El sonido fue pequeño.
Casi insignificante.
Un golpe seco entre miles de voces.
Pero Valentina supo inmediatamente que algo estaba mal.
Tomás no se levantó.
El estadio continuó rugiendo durante dos segundos más, hasta que la inquietud comenzó a extenderse por las tribunas como una sombra.
Primero fueron quienes estaban cerca de la jugada.
Después los compañeros.
Luego el banco.
Finalmente, cuarenta mil personas comprendieron al mismo tiempo que el número nueve seguía tendido sobre el césped.
Y el estadio quedó en silencio.
—No —murmuró Valentina.
Habían pasado treinta y cuatro minutos del primer tiempo.
El partido había sido áspero desde el comienzo. El rival necesitaba ganar para mantenerse en la pelea por el campeonato y había decidido cortar cada avance con una intensidad que rozaba constantemente el límite.
Tomás había recibido tres faltas.
La cuarta había sido diferente.
Valentina había visto la jugada completa.
Tomás recibió de espaldas.
Giró.
El defensor llegó tarde.
Su pierna derecha quedó apoyada mientras el cuerpo intentaba continuar el movimiento.
Después vino el golpe.
La caída.
Y aquel sonido.
Valentina dejó el lápiz.
—¿Viste cómo cayó? —preguntó Martín.
Ella no respondió.
En el campo, Tomás se había llevado ambas manos a la rodilla derecha.
El médico corría hacia él.
—Mierda —dijo Martín.
Valentina sintió que el corazón le golpeaba demasiado rápido.
No era la primera lesión que veía.
Había presenciado fracturas.
Luxaciones.
Roturas musculares.
Una vez había visto a un arquero quedar inconsciente durante varios minutos después de chocar contra un delantero.
Sabía cómo funcionaba.
El jugador caía.
Entraba el médico.
El periodista esperaba.
Después preguntaba.
Eso era todo.
Pero ahora no podía pensar en ninguna pregunta.
Solo quería que Tomás se levantara.
Uno de los médicos se arrodilló junto a él.
Le habló.
Tomás respondió algo.
El árbitro mantenía alejados a los jugadores.
El defensor que había cometido la falta observaba desde unos metros con las manos en la cintura.
—Parece la rodilla —dijo Martín.
—Ya sé.
—Tal vez sea solo el golpe.
—Sí.
Pero Valentina no lo creía.
No por la caída.
Por la cara de Tomás.
Desde aquella distancia apenas podía distinguir sus facciones, pero lo conocía lo suficiente para saber cuándo estaba intentando ocultar dolor.
Y estaba sufriendo.
Los médicos comenzaron a revisar la articulación.
Tomás negó con la cabeza.
Uno de ellos hizo una seña hacia el banco.
Cambio.
Un murmullo recorrió el estadio.
Valentina sintió un vacío en el estómago.
—Lo sacan —dijo Martín.
Ella tomó el lápiz.
Escribió:
34'. Ferrero lesionado. Rodilla derecha.
Las palabras parecían absurdamente pequeñas.
Dos camilleros entraron al campo.
Tomás intentó incorporarse.
El médico quiso detenerlo.
Él insistió.
Consiguió ponerse de pie.
El estadio entero comenzó a aplaudir.
Tomás apoyó la pierna.
Su rostro se contrajo.
Valentina se levantó sin darse cuenta.
—No seas idiota —murmuró.
Tomás intentó dar un paso.
No pudo.
El médico lo sujetó.
Finalmente aceptó la camilla.
Los aplausos aumentaron.
—¡FE-RRE-RO!
—¡FE-RRE-RO!
—¡FE-RRE-RO!
Tomás levantó una mano.
Pero no miró hacia la tribuna.
No buscó las cámaras.
No buscó a nadie.
Mantuvo los ojos cerrados.
Y por primera vez desde que Valentina lo conocía, parecía tener miedo.
—Voy abajo.
Martín apartó la vista de la cámara.
—¿Ahora?
—Sí.
—El partido sigue.
Valentina guardó la libreta.
—Necesito saber qué pasó.
—Todavía no van a informar nada.
—Lo sé.
Martín la observó.
—Valentina.
—¿Qué?
—Nada.
Ella tomó la mochila.
—Terminá de cubrir el primer tiempo.
—Lo voy a hacer.
Valentina caminó hacia la puerta.
—Vale.
Se detuvo.
Martín rara vez la llamaba así.
—¿Qué?
—Tené cuidado.
Valentina supo perfectamente a qué se refería.
No respondió.
El pasillo debajo de la tribuna estaba prácticamente vacío.
La mayoría de los empleados seguía pendiente del partido.
Valentina caminó hacia la zona de vestuarios.
Un encargado de seguridad la detuvo.
—Prensa no puede pasar.
—Soy del canal.
—Lo sé, Valentina. Pero están atendiendo a Ferrero.
—Solo necesito saber cómo está.
—Cuando tengamos información se la damos a todos.
A todos.
Era lógico.
Profesional.
Correcto.
Valentina asintió.
—Gracias.
Se alejó unos metros.
Podía regresar a la cabina.
Debía regresar.
Pero no lo hizo.
Se sentó en una banca del pasillo.
Desde allí escuchaba el estadio.
Un grito lejano indicó una jugada peligrosa.
Después otro.
El partido continuaba.
El mundo continuaba.
Aunque Tomás estuviera detrás de aquella puerta sin saber qué acababa de ocurrirle a su rodilla.
Valentina miró el teléfono.
Las redes ya estaban llenas de videos.
DURA LESIÓN DE FERRERO.
PREOCUPACIÓN POR EL GOLEADOR.
¿SE PIERDE EL RESTO DEL CAMPEONATO?
Habían pasado seis minutos.
Seis.
Y ya estaban especulando sobre su futuro.
Valentina bloqueó el teléfono.
Entonces recordó la conversación bajo la lluvia.
¿Qué queda cuando todo eso termina?
Tomás había hecho la pregunta.
Ella no había entendido realmente.
Ahora sí.
Para un futbolista, una rodilla podía separar una vida en dos.