Donde late el estadio

Capítulo 10: El beso que no debía pasar

Tomás cumplió su promesa.

No volvió a acercarse.

Y Valentina descubrió que eso era muchísimo peor.

Durante los diez días siguientes no hubo mensajes ambiguos.

No hubo cafés.

No hubo invitaciones.

No hubo comentarios sobre aquella noche.

Tomás respondía cuando ella escribía para preguntar por su recuperación.

¿Cómo está la rodilla?

Mejor.

¿Qué dijo el kinesiólogo?

Que evoluciona bien.

¿Dolor?

Menos.

Eso era todo.

Correcto.

Educado.

Distante.

Desesperantemente profesional.

Valentina debería haberse sentido aliviada.

Había recuperado exactamente lo que había pedido desde el principio.

La distancia.

Entonces, ¿por qué cada mensaje breve le provocaba una irritación absurda?

El miércoles volvió al club.

Tomás había comenzado la rehabilitación.

Todavía no entrenaba con el equipo, pero trabajaba con los kinesiólogos en un gimnasio separado.

Valentina tenía autorización para observar parte de la sesión.

Cuando entró, Tomás estaba sobre una camilla realizando ejercicios de movilidad.

Levantó la cabeza.

La vio.

—Hola.

—Hola.

Nada más.

Valentina dejó la mochila sobre una silla.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿La rodilla?

—Mejor.

Las mismas palabras de los mensajes.

Valentina apretó la mandíbula.

—Qué conversación apasionante.

Tomás la miró.

—¿Perdón?

—Nada.

El kinesiólogo ocultó una sonrisa.

Tomás volvió al ejercicio.

Valentina sacó la libreta.

Durante cuarenta minutos observó la rehabilitación.

Ejercicios.

Movilidad.

Fortalecimiento.

Equilibrio.

Tomás trabajaba con una concentración absoluta.

No protestaba.

No bromeaba.

No la miraba.

Eso era lo peor.

Antes siempre sabía cuándo él la estaba observando.

Ahora parecía no existir.

—Muy bien —dijo el kinesiólogo—. Cinco minutos y hacemos bicicleta.

Tomás asintió.

Se sentó en la camilla y tomó una botella de agua.

Valentina se acercó.

—¿Puedo hacerte algunas preguntas?

—Claro.

Ella abrió la libreta.

—¿Cómo viviste estos días sin entrenar con el equipo?

—Difícil.

Valentina esperó.

Nada.

—¿Querés desarrollar?

—Extraño jugar.

Escribió.

—¿Cómo llevás la recuperación?

—Bien.

Valentina bajó lentamente el lápiz.

—¿Estás enojado conmigo?

Tomás levantó la mirada.

—¿Eso va en el artículo?

—No.

—Entonces estamos mezclando cosas.

El golpe fue preciso.

Valentina cerró la libreta.

—Ahora te preocupa mezclar cosas.

—Pensé que era importante para vos.

—Lo es.

—Perfecto.

Tomás bebió agua.

Valentina lo observó.

—Sos un idiota.

El kinesiólogo levantó la cabeza desde el otro lado del gimnasio.

Tomás casi sonrió.

—¿Eso también va en el perfil?

—Tal vez sea el título.

—Sería original.

Valentina dio un paso más cerca.

—¿Qué estás haciendo?

La sonrisa desapareció.

—Exactamente lo que me pediste.

—Yo nunca te pedí esto.

—Me dijiste que tenías miedo. Te dije que no iba a acercarme.

—Eso no significa que tengas que convertirte en un desconocido.

Tomás dejó la botella.

—¿Entonces qué querés?

Valentina abrió la boca.

No respondió.

Él asintió lentamente.

—Ese es el problema.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertir cada conversación en una pregunta que sabés que no puedo responder.

Tomás bajó la voz.

—Podés responderla.

—No es tan simple.

—Nunca dije que lo fuera.

El kinesiólogo regresó.

—¿Seguimos?

Tomás sostuvo la mirada de Valentina un segundo más.

—Sí.

Se levantó.

La conversación terminó.

Pero la pregunta quedó.

¿Qué querés?

Valentina la llevó consigo todo el día.

Dos semanas después de la lesión, Tomás volvió al césped.

No con el equipo.

Todavía no.

Pero fue suficiente para llenar de cámaras el entrenamiento.

El club había anunciado que la recuperación avanzaba mejor de lo esperado.

La noticia ocupó titulares.

FERRERO ACELERA SU REGRESO.

EL GOLEADOR YA TRABAJA EN CAMPO.

Valentina llegó temprano.

Había decidido terminar el perfil esa semana.

Necesitaba hacerlo.

Cada día que pasaba hacía más difícil separar al hombre de la historia.

Tomás salió al campo acompañado por el kinesiólogo.

Sin muletas.

Sin férula.

Valentina sintió una alegría inesperada.

Él comenzó caminando.

Después realizó movimientos suaves.

Finalmente trotó.

Nada espectacular.

Pero cuando completó la primera vuelta alrededor de la cancha, varios empleados comenzaron a aplaudir.

Valentina también.

Tomás levantó la cabeza.

La encontró entre todos.

Y por primera vez en dos semanas sonrió de verdad.

A ella.

El corazón de Valentina respondió antes que su cabeza.

Sonrió también.

Tomás se detuvo.

Durante unos segundos solo se miraron.

La distancia seguía allí.

Pero ya no parecía protección.

Parecía castigo.

—¿Terminaste el perfil?

Santiago estaba apoyado sobre el escritorio de Valentina.

—Casi.

—Llevás diciendo “casi” una semana.

—Quiero esperar a saber cuándo vuelve.

—El artículo no es sobre la lesión.

—Ahora forma parte de la historia.

Santiago la observó.

—¿Estás segura de que ese es el motivo?

Valentina levantó la cabeza.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Santiago.

Él suspiró.

—El rumor se apagó.




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