, cámaras, asistentes del club y jugadores ocupaban cada rincón del pasillo.
Valentina encontró un espacio cerca de una pared y esperó.
Sabía que Ferrero tardaría.
Después de un gol decisivo, todos querrían hablar con él.
Miró sus notas.
Tenía preguntas preparadas.
Sobre el partido.
Sobre los ojeadores europeos.
Sobre la presión.
Nada personal.
Eso era importante.
Profesional.
Distante.
La distancia correcta.
La puerta del vestuario se abrió.
Salieron varios jugadores.
Después apareció Ferrero.
Camiseta negra.
Cabello húmedo.
Mochila sobre un hombro.
Los periodistas se abalanzaron sobre él.
—¡Tomás!
—¡Ferrero!
—¡Una palabra sobre el gol!
—¿Fue el más importante del campeonato?
Tomás respondió algunas preguntas.
Sonrió.
Agradeció.
Repitió las frases habituales sobre el equipo y el esfuerzo colectivo.
Valentina permaneció atrás.
No necesitaba competir por una declaración.
Tenía acceso para el perfil.
Podía esperar.
Ferrero levantó la mirada entre los periodistas.
La encontró.
Valentina sintió inmediatamente que algo cambiaba en su expresión.
Fue apenas un segundo.
Pero lo notó.
Él también.
Tomás terminó una respuesta.
Luego dijo:
—Disculpen.
Y caminó directamente hacia ella.
Valentina se cruzó de brazos.
—Buen gol.
—Gracias.
—Aunque tardaste bastante.
Ferrero sonrió.
—¿Ochenta y siete minutos te parecieron demasiados?
—Para el delantero estrella del campeonato…
—Cruel.
—Periodista.
—Peor todavía.
Valentina intentó contener una sonrisa.