El jueves, Valentina despertó convertida en noticia.
No lo supo inmediatamente.
Durante los primeros siete minutos de aquella mañana, su vida siguió siendo exactamente la misma.
Apagó la alarma a las seis y cuarenta y cinco.
Se quedó mirando el techo durante unos segundos.
Se levantó.
Encendió la cafetera.
Abrió la ventana de la cocina y comprobó que, después de dos días de lluvia, finalmente había salido el sol.
Incluso pensó en Tomás.
En lo que había prometido mostrarle después del entrenamiento.
Relacionado conmigo.
Había intentado adivinar qué significaba durante buena parte de la noche anterior.
Una casa.
Un lugar de su infancia.
La cancha donde había empezado a jugar.
Tal vez algo relacionado con su padre.
No había conseguido decidirlo.
A las seis cincuenta y dos, mientras servía café, tomó el teléfono.
Treinta y cuatro notificaciones.
Valentina frunció el ceño.
Ocho mensajes de Martín.
Cinco de Santiago.
Tres llamadas perdidas.
Mensajes de compañeros del canal.
Dos números que no reconocía.
Y un enlace que se repetía varias veces.
Sintió el primer golpe de inquietud antes de abrirlo.
El mensaje de Martín decía:
No respondas nada todavía.
El segundo:
Hablá con Santiago.
El tercero:
Y por favor no mates a nadie.
Valentina dejó la taza sobre la mesada.
Abrió el enlace.
Un portal deportivo ocupó la pantalla.
Y allí estaba ella.
Una fotografía tomada dos días antes.
Tomás y Valentina corriendo bajo la lluvia.
Los dos empapados.
Los dos riéndose.
El encuadre había congelado exactamente el peor instante posible.
Tomás la miraba.
Ella lo miraba a él.
Parecían felices.
Parecían íntimos.
Parecían cualquier cosa menos un futbolista y una periodista trabajando.
Debajo de la imagen había un titular enorme.
¿NUEVO ROMANCE EN EL FÚTBOL? TOMÁS FERRERO Y UNA PERIODISTA, CADA VEZ MÁS CERCA
Valentina sintió que el estómago se le cerraba.
—No.
Abrió la nota.
No debería haberlo hecho.
Lo sabía.
Pero lo hizo.
"El goleador del momento parece haber encontrado una nueva razón para sonreír fuera de la cancha."
Valentina apretó la mandíbula.
"Tomás Ferrero fue visto compartiendo un momento de evidente complicidad con la periodista deportiva Valentina Rojas, quien desde hace algunas semanas sigue de cerca al delantero para realizar un perfil especial."
Siguió leyendo.
Cada línea era peor.
Hablaban de las miradas durante los partidos.
Del café del domingo.
Del entrenamiento.
Incluso mencionaban el gesto que Tomás había hecho después del gol.
Alguien había estado observando.
Durante días.
Y había construido una historia.
Una historia que todavía no existía.
O que Valentina se negaba a aceptar que pudiera existir.
Llegó al último párrafo.
"¿Entrevista exclusiva o el comienzo de algo más? Por ahora ninguno de los protagonistas habló del tema."
Valentina dejó el teléfono sobre la mesa.
Respiró.
Una vez.
Dos.
El aparato comenzó a vibrar.
Santiago.
Contestó.
—Decime que no estás leyendo redes sociales.
—Estoy leyendo una nota donde prácticamente dicen que me acuesto con una fuente.
Silencio.
—No dice eso.
—Lo insinúa.
—Valentina…
—¿Quién filtró que estoy haciendo el perfil?
—Eso no era secreto.
—¿Y el café?
—No lo sé.
—¿Y los entrenamientos?
—Rojas, cualquiera puede ver quién entra al club.
Valentina comenzó a caminar por la cocina.
—Esto es exactamente lo que no quería.
—Lo sé.
—No, Santiago. No lo sabés.
—Sí lo sé.
—Mi nombre está en un titular de espectáculos deportivos.
—Tu nombre también lleva diez años firmado debajo de excelentes notas.
Valentina se detuvo.
—Eso no importa cuando aparece una foto así.
Santiago guardó silencio.
—Vení al canal —dijo finalmente—. Hablamos acá.
—Tengo entrenamiento.
—Hoy no.
Valentina miró la hora.
—Tengo una entrevista con Ferrero.
—Cancelala.
La palabra cayó como una piedra.
—¿Qué?
—Hasta que esto se calme.
—Si la cancelo parece que tenemos algo que ocultar.
—Si vas, mañana pueden aparecer otras veinte fotos.
—Estoy trabajando.
—Y mi trabajo es protegerte.
Valentina cerró los ojos.
—Puedo manejarlo.
—Nunca dije que no.
—Entonces dejame hacer mi trabajo.
—Valentina.
—Nos vemos en el canal después del entrenamiento.
Cortó.
Se quedó inmóvil.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un número conocido.
Tomás.
Valentina observó su nombre.
No contestó.
A las nueve menos diez entró al complejo deportivo.
El encargado de seguridad evitó mirarla demasiado.
Eso fue peor que cualquier comentario.
—Buen día —dijo Valentina.
—Buen día.
—Cancha dos.
—Sí.
Caminó hacia el campo.
Podía sentir las miradas.
Dos empleados.
Un asistente.
Un periodista de radio que fingió revisar el teléfono cuando ella pasó.
Valentina mantuvo la espalda recta.
Había aprendido algo muchos años atrás.
Cuando alguien intenta convertirte en espectáculo, la dignidad consiste en no actuar para ellos.
Llegó a la cancha.
El entrenamiento estaba comenzando.
Tomás estaba allí.
Lo vio inmediatamente.
Y él también la vio.
No sonrió.
No hizo ninguna broma.
Solo la observó.
Valentina se sentó.
Abrió la libreta.