Donde late el estadio

Capítulo 9: La noche de la verdad

Valentina dejó la libreta en casa.

Fue la primera decisión consciente que tomó aquella tarde.

La vio sobre el escritorio antes de salir: negra, gastada en las esquinas, llena de anotaciones sobre Tomás Ferrero.

Goles.

Partidos.

Declaraciones.

Entrenamientos.

Fechas.

Preguntas.

Todo lo que necesitaba para construir la historia del futbolista estaba dentro de aquellas páginas.

Pero esa noche no iba a ver al futbolista.

Tomás se lo había pedido.

Mañana no vengas como periodista.

Valentina tomó las llaves del auto.

Y dejó la libreta donde estaba.

La dirección que Tomás le había enviado correspondía a un edificio moderno en una zona tranquila de la ciudad.

Valentina estacionó enfrente.

Eran las siete y veintitrés.

Había pasado todo el día encontrando razones para retrasar aquella visita.

Primero el trabajo.

Después una reunión.

Después la crónica del partido anterior.

Después un café que no necesitaba.

Cuando finalmente ya no pudo inventar otra excusa, condujo hasta allí.

Ahora estaba sentada dentro del auto mirando el edificio.

—Esto es absurdo.

Podía entrar.

Ver cómo estaba.

Hablar unos minutos.

Marcharse.

Dos personas podían compartir una conversación sin convertirla en algo más.

Su teléfono vibró.

Tomás:
¿Estás abajo?

Valentina miró alrededor.

Después hacia las ventanas.

¿Me estás vigilando?

La respuesta llegó inmediatamente.

Hace tres minutos que hay un auto estacionado frente al edificio sin que baje nadie.

Otro mensaje.

O sos vos o tengo un acosador muy poco eficiente.

Valentina sonrió.

Ya subo.

La respuesta:

Te espero.

Dos palabras.

Nada extraordinario.

Y aun así hicieron que su corazón acelerara.

—Perfecto —murmuró—. Excelente comienzo.

Bajó del auto.

Tomás abrió la puerta antes de que ella tocara el timbre.

Llevaba un pantalón deportivo gris y una camiseta negra. La rodilla derecha estaba cubierta por una férula y sostenía una de las muletas debajo del brazo.

Su cabello estaba despeinado.

No parecía el hombre de las publicidades.

Ni el goleador celebrado por cuarenta mil personas.

Parecía cansado.

Humano.

—Hola —dijo.

—Hola.

Tomás miró sus manos.

—No trajiste la libreta.

—Me pediste que no viniera como periodista.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—No pensé que me harías caso.

—Puedo irme y buscarla.

—Entrá.

Valentina pasó.

El departamento era más sencillo de lo que esperaba.

Amplio, pero sin ostentación.

Un sofá oscuro.

Una biblioteca.

Algunas fotografías.

Una televisión enorme frente a la cual había un par de botines abandonados.

Sobre una pared colgaban camisetas enmarcadas.

Valentina reconoció varias.

Una de su debut profesional.

Otra de la selección juvenil.

Una camiseta de un club español firmada por todos los jugadores.

—Esperaba algo diferente —dijo.

Tomás cerró la puerta.

—¿Una estatua mía en el living?

—Por lo menos dos.

—La tercera está en el dormitorio.

Valentina lo miró.

Tomás intentó contener la risa.

—Era un chiste.

—No fue bueno.

—Te reíste.

—No.

—Casi.

Valentina dejó la cartera sobre una silla.

—¿Cómo está la rodilla?

—Mejor.

—Mentira.

—Hola también para vos.

—Caminás peor que ayer.

—Porque hoy duele más.

—Entonces no está mejor.

Tomás avanzó hacia el sofá.

—El médico dijo que es normal.

Valentina observó cómo se movía.

Cada paso parecía requerir más esfuerzo del que él estaba dispuesto a admitir.

—Sentate.

Tomás se detuvo.

—¿Perdón?

—Sentate.

—Esta es mi casa.

—Y esa es una rodilla lesionada.

—Sos bastante autoritaria cuando no estás trabajando.

—No tenés idea.

Tomás obedeció.

Valentina tomó un almohadón y se lo puso debajo de la pierna.

—¿Hielo?

—En la cocina.

—¿Hace cuánto que no te ponés?

Silencio.

Valentina lo miró.

—Tomás.

—Una hora.

—¿Una hora real o una hora de futbolista?

—No sabía que existían unidades diferentes.

—Voy a buscarlo.

Entró en la cocina.

Encontró una bolsa fría dentro del congelador.

Cuando regresó, Tomás estaba observándola.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Vos hacés eso todo el tiempo.

—No cuando estoy en tu casa.

—Técnicamente estás en mi casa.

Valentina dejó la bolsa sobre su rodilla.

Tomás hizo una mueca.

—Frío.

—Es hielo. Esa suele ser una característica importante.

—Qué amable.

Valentina se sentó en el otro extremo del sofá.

Por primera vez apareció el silencio.

No era incómodo.

Eso era precisamente lo peligroso.

—¿Comiste? —preguntó Tomás.

—Sí.

—Mentira.

Valentina levantó una ceja.

—¿Ahora sos vos el periodista?

—Son casi las ocho y trabajaste todo el día.

—Comí.

—¿Qué?

Valentina pensó.

—Una medialuna.

Tomás la miró.

—Eso no es comida.

—No recibo consejos nutricionales de alguien que desayuna exactamente lo mismo antes de cada partido por superstición.

—Es nutrición deportiva.

—Es neurosis.

Tomás rió.

—Hay comida en la cocina.

—No tengo hambre.

El estómago de Valentina decidió traicionarla.

El sonido fue suficientemente fuerte.

Tomás sonrió.

—Contundente argumento.

—Callate.

—Hay empanadas.

—¿Pediste?

—Mi madre.

—¿Vino?




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