La fotografía apareció a las siete y doce de la mañana.
A las siete y veinte ya estaba en tres portales deportivos.
A las siete y cuarenta ocupaba las redes sociales.
A las ocho, un programa de televisión discutía si Valentina Rojas había violado la ética periodística.
Y a las ocho y quince, su carrera estaba ardiendo.
Valentina todavía no lo sabía.
Dormía.
Por primera vez en semanas había dormido profundamente.
Sin pensar en Tomás.
Sin pensar en el perfil.
Sin imaginar titulares.
La noche anterior se había acostado con una sensación que casi había olvidado.
Felicidad.
Una felicidad absurda.
Inconveniente.
Peligrosa.
Pero felicidad al fin.
Hasta que el teléfono comenzó a sonar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Valentina abrió los ojos.
Miró la hora.
8:17.
—Mierda.
Tenía doce llamadas perdidas.
Santiago.
Martín.
Su madre.
Dos compañeros del canal.
Un número desconocido.
Y Tomás.
Cinco llamadas de Tomás.
Se incorporó.
El estómago se le cerró antes de abrir cualquier mensaje.
Sabía.
No sabía cómo.
Pero sabía.
Entró al chat de Martín.
NO ABRAS TWITTER.
Debajo:
NI INSTAGRAM.
Después:
Llamame cuando veas esto.
Valentina cerró los ojos.
—No.
Abrió el navegador.
No necesitó buscar.
Su nombre apareció inmediatamente.
ESCÁNDALO: TOMÁS FERRERO Y VALENTINA ROJAS, JUNTOS DE MADRUGADA EN EL CLUB
Sintió que el aire desaparecía.
Tocó la noticia.
Y allí estaba.
Una fotografía.
Tomás y ella en la cancha dos.
La imagen estaba tomada desde lejos.
Probablemente desde uno de los edificios laterales.
La calidad era mala.
Pero suficiente.
Tomás tenía una mano en su cintura.
Valentina tenía ambas manos alrededor de su cuello.
Se estaban besando.
No había interpretación posible.
No era una mirada.
No era una carrera bajo la lluvia.
No era un café.
Era un beso.
El beso.
Debajo había otra fotografía.
Ellos caminando juntos.
Otra.
Valentina entrando al complejo.
Otra.
Tomás esperándola.
Sintió náuseas.
Leyó el texto.
"Lo que comenzó como un rumor finalmente parece confirmado."
Valentina dejó de respirar.
"La periodista deportiva Valentina Rojas, encargada de realizar un perfil especial sobre Tomás Ferrero, fue fotografiada anoche besándose con el delantero dentro de las instalaciones del club."
Siguió bajando.
Error.
"La situación abre interrogantes sobre la objetividad profesional de Rojas, quien durante las últimas semanas tuvo acceso privilegiado al jugador."
Acceso privilegiado.
Dos palabras.
Suficientes para destruir meses de trabajo.
Valentina cerró la página.
El teléfono sonó.
Tomás.
Contestó.
—Vale.
—¿Lo viste?
—Sí.
—Estoy yendo para allá.
—No.
—Valentina…
—No vengas.
—No vas a pasar esto sola.
—Si aparecés acá van a fotografiarte entrando a mi edificio.
Silencio.
—Que se vayan a la mierda.
—Tomás.
—No me importa.
—A mí sí.
Su voz salió más fuerte de lo esperado.
Tomás quedó en silencio.
Valentina respiró.
—Necesito pensar.
—El club quiere sacar un comunicado.
—¿Qué van a decir?
—Que las fotografías fueron tomadas sin autorización dentro de propiedad privada.
—Eso no cambia lo que muestran.
—No.
La palabra quedó entre ambos.
—Mi representante quiere negar cualquier relación.
Valentina sintió algo extraño.
—¿Y vos?
Tomás tardó.
—Yo no quiero mentir.
Ella cerró los ojos.
—No digas nada todavía.
—Vale…
—Por favor.
Tomás respiró al otro lado.
—Está bien.
—Gracias.
—Pero escuchame.
Valentina esperó.
—No me arrepiento.
Aquella frase.
Otra vez.
Solo que ahora ya no provocaba mariposas.
Provocaba miedo.
—Yo tampoco —susurró.
Cortó.
A las nueve y media, Valentina entró al canal por una puerta lateral.
Había periodistas en la entrada principal.
Periodistas esperando a una periodista.
La ironía no se le escapó.
Martín la esperaba en el estacionamiento.
Cuando la vio, caminó hacia ella.
No dijo nada.
Simplemente la abrazó.
Valentina quedó rígida.
Después cerró los ojos.
—Estoy bien.
—No.
—Martín.
—No tenés que estar bien.
Ella se separó.
—¿Qué está pasando arriba?
—Un desastre.
—Perfecto.
—Santiago está esperando.
—¿Dirección?
Martín hizo una mueca.
Eso respondió todo.
Subieron.
La redacción quedó en silencio cuando Valentina apareció.
Algunos compañeros bajaron la mirada.
Otros fingieron trabajar.
Valentina caminó sin detenerse.
La puerta de Santiago estaba abierta.
Él estaba dentro.
Con otras dos personas.
La directora de noticias.
Y un abogado del canal.
Valentina comprendió inmediatamente.
Esto era serio.
—Sentate —dijo Santiago.
Ella obedeció.
La directora, Clara Benítez, tenía una carpeta sobre la mesa.
—Valentina —comenzó—, antes que nada quiero que sepas que esta reunión no pretende juzgar tu vida privada.
Valentina casi rió.
Cuando una conversación empezaba así, normalmente ocurría exactamente lo contrario.
—Entiendo.
—Pero existe un conflicto profesional.
—Lo sé.
—Estabas escribiendo un perfil sobre Ferrero.
—Sí.
—Mientras mantenías una relación personal con él.
—No mantenía una relación.