El problema con Tomás Ferrero no era que coqueteara con ella.
Valentina sabía manejar el coqueteo.
Había pasado diez años rodeada de futbolistas, entrenadores, representantes y periodistas deportivos. Conocía perfectamente las sonrisas demasiado largas, los cumplidos disfrazados de bromas y las invitaciones que comenzaban con un café y terminaban intentando convertirse en otra cosa.
Sabía detener todo eso.
Había aprendido a hacerlo demasiado bien.
El verdadero problema con Tomás era diferente.
La hacía sentir cómoda.
Y Valentina no sabía defenderse de eso.
El domingo habían tomado café durante casi dos horas.
Habían hablado del fútbol, de su infancia, de su padre, de las divisiones inferiores y del primer contrato profesional que Tomás había firmado cuando tenía dieciocho años.
Valentina había llenado doce páginas de su libreta.
Había conseguido material suficiente para escribir medio perfil.
Pero también habían hablado de cosas que jamás aparecerían en el artículo.
De películas malas.
De comida.
De ciudades que ninguno de los dos conocía.
De la obsesión de Tomás por desayunar exactamente lo mismo antes de cada partido.
Y, durante algunos minutos, incluso de ella.
Eso había sido lo peligroso.
Porque las entrevistas funcionaban en una sola dirección.
Ella preguntaba.
El otro respondía.
Tomás parecía empeñado en romper esa dinámica.
—¿Por qué periodismo deportivo?
—Porque me gusta.
—Respuesta aburrida.
—No sos vos el periodista.
—Precisamente por eso puedo decirlo.
Y después:
—¿Cuál fue el primer partido que cubriste?
—Uno de ascenso. Llovía tanto que se suspendió en el segundo tiempo.
—¿Tenías miedo?
—Estaba aterrada.
—No parecés alguien que se asuste fácilmente.
—No me conocés.
Tomás había sonreído.
—Estoy trabajando en eso.
Valentina había cambiado de tema inmediatamente.
Ahora, dos días después, seguía pensando en aquella frase.
El entrenamiento del martes comenzaba a las nueve.
Valentina llegó a las ocho cincuenta.
Cuando atravesó la entrada del complejo deportivo, el encargado de seguridad ya la reconoció.
—Buen día, Valentina.
—Buen día.
—Hoy están en la cancha dos.
—Gracias.
Caminó por el sendero que atravesaba el complejo.
El cielo estaba cubierto de nubes y el aire fresco anunciaba lluvia.
A lo lejos escuchó el silbato del cuerpo técnico.
Los jugadores comenzaban el calentamiento.
Valentina llegó hasta la zona destinada a prensa y dejó la mochila sobre una banca.
Sacó la libreta.
Después levantó la vista.
Y lo encontró inmediatamente.
Tomás corría junto a otros tres jugadores.
Camiseta negra.
Pantalón corto.
Botines blancos.
Nada particularmente extraordinario.
Excepto que Valentina supo dónde estaba antes de buscarlo conscientemente.
Eso la irritó.
Bajó la mirada.
Abrió la libreta.
Entrenamiento martes.
Escribió la fecha.
Cuando volvió a mirar hacia la cancha, Tomás estaba observándola.
A treinta metros.
En medio de un ejercicio.
Valentina frunció el ceño.
Ferrero sonrió.
Ella señaló hacia el entrenador como diciendo:
Prestá atención.
Tomás miró al entrenador.
Después volvió a mirarla.
Se encogió de hombros.
Valentina tuvo que contener una sonrisa.
—Esto es ridículo —murmuró.
—¿Qué cosa?
La voz la sorprendió.
Uno de los asistentes técnicos estaba a su lado.
—Nada.
—¿Necesitás algo?
—No, gracias. Solo estoy observando.
El hombre asintió.
—Hoy van a trabajar definición.
—Perfecto.
Valentina tomó nota.
El ejercicio consistía en recibir un pase desde el mediocampo, controlar la pelota y definir frente al arquero.
Uno por uno, los delanteros avanzaban.
Primer jugador.
Remate.
Atajada.
Segundo.
Gol.
Tercero.
Afuera.
Tomás se colocó frente a la pelota.
Valentina levantó el lápiz.
El mediocampista realizó el pase.
Tomás controló.
Avanzó.
El arquero salió.
Remate.
Gol.
Limpio.
Preciso.
El entrenador gritó algo.
Tomás regresó caminando hacia la fila.
Y miró hacia ella.
Otra vez.
Valentina levantó la libreta y escribió exageradamente.
Tomás rió desde la cancha.
—¡Ferrero! —gritó el entrenador—. ¿Querés compartir el chiste?
—¡No, profe!
—¡Entonces concentrado!
Varios compañeros comenzaron a reír.
Tomás levantó una mano.
—¡Sí, profe!
Valentina bajó la cabeza para ocultar la sonrisa.
Cinco minutos después, Ferrero falló un remate.
La pelota pasó varios metros por encima del travesaño.
Valentina escribió algo.
Tomás la vio.
—¡Eso no lo anotes! —gritó desde el campo.
Los jugadores estallaron en carcajadas.
El entrenador se llevó una mano a la frente.
Valentina levantó la cabeza.
—¡Todo queda registrado!
—¡Periodismo tendencioso!
—¡Aprendé a patear!
Las risas aumentaron.
Tomás abrió los brazos.
—¡Hice cuatro goles en dos partidos!
—¡Ese remate terminó en otra provincia!
Uno de sus compañeros tuvo que apoyarse sobre las rodillas de tanto reír.
—Ferrero —dijo—, te destruyó.
Tomás señaló a Valentina.
—Esto va a tener consecuencias.
Ella levantó una ceja.
—Estoy aterrada.
El entrenador hizo sonar el silbato.
—¡¿Terminamos el espectáculo?!
Todos volvieron al ejercicio.
Valentina se sentó.
Solo entonces se dio cuenta de algo.
Estaba riendo.
En un entrenamiento.
Con un jugador.
Delante de todo el plantel.